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Antonio Sánchez García

Ataques infames

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De esa suerte fue el intento de ultraje al inmaculado prestigio de El Nacional. Así les repugne a ellos mismos: tienen las manos ahítas de heces. No habrá poder que se las limpie.

 

Imagino la equívoca sonrisa iluminando los labios de Diosdado Cabello y los de la canciller, Delcy Rodríguez, anticipando la satisfacción experimentada por enterarse de que los suyos habían cumplido con el escatológico encargo de las altas autoridades de gobierno: embadurnan de excrementos la fachada del periódico El Nacional. Por fin una acción como las que han deseado desde siempre: emporcar la fuente de la conciencia democrática nacional.

Imposible expresión más cabal del nivel de impotencia e irracionalidad que devasta las putrefactas y ya carcomidas conciencias del régimen: responder a los reportajes, los análisis y las sustentadas denuncias del principal periódico de Venezuela –una infatigable empresa por emancipar al país– y uno de los medios rectores del hemisferio, con unas balbuceantes y espasmódicas palabras pintarrajeadas, adobadas con restos excrementicios obtenidos sepa Dios en qué despacho oficialista. Toda una confesión de principios: dime con qué firmas y te diré quién eres.

Pablo Neruda, amigo íntimo y de toda una vida de Miguel Otero Silva –con quien se reuniera en Isla Negra a dos meses del golpe de Estado que precipitara su muerte–, mecenas, propietario, director de El Nacional, diputado y miembro fundador del que un día fuera el Partido Comunista de Venezuela, padre de su actual director Miguel Henrique Otero, en el exilio por razones de todos conocidas, solía escribir con tinta verde. Es imaginable el espanto con que reaccionaría al saber que quienes se reclaman de su nombre, su verso y sus ideas, no cuentan ya con otros argumentos que no sean sus excrecencias intestinales. A esas gachas vinieron a dar los comunistas bolivarianos. Allí vinieron a parar: pringando la memoria de Nicolás Guillén y Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez y Juan Rulfo, Octavio Paz y Enrique Krauze, amigos y colaboradores de El Nacional. ¿Qué dirían los hermanos Machado? ¿Qué dirán Pompeyo Márquez y Héctor Rodríguez Bauza? ¿Qué dirían Moisés Moleiro, Jorge Rodríguez padre, los hermanos Nazoa ante el último exordio cultural de las huestes de Nicolás Maduro y Raúl Castro?

Mezcla vil de impotencia y mudez, de malandraje y hamponato, de soez criminalidad y fachismo vernáculo, el inmundo ataque al periódico liberal por antonomasia de la cultura venezolana da muestras de los albañales de la decadencia en los que se empoza la conciencia pervertida del socialismo del siglo XXI. A siderales distancias de los extraordinarios análisis de ciencia política en los que fuera un experto el padre del socialismo científico, Karl Marx. Y de los que dieran prueba no solo los padres del socialismo, sino los grandes revolucionarios de todos los tiempos, aquellos que como Rosa Luxemburg, León Trotsky, Antonio Gramsci y Georg Lukács siempre han encontrado su espacio en las páginas culturales de la emancipada izquierda liberal representada por Miguel Otero Silva y María Teresa Castillo. ¡Qué lejos, qué devastados los tiempos del Ateneo!

De Cuba, la tirana, no nos llega por vía de Ramiro Valdés o los generales que pernoctan en Fuerte Tiuna el influjo vivificante de Lezama Lima o de Cabrera Infante, de Norberto Fuentes o de Leonardo Padura. Nos llega la sórdida criminalidad política propia de patriarcas, tiranos y brujos otoñales: santones, matones, hampones y caudillos con su corte de santeros y babalaos, paleros y fumadores de tabaco, practicantes de la magia negra y el descuartizamiento de víctimas propiciatorias. Esas que trajeran el hedor de mataderos de la mano del brujo mayor. Han ultrajado al Libertador, habrán bebido de la médula de sus huesos, se habrán embriagado en la sórdida reconstrucción de cadáveres insepultos. Han profanado las tumbas de grandes venezolanos para sepa Dios qué siniestras manipulaciones orgiásticas, propias del fanatismo, el sincretismo y la maldad del oscuro corazón de la tinieblas afrocubanas.

De esa suerte fue el intento de ultraje al inmaculado prestigio de El Nacional. Así les repugne a ellos mismos: tienen las manos ahítas de heces. No habrá poder que se las limpie.