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José Ignacio Calderón

Apoyar al militarismo desde la “contracultura”

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Estudiaba en la biblioteca de la facultad cuando vi entrar a un estudiante. Lo particular de este ucevista era su aspecto: Cabello largo, rizado, y con una espesa barba. No era fácil que pasara inadvertido. Seguí sus pasos hasta que finalmente caminó a mi lado. Cuando detallé su bulto, tenía en él una chapa con la firma de Hugo Chávez estampado en ella.

Venezuela ha estado signada los últimos 14 años por su política interna. El Estado ha tomado el centro como protagonista de la historia reciente. En la joven república, es imposible referirse a cualquier hecho sin aludir al gobierno de turno.  La revolución ha calado en la lengua hasta volverse un subdialecto nacional. La mutación del habla nos ha afectado a todos, y muy especialmente a mi segmento, la juventud.

La globalización, junto con el chavismo, ha afectado a la izquierda venezolana hasta volverla un pasticho ideológico y político sin sentido. Una suerte de híbrido rojo, cuyas herramientas de difusión son los medios masivos y las redes sociales. La pesadilla de GuyDebord.

Una de la que no podemos despertar.

Esto ha marcado a la juventud caraqueña. Somos adictos al Internet, a la información inmediata, y a las tribus urbanas, perversión de los movimientos culturales. Estos se han frivolizado ya hasta volverse modas. Modas como el hipismo, el feminismo, el veganismo, el ciclismo, la cultura gay, los ambientalistas, el rastafarianismo, la cultura hip hop, y la de más reciente data, y que ha calado más hondo en la clase media, el hipsterismo, la piedra angular del warholismo basura.

Esta izquierda contracultural y modista tiene como enemigo natural a las tradiciones como el cristianismo, capitalismo, ética y trabajo, etc. En Europa y el norte en general, esto se ve con normalidad; es su hábitat intelectual y cultural. El problema surge, y se distorsiona al punto de volverse un mutante sin verdaderas piernas filosóficas cuando estos movimientos salen, tergiversados, de sus epicentros hacia América Latina con la velocidad vertiginosa del Internet. Se han popularizado estos movimientos-modas, se han diseccionado, se han vuelto anacrónicos y han devenido en monstruos contradictorios.

Mi amigo de pelo largo y barba espesa representa, tal vez, una oposición al tradicionalismo masculino estético: pelo corto, cara afeitada, etc. Pero su juicio de valor se ha visto afectado por una noción terrible: su aparente apoyo al militarismo, arropado dentro de la izquierda revolucionaria y supuestamente rebelde. La peste militar ya tiene pase libre gracias al espaldarazo del marxismo cultural y ha parido una putrefacción intelectual y falsamente libertaria.

Gracias a occidente, su contracultura, y al visto bueno de sus intelectuales, que van desde el estadounidense Noam Chomski hasta el esloveno Slavoj Zizek, nuestra América Latina se ha vuelto el paraíso de juego para que las ideologías fracasadas del pasado se pongan en práctica acá, típico sueño egoísta de idealistas y socialistas de pacotilla, acomodados dentro de democracias liberales, pero ansiosos de vivir un idilio con la guerrilla de Castro y su Bahía de Cochinos.

La izquierda externa ha dañado a la izquierda nacional, y para éste humilde escritor, ya está muerta. Ahora es un cadáver necrótico, y trata de revivir como zombi a través de la juventud revolucionaria, aquella que Allende idealizó diciendo “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”. Pues nuestra revolución no es una de armas tomar, ni de debate ideológico. Es de tribus urbanas y cadenas de oro pesadas. Es de tomar lenguaje importado, caso del hip hop o el reggae, y cantar en contra de la globalización. Ser joven en la Caracas del siglo XXI es ser una contradicción biológica.

Estos movimientos-modas, apoyados y avalados por el Estado, han institucionalizado la rebeldía. Con esto, muere la raíz biológica real de la juventud: el ir en contra. Si el Estado lo aprueba, pierde todo sentido.  El mercado de consumo, que no ha sido destruido por la corporación más grande de este país, la revolución chavista, ha podido hacer esto posible. La contracultura es ya una carrera de demostrar individualidad en un gobierno colectivista, a través de la ropa, y como la rebeldía se ha vuelto el sistema, ya no tiene ningún norte real. Son estos verdaderos tiempos nihilistas. Cuando usted vea en la calle a un hippie con una camisa de Hugo Chávez, es decir, a un seguidor de un movimiento que en algún momento estuvo en contra de la guerra de Vietnam, pero que hoy en día apoya a un golpista, asesino de civiles, y para colmo, militar, sabrá que efectivamente las contraculturas-modas ya carecen de todo sentido que no sea la idea tonta de resaltar por encima de los demás.