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Gustavo Roosen

Andrés Bello siglo XXI

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“Andrés Bello” es el nombre escogido por The Economist para encabezar en sus páginas semanales una nueva columna dedicada a temas de América Latina. La primera entrega se ocupa de traer al presente lecciones inspiradas en la figura de Bello, en su pensamiento y acción.

La decisión del semanario británico –fundado en el lejano 1843– es, desde luego, un homenaje al hombre de letras, al diplomático, al maestro del Derecho, pero, además y sobre todo, un recurso para poner el acento en valores cuya vigencia u olvido terminarán por marcar el destino de nuestros países. Bello, en efecto, representa el civilismo, la condición de ciudadano, la educación, la legalidad, el respeto de los derechos, la apertura y la libertad, valores hoy desestimados en la práctica.

El análisis del The Ecomomist –prueba de un renovado interés por América Latina y de la importancia atribuida a la región en el contexto mundial– llama la atención sobre la necesidad de dar contenido y estructuras pragmáticas a las frecuentes declaraciones de unidad regional, pero urge especialmente a ocuparse de la educación, a promover la productividad y la competividad y a garantizar el imperio de la ley como camino para combatir la violencia que amenaza la calidad de vida de los latinoamericanos.

No sobra recordarlo. Al contrario, es imperativo hacerlo precisamente ahora cuando, como recuerda la publicación británica, la región se enfrenta a nuevos retos de crecimiento y a nuevas oportunidades, cuando deja de ser suficiente la condición de exportador de materias primas, cuando el comercio reclama alianzas eficaces que superen el simple discurso nacionalista, cuando ha quedado a la vista el fracaso de ideologías y políticas estatistas o populistas.

La lección resulta especialmente pertinente para Venezuela. No hay día en el que no se levanten voces de alarma advirtiendo sobre la profundidad del deterioro de la economía y sobre las consecuencias para la vida de la población y la construcción del futuro. La intensidad de la preocupación crece, sin embargo, cuando lo que se describe es el deterioro de las instituciones, la vulneración casi sistemática de los derechos, la imposición de la anarquía, la desvalorización de la verdad y de la palabra empeñada, la invasión en casi todos los ámbitos de una cultura ajena a los valores del trabajo, del esfuerzo, de la honestidad, del profesionalismo, de la responsabilidad.

Desde una posición optimista es posible coincidir en la posibilidad de emprender, con mucho esfuerzo pero con éxito, un proceso de recuperación económica. Complejo, pero posible. Más complejo, sin embargo, más largo y más exigente se advierte el imprescindible proceso de recuperación de los valores, el desarrollo de una cultura de respeto por las personas y las leyes, de compromiso con el bien hacer y la construcción del bien común. No se trata ya solo de índices macroeconómicos, sino de conductas: la del ciudadano, de la autoridad, del trabajador, del empresario, del comerciante, del político, del líder. Este necesario proceso de recuperación toca el ámbito de la persona, de la familia, del negocio, de las instituciones, de las relaciones interpersonales. Por eso es difícil. Implica revertir una cultura de la dependencia, de la desidia frente a lo colectivo, del vivismo y del aprovechado, de las cosas a medias, de la dádiva o del menor esfuerzo, del abuso y la impunidad, una cultura pendiente de la renta o de la generosidad de la naturaleza. No hay fórmula de política económica capaz de impulsar una recuperación sostenible sin un gran esfuerzo paralelo –más exigente y de más largo plazo– de recuperación de valores y de ejercicio responsable de ciudadanía.

Para América Latina como sugiere The Economist, y muy particularmente para Venezuela, es el momento de buscar inspiración en personajes como Andrés Bello, el Bello de dimensión internacional, pensador, propulsor de la educación, estudioso del Derecho y defensor de los derechos. Son personajes con voz propia, también en el siglo XXI.