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Antonio Sánchez García

Anotaciones sobre Chávez (VI)

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Muerto Chávez en tierra ajena, como casi todos los caudillos venezolanos, pero no como Bolívar, como Páez, como Guzmán Blanco, como el Cabito, como Pérez Jiménez y nuestros dos grandes líderes democráticos Rómulo Betancourt y Carlos Andrés Pérez, muertos en el destierro, en su caso por propio gusto, pues para él su tierra era Cuba, a la que amaba y no Venezuela, a la que odiaba, y caídos los precios del petróleo, hemos comenzado a vivir el fin de la rumba. Si bien no termina por anunciarse el despertar. Sólo ha sobrevivido la estructura policíaco militar capaz de sostener, mediante la represión y el abierto ejercicio dictatorial a una sociedad invertebrada en manos de un régimen acéfalo, pandillesco y neo castrista, sin ningún otro fin que sustentar la fantasmagoría de la única verdad objetiva armada en estos dieciséis años de desgobierno: la entrega de la soberanía a Cuba y el saqueo y traspaso de gran parte de su renta y sus reservas internacionales para los fines del sostenimiento de la tiranía cubana y posibilitar la expansión de sus políticas en la región instrumentadas a través el Foro de Sao Paulo. Por cierto: ante la benevolencia de Washington y el Vaticano. La recompensa, fuera de los abalorios de la adulación y la gloria universal de los sectores y gobiernos afines: una parte importante de la estructura represiva financiada y asegurada mediante el manejo a gran escala del narcotráfico. Chávez, el caudillo que hiciera delirar de entusiasmo a las mayorías, no fue capaz más que de amortiguarle la vejez a Fidel Castro y alfombrarle las trochas hacia el copamiento de todos los gobiernos de la región inyectándole sus billones de dólares. Su país natal, para utilizar una expresión de su amado populacho, siempre le supo a ñoña, lo arrastró consciente y sistemáticamente al matadero. Fuera de unos mamarrachos de su escultora y su pintor preferidos y algún artificio del arquitecto de la corte, no dejó nada. Lo que quedó de Venezuela tras su paso fue una tierra arrasada. Ya comenzaron a arder sus imágenes en las fogatas de la desesperación. Nos aguarda un futuro impronosticable y una ciudadanía consumida por las penurias y la desesperanza.

 

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Visto estructuralmente, la parodia de Estado venezolano está constituida por sus fuerzas armadas y sus pandillas nazi castristas que controlan distintas parcelas del Poder y se reparten parte del sobrante, manejados como marionetas desde el Palacio de la Revolución habanera. Más el respaldo de la marginalidad gansteril, organizada en colectivos y fuertemente armadas para mediar en los conflictos entre las fuerzas armadas – ocupadas en enriquecer a sus altos oficiales - y el grueso de la población sujeta a la brutal inseguridad que azota a los barrios y urbanizaciones de todas las ciudades y poblados de Venezuela. Venezuela es el reino de sus pandillas criminales. Ya asesinan a ancianas nonagenarias y a niños que aún no aprenden a caminar. No existe socialismo del siglo XXI ni del siglo XX, no existe capitalismo, no existe una democracia social, no existe una suerte de nuevo estado de derecho. No existe ni siquiera un parapeto del paraíso prometido. Como siempre: un infierno. El chavismo era agua de borrajas, palabrería, remolienda, repartija carnavalesca de dinero y montaje de un sistema de control social sostenido por la billetera y las entrepiernas del caudillo. Ni una sola idea, ni un solo proyecto específico: populismo petrorentista, cero productividad, cero instituciones, armazón de pandillas voraces. Un basural. Más nada.

 

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Se ha llegado así al colmo de las dictaduras: reprimir para sostenerse, hacer de ese sostén y esa represión las únicas políticas visibles del sistema y cerrar el círculo vicioso del poder dictatorial: reprimo, luego existo.. Tautología pura: mando porque puedo, puedo porque gobierno, gobierno porque me sale de las entrepiernas. Y al que se oponga lo encarcelo, lo echo al destierro o lo asesino. Su única racionalidad: alimentar a las mafias que lo componen con franquicias del asalto: el narcotráfico, la buhonería, el robo de las arcas fiscales, el descarado enriquecimiento. Continuar al servicio del traspaso de la renta sobrante al gobierno cubano y terminar por desquiciar toda institucionalidad reinante. En rigor: cumplir con el único propósito de la tiranía cubana: hacer desaparecer del mapa de la región a la República de Venezuela. Poner sus recursos al servicio de hacer desaparecer las democracias de América Latina. Servir a la aniquilación de los Estados Unidos y de la hegemonía capitalista. Terminar por descoyuntar a Occidente. En una siniestra alianza con el talibanismo islámico. Estúpidos sueños de una noche de verano.

 

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No existen otras razones para el caos creciente y la disgregación de nuestra sociedad, el colapso existencial en que caen amplios sectores de la población, la ininterrumpida emigración de sus jóvenes. Lo que, al parecer, aún no es comprendido del todo por los sectores llamémoslos opositores sobrevivientes del naufragio de la República. En un caso de patético autismo y celebérrima  ceguera, los trasnochados y agónicos liderazgos se niegan a comprender la dimensión planetaria de la crisis y la parte que en ese asalto juegan consciente o inconscientemente los grandes poderes occidentales, Washington, Europa, el Vaticano. Que hilan con un entusiasmo digno de mejor causa la soga con la que podrían ser maniatados y ahorcados. Por ilusorio y funambulesco que sean tales delirantes propósitos.

He reflotado mi interés por la trágica visión de Orwell, la gigantesca gravedad de la crisis de entreguerras que derivara en el espanto genocida del nazismo hitleriano y del totalitarismo soviético, el peligro moral que amenazó con el apocalipsis de Occidente y el derrumbe de las certidumbres del mejor iluminismo dieciochesco, la victoria de la libertad gracias al heroísmo, la lucidez y el coraje de grandes estadistas, como Winston Churchill, capaces de encender la antorcha que iluminara los tenebrosos caminos que le cerraban el paso al futuro, para que al cabo de medio siglo, luego de la implosión endógena del socialismo, cuando se abría la posibilidad objetiva de dejar atrás y para siempre el desquiciamiento de las utopías, Occidente olvide todas las enseñanzas, siga emborrachada los trillados errores del marxismo, insista en caer en el infantilismo de las regresiones utópicas y el vasallaje dictatorial siga viento en popa enarbolando la mentira, el engaño y la farsa de lo que Jean François Revel llamara “la gran mascarada”.

 

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Comparto en sus grandes rasgos el diagnóstico sobre el estado actual de la sociedad global planteado por Jorge Bergoglio, que apunta a una sociedad alienada y sometida a presiones inmanentes al sistema capitalista ya globalizado – alienación del dinero, lo llama, usurpando conceptos del marxismo - que atentan contra los altos valores de nuestra cultura y nuestra civilización. Pero disiento de sus conclusiones, que representan un retorno a viejas prácticas populistas y redistributivas que no tocan al mal de la contemporaneidad en su esencia y tientan con salidas que profundizan el mal antes que superarlo. Asociarlo al peronismo y a los neo dictadores populistas de la región se ha convertido en un paso dialéctico al uso para demostrar su transformación desde el intolerante cardenal bonaerense que denunciaba a un escultor que hacía mofa del cristianismo en exposiciones internacionales de arte de vanguardia, con su aparente indiferencia en tomar en sus manos un esperpento que hace mofa de Jesús montándolo sobre el símbolo del asesinato de millones y millones de seres humanos.

El caso venezolano es, para nuestra inmensa desgracia, paradigmático. Porque anticipa y reproduce la hegemonía política del pobresismo en que derivara el castrocomunismo, impotente en su voluntad liberadora y corrompido en su esencia tiránica y empobrecedora, pero siempre al frente y en la vanguardia del control político de nuestros pueblos, prisioneros del utopismo milenarista y mesiánico importado por las huestes conquistadoras con el desalmado ejercicio de la cruz y la espada. El mundo real sigue empecinado en perdonar los desastres totalitarios de las utopías y a condenar las extraordinarias realizaciones del realismo liberal.

El desafío eludido por Bergoglio es el del fracaso de las élites latinoamericanas en diseñar, postular e implementar una nueva democracia para el progreso y el desarrollo en nuestra región. Y un nuevo y bien articulado proyecto de desarrollo socioeconómico basado en la libre empresa y el empoderamiento general de la sociedad. Una democracia capaz de coadyuvar al desarrollo económico y social sin herir los valores esenciales de la cristiandad que nos fundamenta. Y sobre todo sin coartar la libertad, siempre sacrificada y estrangulada en nombre de la igualdad, fácilmente obtenible al precio del empobrecimiento general, siempre trabajosa si acompañada del empoderamiento de quienes luchan por salir de la pobreza convirtiéndose en seres productivos y no caer en la vergüenza de la limosna y la dádiva de la redistribución, la vieja trampa del populismo clientelar que parece seducir a los latinoamericanos.


Continúa...