• Caracas (Venezuela)

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Ramón Hernández

Árbol sin sombra y vacío

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El ciudadano 3552189 escribe de madrugada y el Ávila no lo distrae. Cuando amanece y las sombras juguetean en la montaña es distinto. Lo embelesan las tonalidades de la vegetación, el paso de las nubes y el ruido distante de los caraqueños demasiado ocupados para levantar la vista más arriba de su propio nivel. Ahora duerme menos, antes apenas lo hacía.

Lo despidieron, lo sacaron. Ya no es jarrón chino ni figura decorativa. Después de ser el gurú de la economía y de la planificación centralizada, el gran conocedor de los intríngulis del socialismo del siglo XXI, ahora es árbol caído. Leña. Aparece como el responsable del desastre económico, de la inflación y del desabastecimiento, pero sobre todo de haber fingido ser el sabio que no era.

Sus errores fueron desmedidos y altamente costosos. Quizás el menos dañino fue haber resucitado el eje Orinoco-Apure que, años antes, en el período democrático, se había intentado con mucho ruido y pocas nueces, pero el peor y más dramático fue haber tratado de frenar la inflación con medidas policiales y procesos penales. Dogmático y perseverante, se empecinó en mantener el control de cambio y desaprovechó los mejores momentos para eliminarlo y dejar que la economía fluyera. Los conocedores dicen que fue en el año 2006, cuando el país crecía con cifras altas. Prefirió seguir la receta cubana y demoler el aparato productivo que los venezolanos comenzaron a construir antes del reventón petrolero del Zumaque y que permitió la aparición y crecimiento de una importante clase media, en la que tuvieron cabida hasta forasteros sin oficio ni beneficio, como Primo Giordani Landi, quien a los pocos años de haber llegado a La Guaira en la cubierta de un barco de carga con su mujer y sus dos hijos, sin bienes de fortuna y con rastros de la guerra civil española en una pierna, incursionó con otros paisanos italianos en la industria de la construcción y pudo costear sin contratiempos los estudios del benjamín Jorge Antonio en la Universidad de Bolonia.

Le adosan al ciudadano 3552189, segundo del presidente, haber sido el creador de los gallineros verticales y quizás hasta de los cultivos que costaron más de 30 millones de dólares para cosechar las lechugas más caras del mundo, pero no fueron esas sus peores debilidades, sino su junta con Elías Jaua y su compinche Juan Carlos Loyo, que sin saber cómo le entra el agua al coco acabaron con hatos, haciendas, fundos y granjas y con todo lo que producían. En el expropiado hato El Frío, Jorge Giordani se fue en lágrimas de felicidad. Lo conmovieron en lo más hondo los tractores que iban y venían simulando que sembraban arroz y que en pocos meses recogerían la inmensa cosecha que Loyo graficaba ayudado por un video beam. Por supuesto, el “economista”, el “planificador” no se percató de que sembrar arroz en ese sitio era antieconómico. Aunque la cosecha triplicara los fantasiosos cálculos de Loyo, el costo por kilo era veinte veces superior al arroz que se producía en Portuguesa.

Tampoco el “posgraduado en desarrollo” sospechó que su fórmula para abaratar las importaciones y mantener baja la inflación a costa de un gigantesco endeudamiento externo era un tiro de gracia en la yugular del aparato productivo y de la soberanía nacional. Entregó el futuro de los venezolanos a cambio de alimentos de baja calidad de los “países aliados” y dinero fresco otorgado por China en condiciones más costosas que las del FMI.

Jorge Giordani tuvo razones para llorar otra vez en cadena nacional de radio y televisión cuando Chávez lo ratificó en la cartera de Planificación y la fusionó con el despacho de Hacienda, aunque violaba el artículo 41 de la Constitución, que prohíbe tajantemente que los venezolanos con doble o triple nacionalidad ocupen esa función: sabía en lo más hondo de su alma comunista que no estaba preparado y que era un gran mentiroso, que le iba a causar un grave daño al país que lo acogió con tanta generosidad. No se equivocó en ese presentimiento.

Aunque era otro ciego en el país de los ciegos, convenció a sus iguales de que él veía, que poseía la hoja de ruta para alcanzar la felicidad: el socialismo del siglo XXI. Sin haber leído a Marx, mucho menos a Lenin, aunque confundido con la poesía ideológica y tramposa de Mao, simuló ser un discípulo de Gramsci y un divulgador de los aportes al marxismo del húngaro István Mészáros, que presume de hacer una interpretación atrevida, pero muy tramposa, del papel del capital y el trabajo en el capitalismo que transita al socialismo. ¡Mi madre!

Sin cuartel persiguió el mercado de valores, la actividad emblema del capitalismo, pero no tocó los bancos que se dedican también a ganar dinero con el dinero de otros. Despojó de bienes de fortuna y también de su libertad a quienes se dedicaban a ganarse la vida de manera legal, pero no persiguió a sus amigos, conocidos y socios que se beneficiaron de las medidas que presentaban al público de galería como una cruzada contra el capitalismo depredador y podrido, mientras cientos de miles de toneladas de alimentos se descomponían en los puertos.

Giordani ahora tiene más motivos para llorar a moco tendido desde los amplios ventanales de su vivienda. Los resultados de sus propias resoluciones ideológicas y sus últimos acercamientos a los textos de Gramsci le demuestran que no es mediante la degradación en la pobreza como se llega a la utopía del socialismo, sino desde los avances logrados a través del capitalismo, algo que está en las primeras páginas de Marx y que también desecharon Lenin y el zarista cooperante Iosif Stalin. Lo reconforta saber que él no tiene la culpa de nada, que los imperialistas le inyectaron algo para que entendiera al revés la realidad, que la derecha le traspapeló la hoja de ruta. Vendo película de vaqueros.