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Héctor Silva Michelena

Sobre la Asamblea (II)

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El pensamiento de Spinoza ocupa un lugar creciente en los debates de filosofía política, al mismo tiempo que su dimensión política juega un papel más central en la comprensión general del spinozismo. Alexandre Matheron (Individuo y comunidad en Spinoza, 1968), Antonio Negri, La anomalía salvaje. Potencia y poder en Spinoza, [1982]. Ed. Anthropos: Barcelona y UAM-Iztapalapa, México, 1993, y Étienne Balibar (Spinoza y la política, Prometeo libros, Buenos Aires, 2011) han contribuido ampliamente a esta evolución. El papel central que juega en Spinoza la noción de comunidad, la concepción singular de la comunidad que le es propia, son sin duda causas de esta reactualización.

No hay más realidad que el individuo, ¿cómo puede ser compatible esta proporción fundante con una concepción de la sociedad como comunidad, y que además es una comunidad tanto más perfecta que la autoridad y es absoluta, porque tal es el carácter de la democracia? (Tratado político, Cap. VIII, § 3). Comprender esta aparente paradoja puede darnos acceso al pensamiento político de Spinoza. No hay más realidad que la individual (o singular); pero la unidad del individuo no es la de una esencia, ni la de una voluntad, sino la unidad productora de efectos determinados, la unidad por lo tanto de una potencia. Un individuo puede entonces estar compuesto (Ética, libro II, Def. VII): tal es el caso de todo cuerpo, comprendido el cuerpo humano (ibid., acciona II, def.), tal es el caso todavía de la naturaleza que “en su totalidad es un solo individuo” (ibid; Lema VII, escorio). La relación fundamental de los individuos entre ellos es por tanto la composición. Pensar la comunidad política, es por tanto pensar el modo de composición de los individuos entre ellos, tal que formen la unidad de una comunidad.

El derecho de un individuo (Balibar, op cit., p74) no es por lo tanto definida ni por un “derecho objetivo” eminente o trascendente que lo autorizaría ni por un “derecho subjetivo” que él exigiría, sino por la potencia que es la suya de determinarse y de actuar por sí mismo. La cuestión es entonces saber qué es lo propio para aumentar esta potencia. El derecho de actuar por sí mismo. Esta condición es una pero se expresa de dos maneras. Una es racional, la otra política. Mi potencia de actuar es tanto mayor cuando yo actúo conforme a la recta razón, es decir, conforme a la necesidad de mi naturaleza en tanto que yo la comprendo como aquella de la naturaleza misma. Mi potencia de actuar es por lo tanto mayor cuando es coextensiva a la de los otros individuos (Ética, libro IV, pro. xxxv): “Solo en la medida en que los hombres viven bajo la conducta de la razón, siempre se ponen de acuerdo necesariamente, por naturaleza” este es el objeto mismo de la ética, mostrar las condiciones de acceso a esta conducta racional de su existencia, libertad de donde procede la beatitud.

Puesto que el individuo no está jamás aislado sino siempre está en composición con otros individuos, “no existe en la naturaleza ninguna cosa singular que sea más útil a un hombre que otro hombre vivo conducido por la razón”. La comunidad política tiene así por objeto esta composición de los hombres ente sí, condición para cada quien del aumento de su propia potencia de actuar, es decir, de potencia de conducir su existencia conforme a la razón. Pero mientras más el individuo no está sometido espontáneamente a la recta razón, sino que es presa de sus pasiones, la composición de los individuos entre sí no va espontáneamente a la concordia. A la servidumbre ética, “la impotencia del hombre para gobernar y contener sus sentimientos”, corresponde la servidumbre política, sumisión de mi potencia de actuar.

El concepto de la democracia está formado en Spinoza por la exacta intercepción de estos dos registros. La comunidad democrática ya que reconoce a cada quien su libertad de pensar, pero sobre todo porque ella da a cada uno el espacio en el cual ejercer en el seno de la potencia común su potencia propia de actuar, es la que permite a los hombres acordarse. Más aún, la democracia es multiplicadora de la potencia de pensar y de actuar de cada quien. Si “realmente conocer es pensar cada vez menos solos” (Balibar, op. cit p. 117), el poder es, realmente, poder cada vez más en común. Antonio Negri se dedica a mostrar esta relación entre la potencia de la singularidades y la de la comunidad (Conatus multitudinis): “Potencia ontológica de una multitud de singularidades actuando en cooperación (El poder constituyente p. 408)”.

Finalmente, el rescate de la democracia requiere de la virtud como concepto activo, y la virtud que requiere la democracia es inseparable de la idea de ciudadanía como poder y de la exigencia e hacer compatibles la igualdad y la libertad. Después de la Gran Guerra (1914-1918) vinieron los “años dorados”, y la humanidad, o una parte no tan pequeña de ella, creyó alcanzar un cierto ideal posible de felicidad. Pero la Gran Depresión (1929- 1949) y la Segunda Guerra Mundial, mostraron que las palabras de Eliot eran ciertas: “Human being cannot bear too much reality” (El ser humano no puede soportar tanta realidad). La Revolución bolchevique de octubre de 1917, abrió los ojos al sueño de una nueva sociedad donde, al fin, los hombres podrían convivir como humanos, despojados de la codicia del lucro y de la locura del mercado que enriquece empobrece de la noche a la mañana. La ilusión se vino al suelo, vuela añicos por los mismos que trataron de erigir ese mundo mejor. Stalin hizo la increíble hazaña de destruir lo que Rousseau juzgaba indestructible: la voluntad general.

Solo nos quedan las memorias del desolvido y la voluntad de establecer la sinergia entre democracia y república: pensar la unidad de la soberanía y del Estado de Derecho, la del individuo y la comunidad, de la libertad y la igualdad. Puede que así escapemos de la tenaza que forman el totalitarismo por una parte, y la sociedad corporativa, por la otra.