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Francisco Suniaga

Asovac y la investigación científica

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En 1980, John Lennon compuso una canción, “Beautiful boy”, uno de cuyos versos, muy conocido y citado, tradujo en claves comprensibles para los mortales el nudo gordiano del ser o no ser filosófico: “La vida es lo que te ocurre mientras estás ocupado haciendo otros planes”.

Cuando trabajo en una novela, lo recuerdo porque siento que describe con precisión la circunstancia en la que me encuentro. Escribir una novela exige que uno se interne en su trama a tal punto que la sensación que se tiene mientras dura ese largo proceso es que se viven dos vidas paralelas. La vida real, la de todos, que transcurre impasible a nuestros quehaceres y de la cual es imperativo formar parte, y la otra, la de los planes, aquella en la que me limito a lidiar con personajes literarios que parecieran querer saltar a esa vida real que a ellos sí les está negada.

La idea de jugar a ser dios y crear, incluso a capricho, personajes y situaciones al margen de la vida real, es una droga muy poderosa. Hay que tener cuidado con ella porque, como cualquier otra droga, la tentación de quedarse en el mundo de la ficción puede resultar irresistible. Cuando el miedo a quedarme atrapado en la ficción alcanza su máxima cota, entiendo que la novela está lista para entregarla al editor. Acepto con renuencia que ha llegado el momento de que aterrice en la realidad y vuelva a la vida en la que participan los otros; materialización que le da sentido al esfuerzo y a mi existencia misma.

Si la obra no alcanza a la gente, pues, quizás ni siquiera deba llevar ese nombre, será obra en la medida en que tenga un impacto, que uno espera que sea positivo, en los demás. ¿Y cuál puede ser el impacto de una novela? Pues, seguramente muy tenue, sería vano pretender que la acción individual de un creador literario pueda cambiar de manera apreciable las dinámicas sociales tan enormes bajo las que vivimos, esta asfixiante polarización. Sería tonto también abstenerse del acto creativo porque la mitad del conglomerado social, y el poder omnímodo que en su nombre administra a la sociedad entera, hagan caso omiso de esa creación o la condene al ostracismo.

No queda más remedio que seguir creando, seguir haciendo los planes que, por lo pronto, una mitad de la sociedad va a valorar y la otra va a ignorar; planes para un cuerpo social que sufre de hemiplejia severa. Al final, los artistas siempre tienen la opción de que alguna vez, incluso después de la muerte, su obra sea reconocida y evaluada en sus méritos. Por su parte, cualquier sociedad puede permitirse posponer por largo tiempo el tener conocimiento y asimilar la obra de un artista.

Eso es en el campo de la creación artística, pero ¿qué ocurre en el campo de la creación científica? El impacto de la ciencia en la gente es definitivo y, correspondientemente, es mayor en el campo científico el efecto de las turbulencias sociales. La polarización política es mucho más dañina en el campo de la ciencia que en cualquier otro. En la actualidad venezolana, quienes detentan el poder no sólo desconocen los proyectos o líneas de investigación en cuanto a sus méritos sustanciales, también los desconocen de una manera perversa: en lo que toca a la asignación presupuestaria.

La nueva legislación de la ciencia como actividad abolió la posibilidad de que las empresas venezolanas estuvieran abiertas y decidieran qué proyectos sometidos a su consideración recibirían fondos. Un ente burocrático del Estado centraliza y asigna los recursos de una manera mucho menos transparente. Por lo que es posible suponer que los proyectos incómodos para el interés gubernamental probablemente serán ignorados.

¿Qué hacer? Pues, seguir creando ciencia, seguir formando comunidades epistémicas en ese campo que produzcan impactos significativos en la vida de la gente, jamás quedarse cruzados de brazos. Eso es lo que han hecho los miembros de Asociación Venezolana para el Avance de la Ciencia, Asovac, que ahora celebra su sexagésima segunda convención. Desde el lunes pasado y durante lo que queda de semana, científicos venezolanos y extranjeros presentarán y discutirán los resultados parciales o definitivos de 730 proyectos de investigación.

Habría sido mucho más fácil hacerlo con la ayuda del Estado, pero vista su alienación, el resultado no puede ser la parálisis, hay que navegar contra la corriente. Esa es la gran lección que investigadores científicos miembros de Asovac le dan a los demás creadores de todas las áreas y a los venezolanos en general: hay que ocuparse de hacer los planes que toca hacer o, de lo contrario, se corre el riesgo de que la vida no ocurra.