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Ildemaro Torres

Siempre con nosotros

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La presencia de Aquiles Nazoa, junto a y dentro de, nosotros, no constituye (al menos en mi caso) un recuerdo ocasional o la respuesta a una circunstancia particular, o la asociación a un determinado hecho, sino que representa una constante. Siendo él un creador de inagotable riqueza, excelso poeta, humorista de alto vuelo, ciudadano de convicciones firmemente sustentadas, intelectual de vastísima cultura, analista acucioso con un riguroso sentido crítico, y persona con un entrañable sentido de la amistad; se nos hace especialmente perceptible cuando a título personal o colectivamente enfrentamos situaciones humillantes que nos ofenden, o maltratos físicos por bestias represivas, o degradaciones que pretenden hundirnos en el más deplorable atraso social y cultural, suma de absurdos ante los cuales es requerida una actitud como la suya, decidida, de claridad política y alta dignidad. Es por ello que a lo largo de años he reiterado como una absoluta verdad, la dedicatoria a él de mi libro biográfico Zapata en la que digo: “A Aquiles, de cuya vida quedó impregnada la nuestra”.  

Contaba que el 17 de mayo de 1920, en un tren que pasó en la cercanía de su casa mientras él nacía, se embarcó su corazón; mostrándose agradecido a los dioses por haberle permitido vivir una niñez cuyos términos más poéticos y constantes fueron el tranvía y el tren, elementos sin los cuales “ninguna infancia estará nunca completa”. Señalaba asimismo que a juicio suyo, de la primorosa ciudad que había sido en el siglo XIX Caracas pasó a ser una urbe venida a menos en lo urbanístico, económico y humano.   

Y si abordo el tema de la agresividad primaria, la brutalidad como definición de un carácter y una conducta pública sobre todo si ejercida desde una posición de poder, como sucede hoy en Venezuela, por contraste me viene a la memoria precisamente él, pues su sólida formación política le permitía entender nuestro acontecer nacional y correlacionarlo con los sucesos mundiales; porque él rechazaba la manipulación populista y la ignorancia ensoberbecida, detestaba tanto el apego oficial a la mentira y el engaño como la inclinación delictiva, era severo y frontal en la condena de las dictaduras militares y del militarismo, y objetaba por igual la demagogia en lo político que la procacidad en el campo del ejercicio humorístico.

Reconocerle al humor su validez y degustarlo plenamente es sin duda un rasgo nuestro y de identificación del país. Hoy se evidencia y deberíamos sumarnos a ello, un creciente rechazo social a quienes desde el poder se empeñan en desvirtuar incluso la cordialidad y la bonhomía, que siempre han sido signos esenciales de nuestra conducta colectiva. Celebremos el humor que reconozca nuestra condición de seres pensantes y ayude a nuestra sensibilización en el respeto a la naturaleza humana.

Murió el 25 de abril de 1976 en un accidente automovilístico, y en el país fue palpable un sentimiento colectivo de profundo pesar; el entierro fue una masiva y sentida manifestación de duelo popular, una multitud acompañó su ataúd en el largo recorrido desde la funeraria hasta el lugar de su sepultura en el Cementerio General del Sur. Tanto en la plaza Bolívar como en el acto de inhumación, varios poetas y amigos le leyeron poemas, y puestos en fila ayudaron a pasar de mano en mano las numerosas coronas, que terminaron por conformar una enorme montaña floral sobre su tumba.

En un hermoso artículo que tituló “La muerte del viajero”, Kotepa Delgado puso como epígrafe una frase de un texto de Ida Gramko para Aquiles: “A los que a ti te amaron ¡cuánto diste!”.