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Antonio López Ortega

Autores venezolanos en España

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Hacia finales de los años ochenta, gracias al esfuerzo de Katyna Henríquez, la editorial Siruela publicaba la obra poética completa de Ramos Sucre. De aquella hermosa edición, ya no queda ningún ejemplar, y hoy el gran cumanés vuelve a ser un desconocido. Una década después, en un esfuerzo que mucho debe a Ana Nuño, la editorial Lumen publicaba la obra poética completa de Sánchez Peláez, que fue durante mucho tiempo para el lector universal la puerta de entrada a esa extraña y alucinante voz nuestra. Pero de esa edición austera de tapa marrón ya no queda rastro en los anaqueles. En tiempos más recientes, pocos han sabido que la cuentística completa de Balza, gracias al desvelo de un estudioso granadino de primera línea, Ernesto Pérez Zúñiga, quedó atrapada en los depósitos de la editorial Paréntesis, que se vino a quiebra sin mayores anuncios.

Pero no todas las noticias, por supuesto, son de omisiones; las que más abundan, afortunadamente, dan cuenta de un sostenido pero a veces imperceptible ascenso. La editorial Candaya, por ejemplo, que en estos días celebra sus primeros diez años de vida, ha publicado libros de José Barroeta, Ednodio Quintero, Victoria de Stefano, Marina Gasparini o María Auxiliadora Álvarez, por mencionar los más sonados. Páginas de Espuma acogió hace unos pocos años, preparada por Gustavo Guerrero, la cuentística completa de Uslar Pietri; y el mismo Guerrero, en Galaxia Gutenberg, dedicó un hermoso libro compilatorio a las obras poéticas de Rafael Cadenas, Eugenio Montejo y Guillermo Sucre. La prestigiosa Anagrama ha distinguido con premios recientes tanto a Alberto Barrera Tyszka por su novela La enfermedad como a Gustavo Guerrero por su investigación sobre “el encargo” de La Catira, de Camilo José Cela. Por último, el caso de Boris Izaguirre, con varias novelas a cuestas, ya entra en el circuito de autores que son perseguidos y venerados por el gran público.

Mención aparte merecería la editorial valenciana Pretextos, que desde hace varios años viene poniéndole el ojo a la calidad de la poesía venezolana, primeramente con ediciones primerizas de Vicente Gerbasi o Juan Liscano, y más recientemente con la publicación sistemática de las obras de Rafael Cadenas o Eugenio Montejo, que ya son autores de referencia para la poesía universal. En 2012 Pretextos mantuvo ese linaje publicando la obra reunida de Alejandro Oliveros y también un poemario de Luis Enrique Pérez Oramas. Para finales de 2014 se anuncia las obras reunidas de Yolanda Pantin e Igor Barreto.

Adicionalmente, los autores venezolanos que han emigrado a España, especie de diáspora secreta que ya no es tal, no solo publican sus propias obras en sellos locales, sino que son auténticos promotores de sus connacionales. Destacan allí Juan Carlos Méndez Guédez y Juan Carlos Chirinos, quizás las voces mayores, pero detrás vienen Slavko Zupcic, Armando Luigi Castañeda o el precoz Sánchez Rugeles. Todo ello constituye un mapa de voces poderosas, que van sumando sentido y abriéndose paso a punta de talento dentro de un mundo editorial exigente y competitivo. Son muchos otros los que, en el campo de la narrativa o la poesía, apenas comienzan a darse a conocer, pero el fenómeno responde a una línea de expansión, que no de regresión.

Vale recordar que estos paisajes culturales nacionales en tierras extrañas son un síntoma de estos tiempos. Venezuela ha pasado de ser un país de acogida a un país que expulsa a sus ciudadanos, a sus talentos. Todo el esfuerzo que se ve en España, de editoriales y escritores pujantes, es obra de una cadena de impulsos, de entusiasmo y de no poca fe. Se reconstruye en aquella orilla el rostro que de este lado se deshace. Un país que no es el que ahora nos ahoga reconocerá alguna vez lo que estos hijos de la diáspora hicieron para mantener vivo el pulso de una cultura que se niega a desfallecer entre proclamas huecas y desfiles militares.