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Francisco Javier Pérez

Sobre Andrés Eloy Blanco; año 60 de su muerte

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Al cumplirse, el año 1985, los treinta años del fallecimiento del poeta cumanés, su amigo Luis Pastori (y el venerador mayor de su poesía) pronunciaba una conferencia en la Universidad Nacional Autónoma de México en la que buscaba situar a Andrés Eloy Blanco en el recuento de influencias del pasado y en la proyección de logros del futuro. Ancestros y descendientes poéticos eran invocados para intentar el festejo y para propiciar la significación que los versos del cantor sucrense habían tenido y tendrían en nuestro hacer con el arte de escribir poemas. Pastori leía en México, tierra de vida y muerte del poeta, exilio y fin de una biografía escindida entre la lucha política (gestionada con la palabra social) y la lucha literaria (gestionada con la palabra estética).

Nombre clave de la Generación del 18, una constelación de nombres claves para nuestra poesía, compartiría protagonismos con Fernando Paz Castillo, José Antonio Ramos Sucre (hijo de Cumaná como él mismo), Luis Enrique Mármol, Jacinto Fombona Pachano, Enrique Planchart, Rodolfo Moleiro, Antonio Arráiz, Gonzalo Carnevali y otros más. Aprendiendo a concebir versos nuevos adorando los del modernismo, pronto Andrés Eloy Blanco se iría distanciando para lograr una forma de poetizar que no se parecería sino a él mismo. Quiere una poesía que logre ser signo de los hombres y no referencia de cultores del verso hermético. Gravita desde temprano la necesidad de popularizar sus versos tanto como la de ser poeta de versos populares. Se identifica con el alma del pueblo y escribe entonces para la gente y no solo para los poetas. Búsqueda de una simplicidad formal emparentada con modos de sublimación conceptista como bandera de su arte poética.

Entiende una poesía para la libertad y la liberación, pues nace y vive sin ellas y a la liberación y a la libertad quiere levantar los mejores monumentos de su acción: la lengua libre como expresión del pensamiento libre y de la vida libre; los tres secuestros más cruentos de su dictadura y de toda dictadura: la vida, la lengua y el pensamiento. Le espera la cárcel por respuesta del tirano. Coherentemente, escribirá gracias a la privación de la libertad sus versos más libres. Cuando deja la prisión, el año 1934, publica Poda, libro de saldos y de cortes en donde exhibe lo mejor de su primera producción poética. Como una cicatriz, el encierro gomecista deja huella de permanencia y su enseñanza es un robo al escalofrío:

 

“Aquí estoy, en la Cárcel;

somos varios.

Aquí estamos, más mal que bien,

pero es mucho decir: mal que bien, aquí estamos.

Apunta esto: estamos aquí

para evitarte trabajo,

para que tú, mañana, no tengas que venir”.

 

Luego haría su aparición su libro maestro Giraluna (1955), asiento de mucha de su mejor poesía y el ensayo más logrado de la poesía amorosa entre nosotros. Se rubrica esto en muchos versos, pero, quizá, sean los siguientes algunos de los más perfectos que se han conocido, pues crean un mundo a partir del mundo:

“Y escondida en los naranjos

encontré la nueva flor.

Encontré la giraluna,

la novia del girasol”.

Poeta del pueblo se le ha calificado y en realidad esto no habría que decirlo pues los verdaderos poetas siempre lo son del pueblo (es que acaso Lorca es más del pueblo español que Góngora o Quevedo). Algunos pretenden con la calificación decir que algunos de sus textos se han hecho populares y eso, aunque importe, tampoco reporta gran cosa para la comprensión de su refinada estética y de sus dotes de poeta con muchos recursos. La pasta noble y sentimental de su poesía ha captado los gustos y se ha encontrado con los corazones de muchos. En lo formal su poesía tiene más refinamientos de los que percibimos en un primer acercamiento. En lo conceptual su poesía tiene más filosofía que la que podemos entender en lectura inicial. Me gusta más para Andrés Eloy Blanco la designación de poeta integral, pues la flexibilidad de su palabra y la riqueza de sus recursos le permitieron recorridos ajenos para muchos. Entre tantos, sus versos humorísticos, puro invento para canalizar la rabia, la crítica y la catarsis.

El tránsito por el ensayo no sería feliz. Escrita por encargo o por obligación de las circunstancias, su biografía sobre el doctor Vargas no le hará ningún beneficio a su obra y quedará como signo de una peculiar manera de escribir la vida de un hombre grande sin escribirla (críticos como el padre Pedro Pablo Barnola, entre los más enfáticos, no se comedirán en señalar las muchas caídas que esta obra presenta). El título del libro, en su descargo, es una poderosa inyección de poesía para entender el tiempo sin poesía del prodigio: Vargas, el albacea de la angustia (1947). Otras páginas conceptuales o de reflexión serán aquellas destinadas al congreso o al mitin político y en ellas luce muy reciamente el agudo conocedor del país profundo. Será artífice protagónico en la vida política de un país necesitado de artífices que dibujen en la silueta de Venezuela la palabra democracia. 

Una exploración de orden marginal nos permite recordar a un Andrés Eloy Blanco ocupado del léxico criollo de uno de sus libros menos comprendidos: Baedeker 2.000 (1938). Resuelta con simpleza la evaluación crítica de esta obra, una asociación plana de la vanguardia, se la pasa muchas veces por alto dentro de la ingente signatura poética de su producción. El peso que en su catalogación tuvieron siempre los versos populares, los de esta importante obra han quedado como una anécdota en el camino interrumpido de una fragua ultraísta y surrealista con sello venezolano (“Bebí el último trago romántico/ y el primer sorbo ultraísta”). Cuando intenta retratar se retrata:

“Soy magro. La calavera

asoma a flor de piel;

dos hilachas de nieve atraviesan la calva;

tengo el amarillento de las hojas de octubre

y mucho escrito en el pergamino de las manos”.

Libro de los vaticinios, anuncia y clama en cada verso por un mundo mejor y por el “hombre humano”, tan escaso. Ajeno a los milenarismos que vendrán (tan apocalípticos y tan poco integrados), canta al presagio bonito, a la soñada esperanza (a la que visualiza, naturalista y romántico, como un paseo por el bosque):

“Para el año 2000, amigo mío, espérame.

Pasearemos juntos bajo aquella noble arboleda

Que tendrá al Sur tu ciudad

Y hablaremos de mi profecía.

Gozaremos una tarde deliciosa

Y volveremos a las calles,

Ansiosos de contemplar mi presagio”.

Canta también al Orinoco, al que rotula con saldo de metáforas, como río de las siete estrellas, nombre para la mejor de las Venezuelas:

 “Aquí estoy, mi río sereno,

como lago que anda,

mi viejo río de las siete estrellas,

aquí estoy”.

Redacta como apéndice a este libro un texto lexicográfico que titula: “Explicación de algunos vocablos regionales” y que resuelve en la recogida y exposición de veintiún palabras o expresiones que tienen que ser entendidos como una veintena ampliada de versos lexicográficos acompañando a sus versos poéticos, por más tautológico que todas estas definiciones resulten. La pieza reza como sigue:

avancito: Audaz, resuelto.

cabildeo: Reunión espontánea de ganados que olfatean algún peligro.

calcetas: Tierras accidentadas.

carabali: Planta leñosa.

catires: Rubios, extranjeros.

entreverado: Plato llanero, preparado con vísceras de buey.

esquinero: De esquina, propio del guapo.

flor de parcha: Peinado típico del guapo: mechón sobre una ceja y rizos.

guachamarón: Guapo, valiente.

guarapo: Bebida de caña u otra planta refrescante.

guasacaca: Salsa picante llanera.

larense: Natural del estado de Lara, Venezuela.

lefaria: Fruta del cacto.

malojera: Triste, mal, cariacontecida.

parrandones: Holgorios, fiestas.

queseador: Vaquero que hace queso.

sanjuanero: Individuo de la Parroquia de San Juan, Caracas, de antigua fama de bravo.

tapices: Pantanos del llano.

tumbadores: Llaneros expertos en derribar reses en carrera tirándoles de la cola.

una chinga: Un poquito.

vaquería: Reunión de vaqueros para reparto de reses.

Siguiendo, tal vez, el intento lexicográfico que Rómulo Gallegos, en otra lectura su amigo y compañero de luchas políticas, intento que le lleva a incluir en la segunda edición de Doña Bárbara, editada el año 1930, un importante “Vocabulario de venezolanismos que no figuran en los últimos diccionarios de la lengua española” (vulgarización del título original de este texto) en el que entiende la necesidad de asociar al cuerpo narrativo de su novela una explicación de naturaleza léxica y una pieza de rango lexicográfico.

El texto de Andrés Eloy Blanco se instala en el primer trayecto moderno en la historia de la relación de la literatura con la lexicografía y nos ofrece un repertorio que, más allá de lo escueto, quiere ser indicador de necesidades decodificadoras de la poesía en su elemento lingüístico referencial (la comprensión del estrato simbólico ya supone otras virtudes). La edición que María Di Mase hace de uno de sus más celebérrimos poemas junto a otros textos, titulada Angelitos negros y otros cantares, en 1983, consigna un “Breve vocabulario criollo”; esta vez acometido por la propia editorial.

Creo que carecemos aún de una evaluación sobre su significación lo suficientemente distanciada de lo político y de lo afectivo para entender cabalmente la posición que ocupa la figura de Andrés Eloy Blanco en el panorama de la literatura y poesía del país. Esto que digo podría parecer raro si pensamos que se trata de un escritor que ha motivado un conjunto bastante rico de bibliografía crítica (pensemos en los cinco volúmenes compilados por Efraín Subero y que se titulan: Andrés Eloy Blanco: Valoración múltiple, 1998; una suma con lo mejor sobre la recepción de su trabajo de escritor).

Quisiera terminar recordando unos magníficos versos que el poeta le dijera al poeta mexicano Enrique González Martínez, en un soneto que escribe en el momento de la muerte del amigo, el mes de febrero de 1952, y que nos ha recordado el refinado maestro Pastori; Luis de Andrés Eloy:

“Se acaba el pan del alma compañero.

El pan mejor del mundo peregrino:

Me dicen los amigos del molino

Que acaba de morir el molinero.

Enrique, el grande, ha muerto. El campesino,

Que lo quiso llorar, dijo al obrero:

—No hay que llorar la muerte de un viajero.

Hay que llorar la muerte de un camino”.

Está claro, entonces, que seguimos llorando desde hace sesenta años la muerte de un camino y no la de un viajero; la muerte de un camino llamado Andrés Eloy Blanco.