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Eddy Reyes Torres

Arte y política

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En Memorias de un venezolano de la decadencia, José Rafael Pocaterra cuenta que, una vez que se embarcó Castro para Europa, comenzaron las manifestaciones en la capital a favor de Gómez, con el pretexto de repudiar el ataque de un crucero holandés que se presentó el 12 de diciembre frente a La Guaira y capturó algunas embarcaciones venezolanas. La plaza Bolívar fue el epicentro de los acontecimientos. Cuando Gómez llegó a la Casa Amarilla, acompañado de varios ministros, se oyeron gritos de “¡Muera Castro!”. Al rato, el presidente encargado apareció en uno de los balcones y oyó discursos de apoyo a su persona. Amedrentado, desconcertado y sin valor para dar el paso que se le indicaba -según Pocaterra-, pretendió retirarse. Entonces uno de sus acompañantes lo tomó por un brazo y lo empujó hacia el antepecho del balcón y gritó “¡Muera Castro!”. Sus amigos le decían al oído que le hablara al pueblo. Y el infeliz –señala Pocaterra-, paseando una mirada estúpida sobre la multitud, que guardaba ese silencio imponente de los instantes definitivos, sin saber qué decir ni cómo decirlo, se volvió para decir:

—¡Pues cómo le parece a los amigos que el pueblo está callado!

Otro adepto pronunció entonces algunas palabras en nombre de Gómez.

Es posible que lo relatado por Pocaterra no se corresponda con la verdad histórica pero, no obstante, registra con verosimilitud uno de los rasgos de Gómez: era persona de pocas palabras y de no pronunciar discursos.

Tiempo después, Pedro León Zapata retomó con su arte la anécdota y pintó varias piezas que aluden directa o indirectamente a ella. La primera la titula En el palco (1987, óleo sobre tela, 63 x 78 cm.). Allí se observa al dictador de medio cuerpo, portando riguroso uniforme militar, mirando hacia abajo y sosteniendo un clavel rojo en su enguantada mano derecha. El fondo superior de la obra está pintado de negro y el balcón, donde apoya la parte inferior de su cuerpo, está pintado de gris, al igual que la vestimenta del general. Las mangas y el cuello de la camisa, de riguroso blanco, así como los poblados bigotes y parte del rostro, también pintados de blanco, resaltan frente a la rigurosidad de los sobrios tonos empleados. Lo mismo ocurre con el solitario clavel rojo. Todo el ambiente impone rigor, respeto y seriedad. Ahí no hay discurso ni elocuencia sino sólo un silencio sepulcral. La segunda obra lleva por nombre Arcángel (1987, acrílico y pastel sobre papel). En esta ocasión el general ocupa una posición de segundo plano, al fondo, mirando desde un balcón la lucha que se lleva a cabo en primer plano, entre el arcángel San Miguel y el diablo, quien desde el suelo no puede detener el implacable ataque de uno de los guardianes de Dios. Es una metáfora de la lucha política y no es aventurado pensar que el Benemérito se ve representado en el “Bien” e identifica a Castro y sus enemigos con la figura del Mal. Un tercer cuadro (Presidium, s/f, acrílico sobre tela, 110 x 110 cm.), es una alusión concreta a la simbología del poder. Allí encontramos a un dictador de avanzada edad, rostro casi cadavérico y con lentes oscuros, riguroso uniforme militar, parado frente a un palco de color negro (símbolo de lo tenebroso, el vacío y la nada), extrañamente inclinado y adornado por un enorme lazo marrón claro, que sólo deja ver la parte superior de su cuerpo; el fondo superior es de color rojo intenso, con toda su carga alegórica: está relacionado con el sol, el fuego y la sangre.

Muchos han sido los cuadros, dibujos y caricaturas que Zapata le ha dedicado a Juan Vicente Gómez. Es por eso que en Los Gómez de Zapata, Simón Alberto Consalvi escriba: “Nadie ha explorado tanto en las artes plásticas al dictador como lo ha hecho Zapata. Sus retratos son innumerables, como han sido sus caricaturas donde, de pronto, Gómez se asoma como una advertencia, como una reminiscencia de un pasado que no termina de ser enterrado”.

Ese pasado está hoy frente a nosotros, esperando su sepultura definitiva.

 

eddyreyes2007@gmail.com