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Raúl Fuentes

Año de falacias

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Es difícil determinar cuál podría ser el comportamiento de un régimen cuya subsistencia parece fundada en su capacidad de distraer los recursos del tesoro nacional para financiar una perenne campaña electoral (ha habido 19 elecciones en los últimos 15 años), desviando la atención ciudadana de problemas cruciales para la sociedad y el individuo y enfocarla en contiendas de resultados más o menos previsibles, sobre todo por el vergonzoso papel del llamado el poder electoral, entre cuyas atribuciones constitucionales no está precisamente la de actuar como aliado incondicional del ejecutivo; es muy difícil, pues, precisar una línea de acción en un escenario que, en el corto plazo, no contempla elecciones, a menos que, en concordancia con el estilo Jalisco, nuestros jemeres rojos desaten una cacería de brujas contra líderes opositores para tratar de apoderarse, mediante amañados referendos, de espacios que le son ajenos, bajo la leninista premisa de que el control es preferible a la verdad.

Enfrentado a una monumental crisis de abastecimiento y con las alforjas vacías, transitar por un camino hollado más por botas que por votos no será fácil para una administración viciada de nulidad en sus orígenes mismos, que no ha dado pie con bola en materia económica y, por los vientos que soplan y a juzgar por las declaraciones de quienes se ocupan de la economía, las finanzas y el petróleo, es incapaz de atinar con soluciones que permitan superar la crónica y grave crisis en la que vivimos desde haya demasiado tiempo; es muy probable, entonces, que se atice la conflictividad para poder justificar, con palabras y no con hechos, el incumplimiento de promesas formuladas únicamente con fines electoreros, como se desprende, por ejemplo, del fracaso de la misión vivienda cuyas metas estuvieron muy lejos de lograrse, al punto de que, según informó este periódico el pasado domingo, se dejaron de construir más de 200.000 unidades ofrecidas para el año que dijo adiós, o la cantidad de megavatios que, se aseguró, iba a generarse para regularizar el servicio eléctrico y poner fin a los apagones.

Para eludir, errores y disparates derivados de la incompetencia y la corrupción inherentes a su gestión, Maduro decretó una "guerra económica" cuyas principales víctimas han sido los consumidores; una guerra de pacotilla que convirtió a militares de carrera en animadores de saqueos y rebatiñas para batallar contra la inflación que, en 2013, se situó en 56,1%, una de las más altas del mundo, con las armas de Robert Mugabe, equiparando a Venezuela con Zimbabue en materia de incomprensión de las leyes que rigen el mercado.

Sin los recursos materiales, el carisma y el palabrerío de su predecesor, el jefe del Estado tiene muy poca tela donde cortar. Es cierto que ahora, como sugiere El País, ya no se limita a imitar sino que intenta ejercer de corazón de patria - los cubanos lo adiestraron para administrar bien su cara de mosquita muerta o de yo no fui ­, pero con poco pan que suministrar debe abocarse a mantener la adhesión de quienes Chávez acostumbró a depender del gasto público.

Para ello se vale una poderosa herramienta retórica aprendida en algún centro cubano de formación de cuadros: las falacias, esos alegatos aparentemente válidos, pero que no pasan de ser sofismas utilizados para persuadir y manipular al ciudadano de a pie y que ha hecho de la argumentación ad hominen (falacia que consiste en atacar a las personas sin ni siquiera referirse las tesis que éstas puedan sostener) piedra angular de su discurso.

Desde Aristóteles a nuestros días, las falacias han sido abordadas por la lógica, pues, en tanto que "juicios que parecen verdaderos pero no lo son" constituyen un arma temible en boca de demagogos y charlatanes , sobre todo cuando se apela a la presunta superioridad moral o intelectual de una autoridad a partir de la cual se elabora el razonamiento discursivo (ad verecundiam), la incuestionable razón del pueblo (ad populum) o, simple y llanamente, a las emociones (sofisma patético); se trata tal vez de las falacias más comunes y que, a todo lo largo de 2014, alimentarán las confusas explicaderas del gobierno, las cuales adquirirán tonos de cursilería mayor en los ceremoniales ­ de órdago o de espanto y brinco según se vean - que se oficiarán para conmemorar, el 5 de marzo, el primer año de la partida de un ambicioso soldado con suerte a quien se pretende deificar para reconquistar el favor popular a partir de una sumisión religiosa que pueda reemplazar los programas clientelares. Este que apenas se insinúa será año de grandes falacias y enormes falencias.