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Eli Bravo

Asunto de límites

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Hay palabras que decimos sabiendo que después nos tocará recogerlas.
O tragárnoslas. Palabras cuya fun- ción es demostrarnos que los estallidos emocionales ocurren porque hay algo atravesado que requiere atención. Si bien no podemos recoger esos platos rotos pretendiendo que "aquí nada ha sucedido", la verdad es que la reflexión y el diálogo sirven para transformar los estallidos en nuevas oportunidades.

Hace unas noches mis hijas llegaron a mi habitación pidiendo "cuento inventado". Esta es una deliciosa tradición que hemos mantenido por más de 9 años: les acompaño a la hora de dormir para leerles un libro o, mejor, les invento alguna historia y luego me quedo junto a ellas por unos minutos. En más de una ocasión soy yo quien se duerme primero.

Pero esta noche en particular se había hecho tarde, yo estaba cansado, quería ver House of Cards y, sobre todo, no me sentía con ganas de cuento inventado, así que me negué. Ellas insistieron y yo repetí que no; ellas comenzaron a llorar y yo me crispé. Mi esposa me vio con cara de "qué te cuesta"; yo me enfurruñé.

Ellas siguieron rogando y yo estallé.

Fue entonces cuando dije tajantemente: "¡Se acabó el cuento inventado, no hay esta noche ni nunca más!".

En ese instante era consciente de estar sufriendo un estallido emocional. Una reacción desmedida y genuina. Yo sabía que el verdadero cuento era que no volvería a compartir con ellas el cuento inventado (un momento que ha resultado ser muy especial para mí), pero igualmente me dejé llevar por un mal humor más poderoso que mis riendas. Tras dos respiraciones profundas, y molesto, me envolví en las sábanas, abrí Netflix y me conecté con el malvado Francis Underwood. Ni siquiera le hablé a mi esposa.

¿Tenía derecho a ese estallido? Claro que sí, aunque no fuese lo más inteligente, emocionalmente hablando. Durante todos estos años les he inventado más cuentos que Sherezade y de cierta forma se había convertido en un compromiso. El resultado era que, si bien la mayoría de las noches me resultaba placentero y espontáneo, en ciertas pocas ocasiones era una obligación que me causaba malestar.

Y esta noche sirvió para aprender a fijar límites.

Claro que existen caminos más sutiles para lograrlo, pero así fue como resultaron las cosas.

Al día siguiente les preparé sus panquecas para el desayuno y les pedí disculpas por mi reacción. Les expliqué que yo no era un streaming inagotable o un playlist sin final. Que en ocasiones necesitaba espacio y descanso, pero sobre todo: que todos tenemos derecho de decir no y ser respetados. Ellas me miraron con cara de que era muy temprano para reflexiones complejas y corrieron al auto con sus morrales.

Apenas encendí el motor, la menor me dijo (como es su costumbre): "Papi, cuento inventado".

La miré con media sonrisa contenida. "¿Recuerdas lo que hablamos hace un instante?".

"Sí", dijo la mayor: "Que si no tienes ganas de contar un cuento no tienes que hacerlo".

Le agradecí la respuesta, temiendo que la lógica nos llevara a terrenos complicados como que "si no tengo ganas de ordenar mi habitación, entonces no tengo que hacerlo". Pero no llegamos allí. Por ahora.

Arranqué el auto y al tomar la vía principal una iguana corrió ante nosotros. La mañana era hermosa. Entonces vi a mis dos hijas a través del retrovisor, hermosas y a mi lado. Así que decidí recoger mis palabras al saber que el tiempo vuela y en un suspiro cada una estaría conduciendo su auto y su vida.

"Había una vez una iguana que soñaba con ser un camaleón..."



Hay palabras que decimos sabiendo que después nos tocará recogerlas.
O tragárnoslas. Palabras cuya fun- ción es demostrarnos que los estallidos emocionales ocurren porque hay algo atravesado que requiere atención. Si bien no podemos recoger esos platos rotos pretendiendo que "aquí nada ha sucedido", la verdad es que la reflexión y el diálogo sirven para transformar los estallidos en nuevas oportunidades.

Hace unas noches mis hijas llegaron a mi habitación pidiendo "cuento inventado". Esta es una deliciosa tradición que hemos mantenido por más de 9 años: les acompaño a la hora de dormir para leerles un libro o, mejor, les invento alguna historia y luego me quedo junto a ellas por unos minutos. En más de una ocasión soy yo quien se duerme primero.

Pero esta noche en particular se había hecho tarde, yo estaba cansado, quería ver House of Cards y, sobre todo, no me sentía con ganas de cuento inventado, así que me negué. Ellas insistieron y yo repetí que no; ellas comenzaron a llorar y yo me crispé. Mi esposa me vio con cara de "qué te cuesta"; yo me enfurruñé.

Ellas siguieron rogando y yo estallé.

Fue entonces cuando dije tajantemente: "¡Se acabó el cuento inventado, no hay esta noche ni nunca más!".

En ese instante era consciente de estar sufriendo un estallido emocional. Una reacción desmedida y genuina. Yo sabía que el verdadero cuento era que no volvería a compartir con ellas el cuento inventado (un momento que ha resultado ser muy especial para mí), pero igualmente me dejé llevar por un mal humor más poderoso que mis riendas. Tras dos respiraciones profundas, y molesto, me envolví en las sábanas, abrí Netflix y me conecté con el malvado Francis Underwood. Ni siquiera le hablé a mi esposa.

¿Tenía derecho a ese estallido? Claro que sí, aunque no fuese lo más inteligente, emocionalmente hablando. Durante todos estos años les he inventado más cuentos que Sherezade y de cierta forma se había convertido en un compromiso. El resultado era que, si bien la mayoría de las noches me resultaba placentero y espontáneo, en ciertas pocas ocasiones era una obligación que me causaba malestar.

Y esta noche sirvió para aprender a fijar límites.

Claro que existen caminos más sutiles para lograrlo, pero así fue como resultaron las cosas.

Al día siguiente les preparé sus panquecas para el desayuno y les pedí disculpas por mi reacción. Les expliqué que yo no era un streaming inagotable o un playlist sin final. Que en ocasiones necesitaba espacio y descanso, pero sobre todo: que todos tenemos derecho de decir no y ser respetados. Ellas me miraron con cara de que era muy temprano para reflexiones complejas y corrieron al auto con sus morrales.

Apenas encendí el motor, la menor me dijo (como es su costumbre): "Papi, cuento inventado".

La miré con media sonrisa contenida. "¿Recuerdas lo que hablamos hace un instante?".

"Sí", dijo la mayor: "Que si no tienes ganas de contar un cuento no tienes que hacerlo".

Le agradecí la respuesta, temiendo que la lógica nos llevara a terrenos complicados como que "si no tengo ganas de ordenar mi habitación, entonces no tengo que hacerlo". Pero no llegamos allí. Por ahora.

Arranqué el auto y al tomar la vía principal una iguana corrió ante nosotros. La mañana era hermosa. Entonces vi a mis dos hijas a través del retrovisor, hermosas y a mi lado. Así que decidí recoger mis palabras al saber que el tiempo vuela y en un suspiro cada una estaría conduciendo su auto y su vida.

"Había una vez una iguana que soñaba con ser un camaleón..."