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Enrique Valiente Noailles

Argentina, encallada en la historia

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Hegel soñaba el proceso histórico como una forma de síntesis y superación de cada etapa precedente. En el reverso de esta concepción, la Argentina vive una forma regresiva del tiempo y una retroversión de la historia. De hecho, pareciera que el motor de nuestra historia se hubiera detenido. El presente, en nuestro caso, no es superación ni síntesis, sino la zona de acumulación del pasado, sin poder dejarlo atrás. En los pliegues del presente aparece una y otra vez el déjà vu. No es una excepción este final de ciclo kirchnerista, que se está convirtiendo en una ultraantología de escenas del pasado. La tendencia a la repetición, en sus aspectos más nocivos, muestra que bajo la proclama de la revolución hemos tenido un simulacro conservador, y un profundo respeto y arraigo en el statu quo. Porque la Argentina es el cambio en la superficie y la permanencia en lo profundo.

En efecto, la tensión social de estos días nos ha retrotraído a lo más nefasto de principios de siglo. Hordas primitivas invadiendo el Obelisco con la excusa de un festejo, ante la indolencia e impasividad de los poderes públicos; saqueos e incendios en más de una docena de provincias, en las cuales los vecinos debieron armarse en defensa propia ante la ausencia del Estado y la huelga policial. Estas escenas han mostrado nuevamente la fragilidad del tejido social, porque denotan que sólo la fuerza pública parece evitar el delito de gente que convive una al lado de la otra. A su vez, la corrupción, como emblema de los años noventa, sigue teniendo una vigencia absoluta. Su volumen y descaro no solo se ha repetido sino que ha ido in crescendo, con su complemento de impunidad, como lo muestra la suspensión del fiscal Campagnoli, mensaje cuasi mafioso para jueces y fiscales que se animen a investigar el poder.

Yendo más atrás aún, nos visitan nuevamente la inflación y las políticas de parche de los años ochenta, con emisión monetaria, déficit fiscal, controles de precios, cortes de luz y riesgo de default. Problemas que, al igual que en aquella época, son enfrentados con improvisaciones infantiles. De hecho, bastaría una brusca caída de la demanda de dinero y un aumento de su velocidad de circulación para espiralizar del todo la inflación. Podría continuarse la enumeración también hacia atrás, porque se hicieron presentes numerosos rasgos del autoritarismo predemocrático, como la imposición del temor para toda expresión de ideas diferentes. La matriz autoritaria de producción de iluminados sigue intacta, zona de donde brotan tanto la evangelización como las herejías, de derecha y de izquierda.

En suma, la sensación es que, en el plano sustancial, la Argentina es un barco encallado en la historia. Nada logra mover nuestras cuestiones más profundas de su estancamiento. Nietzsche, aunque en términos de orden metafísico, concibió la noción del eterno retorno de lo mismo como la carga más pesada: “Vamos a suponer que cierto día o cierta noche un demonio se introdujera furtivamente en la soledad más profunda y te dijera: esta vida tal como tú la vives y la has vivido tendrás que vivirla todavía otra vez y aún innumerables veces”. Este es el demonio que atormenta a la Argentina desde hace años. Es la impresión onírica de haber vivido todo lo que estamos viviendo. Y es, probablemente, la carga más pesada para el ánimo de los argentinos y la mayor razón para su desesperanza.

Que los restos de nuestra historia se reciclen una y otra vez tiene un correlato en una política que carece de inspiración e innovación y de visión del futuro. La vaca, viva o muerta, es una acertada figura para nuestros recursos dormidos. Nuestros gobernantes tienen una función rumiante frente a lo que necesita ser resuelto: emprenden una masticación indefinida, sin digestión ni expurgación. Es por eso que nuestro país sufre una monumental indigestión histórica.

A la Argentina le cabe la línea que Marx destinara a la filosofía: nos hemos dedicado a interpretarla, pero de lo que se trata es de transformarla. Cada diez años un gobierno convierte a la población en conejo de indias de un experimento político que la devolverá a los casilleros iniciales de su avance. Así, el movimiento de la Argentina no es lineal y ascendente, sino errático y circular, destinado a mantener su statu quo más profundo. En nuestro caso, nuevamente invirtiendo los dichos de Hegel, no es la repetición de la historia lo que la convierte en farsa, sino la farsa lo que lleva, una y otra vez, a la repetición de la historia.

Ahora bien, ¿cuál es la consecuencia, en una sociedad, de repetir una y otra vez la historia? ¿Es inocuo que los hechos vuelvan una y otra vez? ¿Estamos simplemente frente a un lucro cesante de nuestro destino, o tiene esto secuelas más graves? La primera secuela es que la evidencia de lo inmutable genera altos niveles de frustración en la población, cosa que opera como uno de los combustibles de la violencia. Pero la otra consecuencia de la repetición indefinida es la impermeabilización de la conciencia y la destrucción de los umbrales de reacción de la gente. En esto radica la perversión de lo que se repite.

En efecto, hace 12 años, 2 muertos eran suficientes para hacer caer un gobierno. Hoy, 13 muertos no son suficientes para suspender una fiesta en la que baila, en desconexión con la realidad, la presidenta. Imaginemos también lo que siente el argentino medio cuando se alimenta nuestro reino del oxímoron al enviar a uno de los ejemplares más encumbrados de la viveza criolla como representante argentino a las exequias de Mandela. El fármaco que hemos ingerido para que esto sea posible es el de la reiteración y vaciamiento de sentido.

Es que lo más grave del vale todo de características exponenciales que estamos viviendo hoy en la Argentina es que genera una devaluación masiva de los hechos. Vemos que pasan decenas de eventos graves en pocas semanas, sin que a la larga se produzcan consecuencias. El tsunami de impunidad que observamos hace perder las referencias, y la velocidad de los acontecimientos hace que no tengan tiempo de producirse como significado. Y que no alcancen a adquirir valor. Así como se lavan los activos en efectivo visibilizándolos y depositándolos en el sistema bancario, un lavado de valores colectivo se produce también cuando se habilita la exteriorización de la ausencia de Derecho en la vida pública en forma crónica, sostenida e impune. Con hechos fabricados en material descartable es muy difícil avanzar en nuestra historia y dar un paso decisivo hacia adelante.

A su vez, de la banalización de los hechos a no asumir la responsabilidad sobre los propios actos hay un pasaje inmediato. El movimiento generalizado de irresponsabilidad se ve también liderado por el Estado, como lo muestra la reciente ley que aniquila el derecho a las reparaciones que le debe el Estado a los ciudadanos, la ley de autoamnistía para lo ocurrido en estos años. Esa tendencia a la no responsabilidad se observa en cómo todo lo que ocurre se imputa a una conspiración o a un agente externo. Es la imposibilidad de asumir error alguno y, por lo tanto, la imposibilidad de modificarse a sí mismo.

Pero nunca se señalará lo suficiente que el misterio insondable no radica en la obscenidad del poder, sino en la ausencia de una insurrección profunda frente a este estado de cosas. El misterio es la debilidad de la rebeldía colectiva, probablemente horadada por la gota que cae una y otra vez. En cualquier caso, se ve que la energía de nuestra desdicha no ha sido suficiente todavía para producir un cambio. Ojalá ocurra en 2015, aunque todavía falta mucho para eso. Ya que antes de llegar se impone otra pregunta: ¿estamos en vías de experimentar una nueva crisis, a pesar de ser evitable? No lo sabemos, pero no se puede descartar que las produzcamos, aun innecesarias, porque es el único mecanismo de cambio que hasta ahora parece haber funcionado. En este sentido, la repetición más sutil es que la Argentina cede, cada tanto, al encanto de su desplome.