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Antonio Sánchez García

Antonio Ledezma, el hombre de la unidad

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“Necesitamos de una dirigencia capaz de comprender los temores de los venezolanos de oposición, y las frustraciones de los venezolanos coligados al oficialismo. La lucha por la unidad no es una excusa, es un compromiso ineludible”. Antonio Ledezma.

La única, la exclusiva y angustiante preocupación de Antonio Ledezma en todos estos años de extravío, ha sido la unidad. Consciente desde siempre de que en una situación de grave crisis existencial como la que vivimos desde hace 16 años, sólo la unidad de todas las fuerzas democráticas podría encaminar el país hacia una resolución pacífica, institucional, consensuada del impasse en que se encuentra. Y evitarle al país la consumación de más tragedias de las que ya ha sufrido. Quienes hemos compartido sus afanes y anhelos en la mayor cercanía podemos dar fe de su inquebrantable voluntad unitaria. A la que ha estado dispuesto a sacrificar todos sus intereses particulares, sin dudar ni un segundo, con un solo objetivo: la salvación de la República. Su única preocupación coincide hasta en sus más mínimos detalles con la angustiosa exclamación de su maestro, compañero, consejero y amigo, Pompeyo Márquez: “hay que salvar, tenemos que salvar la República”.

Como en la trayectoria de todo gran político, Antonio Ledezma ha vivido momentos de victorias y de fracasos, fulgores de éxito y derrotas. Los ha sobrellevado en la más estricta intimidad y con la mayor humildad. Con el mayor recato, sin el menor alarde. Su discreción, su falta de rencores y su generosidad son proverbiales. Milagros Socorro, en su presentación al libro Palabra de Honor, que resumiera su última trayectoria, lo dijo con una exactitud lacerante: “Ledezma no metaboliza rencores”. Ha aceptado el rechazo de aquellos de quienes esperaba la aceptación, como un inexorable sino del destino. “No reconozco enemigos en ninguna fuerza política. Necesitamos de una dirigencia capaz de comprender los temores de los venezolanos de oposición, y las frustraciones de los venezolanos coligados al oficialismo. La lucha por la unidad no es una excusa, es un compromiso ineludible.”

Hecho a la adversidad cumple a cabalidad con los dos principios del estadista: agradecer con humildad el triunfo y asumir con respeto el fracaso. Pero sobre todo: poner su vida en juego cuando las circunstancias lo exigen. Luego de una larga discusión en que con su equipo asesor discutíamos las acciones a emprender ante la decisión del ejecutivo de arrebatarle todos sus legítimos ingresos y poner en la indigencia a cientos de trabajadores de la recién conquistada Alcaldía Metropolitana, nos pidió lo acompañáramos a la Plaza Brión, de Chacaíto, donde lo esperaban sus seguidores, para reunirse con los medios de comunicación. Sorpresivamente y cuando ya nos retirábamos, pidió lo acompañáramos hasta la sede de la OEA, en Las Mercedes. Ninguno de nosotros imaginábamos lo que allí sucedería: se abrazó a Mitzy, su esposa, le susurró algo al oído y entró a las oficinas del organismo multilateral sin comunicarle a nadie que había decidido iniciar allí y en ese mismo instante una huelga de hambre para denunciar ante el mundo el abuso de las autoridades de gobierno y la injusticia que se cometía contra sus trabajadores.

Fueron cinco días de angustia. Y a pesar de los efectos que su decisión provocaba en su frágil constitución física, no hubo manera de hacerle desistir de su riesgoso empeño. Hasta que obtuvo lo que solicitaba: una reunión con el Secretario General de la OEA, José Miguel Insulza, y la resolución del conflicto en que la injusticia gobernante había lanzado a sus colaboradores. Dejó la sede de la OEA en una ambulancia y debió permanecer internado en una clínica para recompensar su organismo, seriamente afectado.

Aquel día comprendí que nada ni nadie le haría desistir de su propósito de entregar su vida por el restablecimiento de la democracia y la salud de la República. Sin que en esa decisión existencial mediara el más mínimo interés por ser el elegido de los dioses.    Nació en humilde cuna, en San Juan de los Morros, signado por el destino de millones de venezolanos humildes, se destacó como líder estudiantil y luchó por obtener un plan de becas para sus compañeros, ni tan pobres como él. Apartando su nombre de cualquier privilegio. Desde entonces, su vida fue la de un hombre entregado con alma, corazón y vida al servicio público.

Le ha tocado compartir hoy el sufrimiento de quienes se ven perseguidos y encarcelados en testimonio de su amor a Venezuela, su Patria. Y estoy convencido de que lo hace sin una gota de rencor, pidiendo desde el fondo de su corazón por el cumplimiento de su único y supremo anhelo: la unidad de todos los venezolanos de buena voluntad, más allá de partidos y colores. En bien de Venezuela. Sólo la unidad, en esta hora aciaga, podrá librarnos del yugo que nos atenaza. Es la hora de consumarla.
 
@sangarccs