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Fausto Masó

Aprendan a perder, por favor

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Últimamente nuestros gobiernos no saben perder, algo imprescindible para identificar las causas de una derrota, reflexionar, enviarles un mensaje a sus electores, cambiar políticas, y no cometer la enormidad de denigrar de la victoria de los adversarios calificándola con una expresión escatológica.

Cristina Kirchner aceptó su reciente derrota electoral, cambió su jefe de gobierno, reemplazó a Enrique Moreno, radical peronista, por Capitanich, un aparente moderado que se reúne con el odiado Macri. Se anuncian otros nombramientos en Argentina aunque, claro, nada impide que las próximas semanas vuelva Cristina a las andadas y todo haya sido una cortina de humo; pero por ahora parece rectificar. Por estos días la televisión por cable muestra los saqueos de neveras, plasmas, etc., en la ciudad de Córdova, obra de una población desorientada.

En Argentina, además, lograron un acuerdo con Repsol y es posible que lleguen inversiones en petróleo, algo que intenta tímidamente Venezuela, limitada por el control de cambios.

Ecuador vive tiempos mejores que Venezuela. En vez de gastar el dinero en alentar el consumismo lo invirtió en buenas autopistas, aeropuertos. Hasta los nicaragüenses se han avivado, no les compran a los chinos cientos de miles de tostadoras, hornos, microondas, neveras, plasma, sino que quieren construir un canal transoceánico que trasformaría el país

En Venezuela los presidentes civiles del siglo XX se comportaron dignamente en la derrota, la aceptaron sin vacilaciones, comprendieron que entregarle el poder a un representante de otro partido garantizaba la democracia, y que, en cambio, el deseo de permanecer indefinidamente en Miraflores niega la esencia misma de la vida democrática. Un Gonzalo Barrios rechazó pedir un recuento de votos para superar una derrota bien estrecha; dijo que así no valía la pena que ganara un candidato de gobierno.

Criticar a los que esta altura alientan a no votar es una pérdida de tiempo, no hay necesidad; ¿para qué contradecir al que quiere ahorcarse hoy en la sala de su casa?, después de muerto habrá perdido cualquier discusión sobre la legitimidad de su decisión, sobre la estupidez de no votar. Si votamos no cambiará el mundo, el sol no saldrá por el este; ah, pero cambiarán las cosas. Pase lo que pase, aunque no haya soluciones mágicas, al votar se da el paso decisivo en un camino difícil, pero necesario.

Históricamente los abstencionistas solo han tenido razón en una circunstancia, cuando en los días siguientes al de los comicios arriesgaron su pellejo. El extinto Chávez rechazó un tiempo votar porque suponía que así la revolución no llegaría al poder, perdió muchos meses con esta tesis peregrina hasta que se decidió convocar a votar, y el resto es historia conocida.

Vote, amigo, no sea flojo. Usted no es un Domingo Alberto Rangel, el único abstencionista respetable.

A votar, pues.

¿Y el poder? Acostúmbrese a perder. Ya es hora.