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Pedro Conde Regardiz

Ataques de ISIS* en París

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La comunidad musulmana representa 1,5 billones de la población mundial, cantidad alcanzada desde cuando en el año 610 de nuestra era el profeta Mahoma (Muhammad Ibn Abadía) recibe en la Meca las primeras revelaciones que contiene el Corán. Desde esa fecha hasta hoy, es decir, 1.400 años aproximadamente, la historia de esta civilización es una plétora de conflictos bélicos, desde cuando Mahoma se enfrentó a la élite de la Meca y se mudó a Medina. Al morir Mahoma en 632 se elige a Abu Bakr como califa o lugarteniente, promotor también de guerras y conquistas como la de Jerusalén, en 638, para convertirla en tercera ciudad santa, después de la Meca y Medina: sigue avanzando y domina Siria, Palestina, Egipto, Chipre y Libia. En 680, los musulmanes de Kifa se denominan a sí mismos Shía-i-Alí que son los chiitas de hoy (seguidores de Alí, esposo de una hija o sobrina de Mahoma). Llegaron hasta Poitiers en Francia y se estableció, en 969, el califato de Córdoba en España, un gran centro cultural musulmán.

Después de las Cruzadas y otras conquistas, como Constantinopla, hoy Estambul, en 1917, en plena guerra mundial, mediante la Declaración de Belfour, el Reino Unido apoya la creación de una patria israelita que es tal vez la semilla de donde germinaron todos los conflictos palestino-israelíes hasta el presente, lo cual se acentuó cuando finalizó, 1948, el mandato del Reino Unido en Palestina, creándose el Estado Israelita por resolución de la ONU. Pero, quizá, se agudizó la conflictividad al destronar al sha de Irán, y se instala, 1979, la revolución del ayatolá Jomeini.

Luego vinieron la guerra entre Irán (el de los ayatolás) e Irak (Sadam Hussein), la Guerra del Golfo, 1991, y la invasión de Irak por Estados Unidos, 2003, alegando un “eje del mal” y la existencia errónea de armas de destrucción masiva, cuyas consecuencias están presentes en los eventos actuales auspiciados por el islamismo radical en sus diferentes manifestaciones, bien que surgieron movimientos democratizadores, la primavera árabe, en varios países, de los cuales Siria es uno de los últimos, donde oligarquías enquistadas en el poder parecen dispuestas a aniquilar un país en medio de un baño de sangre. ¿Quién puede pensar que esa pugnacidad cesará porque en algunos países árabes se establezcan presuntos regímenes democráticos?

Por otra parte, han fracasado los intentos de modernización apelando a doctrinas políticas y económicas occidentales. También el comunismo. La liberalización en Egipto arrojó una diferencia más pronunciada entre ricos y pobres. Lo mismo ha sucedido en Arabia Saudita. La cual diferencia, aunada a las invasiones, a la política exterior y militar de Estados Unidos, de la OTAN,  proporciona, en parte,  el “abono” para lo que se observa desde Occidente con ansiedad: la intranquilidad y descontento político, social, vinculado con el fundamentalismo islámico, que es una lectura muy particular del Corán compartida por sectores musulmanes minoritarios, pero muy bien organizados, donde religión y Estado es casi lo mismo y son infieles quienes no comparten sus creencias, dentro de ellos mismos y mucho más de otras confesiones consideradas como animadas por Satanás. Así, para ellos, Satanás es el Dios de Occidente, para quien el de aquellos también es Satanás, un Dios infernal (de ahí el Eje del Mal).

De esta concepción ha brotado, en parte, el terrorismo islámico que pretende castigar, destruir al opresor, al conquistador, al invasor militar y cultural de los dominios y valores musulmanes. Este fundamentalismo se aplica para eliminar a los musulmanes occidentalizados, a los moderados seculares, esto es, luchas intra-árabes y hacia afuera, con la ambición de extender sus posiciones ideológicas. Por ello, Salman Rushdie escribió un artículo en The New York Times (2 de noviembre de 2001) titulado: Yes,This is about  Islam, queriendo decir que la guerra contra el terrorismo es en realidad contra el islam, donde, además, se piensa en la existencia de una conspiración mundial tanto de judíos como de masones.

Desde septiembre de 2001, en las democracias liberales  personas pensantes concluyeron que sus enemigos deberían tener un cierto grado de sensatez. Tal odio tenía que haber sido provocado por Occidente. La solución estaría entonces en detener la provocación de este, cuyos oponentes racionales no tendrían razón para atacar suicidamente. Se volvería así a estar seguros. Lamentablemente, la creencia en motivos racionales es una ilusión, pues para justificarla se debe ignorar una gran cantidad de evidencias. En Sudán, Irán, Afganistán, Argelia, etc., millones han muerto en guerras y masacres islámicas que hacen aparecer Srebrenica, las Torres Gemelas, y ahora París como una trivialidad. Movimientos islámicos dedicados a perseguir musulmanes que creen en la separación del Estado y de la religión o en la emancipación de la mujer, no son racionales; lo son en sus propios términos.

Si se lee lo que dicen los líderes de Al- Qaeda, ISIS, y sus imitadores se encuentra el sueño cósmico de un imperio islámico dominando el mundo. Esto implica que el islamismo es algo más que un odio hacia Occidente; es una amenaza cierta para que la humanidad regrese a la barbarie o comience una guerra (a lo mejor Irak fue ese comienzo, siguió en Afganistán, ahora en Siria) que también la agotaría.

Si se toma como base la población musulmana total, no sería exagerado decir que una centésima parte (150.000) es radical, cantidad que comprende el Estado Islámico (ISIS), otros grupos y muchos esparcidos por diferentes países; es un ejército armado con los fusiles rusos obtenidos mediante el tráfico ilegal de armas.

En la medida que las superpotencias intervengan y bombardeen más, se estimula y despierta odio latente desde la época colonial con todas sus arbitrariedades. Es preciso, entonces, imaginar otra política para lograr la paz y la seguridad internacionales, entre las cuales destaca la auténtica cooperación para el desarrollo, puesto que la emigración proviene, en parte, de la insalubridad, inseguridad, lucha de clanes, pésimo nivel de vida… Si los países avanzados redujeran el gasto militar y lo dedicaran al desarrollo sería abordar el problema en su raíz y promover estabilidad mundial, en el tercer mundo, reduciría las corrientes demográficas que buscan refugio en el “paraíso terrenal europeo”.

Disminuir, luchar contra el tráfico ilegal de armas que en gran medida abastecen grupos radicales al par que se toman medidas contra los “paraísos fiscales” donde se esconden fondos de dudosa procedencia para financiar actividades terroristas de movimientos que pretenden imponerse, dominar a la fuerza la cultura occidental.

Un cambio en nuestra manera de pensar las relaciones con las naciones musulmanas es indispensable. La lógica actual ha fracasado como lo demuestran los ataques salvajes en París, donde extrañamente los objetivos no se localizaron en los barrios con mejor nivel de vida. En síntesis, el humanismo occidental atraviesa una ruda crisis respecto al islamismo. El solo enfoque militar no es suficiente, si continúa y se intensifica podría desembocar en una conflagración mundial. Ahora mismo están Rusia, Francia, Estados Unidos, Irán y otros países en la pequeña Siria en operaciones militares. Parece exagerado. Será fuente de más odio y adherentes.

 *Acrónimo formado de “Islamic State in Irak and Syria” (Estado Islámico en Irak y Siria). Igual: IS, proviene de “Islamic State” (Estado Islámico) y DAECH es en árabe, localizado en parte de Irak y Siria, constituyendo un nuevo califato, sus protagonistas se  separaron de Al-Qaeda en 2011.

psconderegardiz@gmail.com

@psconderegardiz