• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Rodolfo Izaguirre

¡Aplausos!

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Sentados en el café Cujas en la calle parisina del mismo nombre tomábamos cervezas unos venezolanos escapados del fascismo perezjimenista en aquel éxodo de estudiantes que conocieron varios países europeos en la década de los cincuenta. Familiarmente llamábamos Boul'Mich al Boulevard Saint Michel y mezclábamos nuestro machacado idioma con un no bien digerido francés.

Uno de aquellos compatriotas que llevaba meses cruzando los puentes sobre el Sena sin saber qué hacer con su vida me confesó, abrumado, que aun confrontaba problemas con el passé composé.

Desde el Cujas vi pasar fragmentos de la historia francesa. En una primera estadía, la estremecedora caída de Dien Bien Phu, la última batalla de la guerra de Indochina y por prudencia permanecí mudo cuando vi a los franceses indignados por la derrota sufrida a manos de unos infelices asiáticos comedores de arroz. Después, con la guerra de Argelia, los fascistas franceses creían que Juan Sánchez Peláez y Pedro Espinosa Troconis eran pieds-noirs argelinos y al verlos sentados en el café Cujas se pasaban el dedo índice por el cuello prefigurando degollamientos norafricanos.

Contrariamente, unos árabes golpearon con furia a dos adolescentes franceses amantes de un poeta venezolano que subido a un banco en la acera del Boul'Mich, gritaba: ¡Sarracenos, no golpeéis a mis efebos! Y en escenarios más cordiales anudábamos amistades con gente como Nicolás Guillén y otros poetas e intelectuales latinoamericanos.

En el grupo al que hago referencia se encontraba un muchacho que se decía sobrino del político dominicano Juan Bosh. Era conocido en nuestro grupo por haber desprendido de un mordisco el lóbulo de una oreja a un venezolano estudiante de medicina en una riña de tabernas. En cierto modo, se adelantó a Mike Tyson cuando le arrancó la oreja derecha a Evander Holyfield en 1997 en Las Vegas, Nevada. El muchacho nos aburría con su perorata y se me ocurrió aplaudir, en medio de su discurso, con frenético entusiasmo; lo que fue imitado de inmediato por los demás.

El dominicano se dio cuenta de la malignidad de la maniobra y dijo: “¡No me aplaudan mierdamente!” Lo que quiso decir fue: no me engañen porque reconozco cuando un aplauso no es sincero. Nos dio una lección y con ella, tuvimos un aprendizaje. Se revela importante pero nada fácil establecer en su momento y con claridad cuándo el aplauso que brindamos al orador político o al conferencista arrastra o evidencia un cálido reconocimiento y cuánto hay en él de resignada aceptación.

Uno observa en los videos las caras compuestas pero aburridas de quienes soportaban los largos discursos del dictador cubano y fueron muchos los que quedaron dormidos plácidamente en los Aló, Presidente; pero siempre con el mismo hastío y desgana. A la larga, los aplausos tienden a ser si no iguales al menos parecidos a los que comenzaron a escucharse en la rue Cujas cuando el muchacho dominicano se enredó en sus necedades.
¡Pero nadie escapa de sí mismo! Ocurrió que en la Cinemateca Nacional los espectadores, inquietos porque tardaba la proyección de la película, comenzaron a aplaudir mierdamente.

El caso es que no me había percatado de lo que sucedía y entré a la sala cuando se iniciaban los aplausos y creí que me los dedicaban; que me estaban aplaudiendo por ser yo el director de la Cinemateca y mi ego se detuvo en mitad de la sala e hizo una agradecida reverencia.

Entonces vi que algunos espectadores me miraban y se reían y supe en ese instante que, transcurrido medio siglo de vida, aquel dominicano experto en orejas venezolanas y charlatanerías se estaba vengando de los frenéticos y escatológicos aplausos que le ofrecí en el parisino café de la rue Cujas.