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Eli Bravo

Aprender a ser sabios

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Inspirulina

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Hace días, en una agradable sobremesa, escuché a una joven ejecutiva decir “¡Qué estrés! Con tanta información que me llega cada día siento que nunca seré capaz de aprender lo suficiente”. Su preocupación era entendible: en un mundo tan competitivo, ella pensaba que para estar vigente debía estudiar sin descanso. La chica de verdad se la ponía difícil, porque en su afán de conocerlo todo corría detrás de una meta inalcanzable.

¿Es que acaso necesitaba conformarse con lo que había aprendido hasta el momento? De ninguna forma. La capacidad de aprender es una de las cosas más fabulosas del ser humano, pero eso no significa que debemos acumular conocimientos a lo largo de la vida para ser expertos. Mucho mejor es aprender a ser sabios.

“El conocimiento te instruye, la sabiduría te transforma” escribe el psicólogo Walter Riso en su libro Pensar bien, sentirse bien. Y por sabiduría se refiere “a un conocimiento más vasto y fundamental: se trata de cómo vivir mejor, estando bien con uno mismo y los demás”. Visto así, el conocimiento es la teoría acumulada y la sabiduría son las experiencias de vida que realmente nos enseñan. Y es que podemos ser una biblioteca ambulante (o quizás mejor decir un Google parlante) pero si todo ese vasto conocimiento no nos acerca a una vida más plena, estamos cargando un equipaje inútil.

Llenarse de información erudita puede ser muy gratificante para el ego, aunque si hablamos de bienestar, sólo desde la sabiduría podemos convertir las experiencias y el conocimiento en verdadera plenitud. Para crecer no basta con saber, también hay que vivir con una actitud abierta a los cambios, aprender de lo cotidiano y dejarnos sorprender por el mundo. Es lo que el maestro zen Shunryu Suzuki llamaba “la mente del principiante”: mantener una curiosidad atenta y flexible, sin dejarse atrapar por la creencia de saberlo todo.

Piénsalo. De poco vale saber mucho si somos incapaces de llevar a la práctica todo lo que sabemos. No digo que instruirse sea una pérdida de tiempo, sino que es fácil confundir la necesidad de acumular conocimientos con la oportunidad de ser felices tal y como somos, con lo aprendido hasta el momento presente. Desde allí podemos vivir en equilibrio, experimentando nuestro potencial y limitaciones. Aprendiendo para crecer y no simplemente para saber más.

¿Dónde deja esto a nuestra ejecutiva estresada? En la necesidad de tomar conciencia de la carrera imposible a la que se ha lanzado: saberlo todo y al instante. Actualizarse es un requerimiento de su profesión, pero vivir sabiamente es una necesidad de su alma. Por eso el estrés. Si en lugar de acumular conocimientos le diera una oportunidad a la tranquilidad, a la sencillez y a lo real, estaría más satisfecha. Le hace falta, como dice Walter Riso, “una dosis de conocimiento aplicado, el arte del buen vivir”.

En este mundo donde la información disponible crece a un ritmo que ya escapa a la imaginación ¿dónde está la auténtica sabiduría? Esa respuesta es un asunto personal, pero te aseguro que está más cerca de lo que piensas. Un buen comienzo para que aparezca es tener los sentidos, la mente y el corazón abiertos. Y vivir la experiencia del presente con menos prejuicios y más atención.