• Caracas (Venezuela)

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Antonio López Ortega

Autorretrato de un votante

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El 8-D irás a votar muy temprano, como sueles hacerlo desde 1973, cuando hundiste por primera vez el meñique en tinta violeta. Los giros han hecho que de aquel viejo centro de votación en La Urbina, ahora votes en Manzanillo, un humilde pueblo de pescadores del norte margariteño. Lo harás con más convicción que nunca, quizás porque todo en lo que has creído, todo lo que valoras, todo lo que siempre te ha llevado a votar, incluso hasta el mismo acto de votación, podrían desaparecer en un santiamén. Sabes que tienes todo en contra, que eres un ser disminuido, que tus derechos se evaporan, que como ciudadano no vales ni un real, y sin embargo no dejarás de votar, no dejarás de sonreír, no dejarás de sentir un ápice de orgullo apenas entierres la papeleta en la urna. Cuando llegues a tu centro de votación, sabrás a qué atenerte, porque ya la degradación del ambiente te ha curtido, te ha convertido en otro ser, menos ingenuo y forzosamente más aplicado. Verás, por ejemplo, a los compradores de votos, que guardan fajas de billetes en koalas adosados al abdomen; sabrás que la tarifa por elector ha subido a 500 bolívares; contarás a las jovencitas que solicitan voto asistido a pesar de manejar sus celulares con absoluta destreza; comprobarás que no tiene sentido conversar con ningún sargento de la Guardia Nacional porque, para ellos, las irregularidades son parte de la normalidad.

El 8-D, mientras te desplaces a tu centro, recordarás que tus candidatos no tienen vallas, ni pancartas, ni afiches, ni pasacalles. Viven de la limosna, de pequeñas colectas, de esfuerzos infrahumanos. Apenas recordarás sus rostros, o quizás solamente ante el mismo tarjetón, cuando te decidas a sacarlos de la nada y premiarlos con tu muy humilde apoyo. Ni hablar de medios radioeléctricos, todos en manos o silenciados por el Estado. El “canal de todos los venezolanos” sólo recibe a candidatos de la mitad de los venezolanos, y las caminatas o concentraciones de los demócratas sólo existen en Twitter o en mensajería de texto. Si no, serían episodios fantasmales, improbables. Esa vocación de querer desaparecer lo que hacen, piensan o dicen la otra mitad de los venezolanos es lo que el Estado despliega por todas sus fauces, con voluntad ciega y monolítica. Y quizás por eso, o principalmente por eso, es que te convences de que hay que ir a votar: para no desaparecer, para no cortejar la mentira, para no sumarse a quienes por inacción o despropósito nos quieren aniquilar.

El 8-D, cuando ya hayas llegado a tu centro, recordarás que todo responde a una gran desigualdad, a un enorme desequilibrio, a la pisada disolvente de un Estado descomunal. Pensarás que a alcaldes que antes has elegido los han anulado suprimiéndoles los presupuestos o montándoles oficinas paralelas; recordarás que el TSJ se ha especializado en inhabilitar a candidatos municipales, pero con un preciso reloj suizo que da la hora (o la sentencia) una semana antes de los comicios; reconocerás que el CNE revalida fiestas patrias para recordar a comandantes fallecidos durante el mismo día de la votación; y, sobre todo, comprobarás que todos los ministros, todos los voceros públicos, todas las instituciones del Estado, actuarán en un solo bloque, con un solo objetivo, con un pensamiento único, con una sola voz, para ignorarte, desaparecerte, invisibilizarte.

El 8-D, consciente de todas las adversidades, de todas las razones para desmotivarte, de tantos años infructuosos, de tanta mentira embadurnada de insultos, te colarás como un David alado por entre las piernas del Goliat desmedido para que tu única herramienta de vida, que es la verdad, que es tu conciencia de ciudadano, que es el susurro que inunda tu mente para decirte lo que eres o lo que has sido, te vuelva a recordar que en democracia, todo, y que sin democracia, nada. , improbablesfantasmalessajerinatas o concentracionese adosan a su humanidadvaporanta violeta. LOs  sa Esa