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Pedro Conde Regardiz

Se fue André Glucksmann

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Cuando ganó Carlos Andrés Pérez por primera vez me preguntaron en AD qué quería hacer, contesté que deseaba viajar a Francia para estudiar un enfoque más social de la economía dada mi formación en Estados Unidos extremadamente matemática, al par que estudiaría la Geopolítica del Petróleo. Al día siguiente fuimos a visitar al canciller del momento, pero como se demoraba el nombramiento hablé con el Dr. Jaime Lusinchi, entonces jefe de la fracción parlamentaria, a quien conocía desde cuando era adjunto a César Rondón Lovera en la Secretaría de Asuntos Internacionales, y quien me había solicitado algunas opiniones económicas acerca de proyectos de leyes en discusión en la Cámara de Diputados. Me nombraron consejero económico en Francia, a donde viajé el 1º de julio de 1974. Muchos compañeros de entonces me decían: ¡Cómo te vas a ir si la ‘pomada’ está aquí!”. Respondía que no me interesaba la “pomada” ni la “mascada”, como siempre ha sido, que deseaba seguir estudiando, prepararme mejor y contribuir al desarrollo del país. El horario de la embajada era hasta las 2:00 pm, el tiempo restante asistía a seminarios y estudiaba francés.

A los pocos meses de haber llegado y comenzado mis actividades, todo iba bien en el mejor de los mundos filosóficos posibles, el existencialismo había tomado su lugar en el panteón de las ideas, el estructuralismo después de un combate homérico había terminado por imponerse, Lacan reinaba en su corte y Deleuze proponía recetas en Vincennes. Cuando, una bella mañana de 1976, un golpe de címbalos, platillos, tan inesperado que vino a lanzar perturbaciones generales en los cenáculos. Bernard-Henry Levy, en un dossier en Nouvelles Littéraires, anunciaba la irrupción de un “auténtico relevo en el mundo del pensamiento” y se ponían en igualdad de condiciones con los mayores, con audacia osó llamarlos “los nuevos filósofos”. Tenían por nombres: André Glucksmann, Jean-Marie Benoist, Jean-Paul Dollé, Phillippe Nemo, Christian Jambet, Guy Lardreu, Michel Guérin y Françoise Levy. Ninguno era totalmente desconocido, todos habían al menos publicado un libro. Hice una hemeroteca de tan interesante debate máxime cuando uno anda buscando nuevas ideas y está imbuido del “virus” político.

Rápidamente, la prensa y la “intelligentsia” se interrogaron sobre la propuesta. ¿Quiénes son estos recién llegados? ¿Jóvenes oráculos, impostores, nuevos gurús, cristo-mao-izquierdistas? Pero, para comprenderlos, sus trayectorias, había que remontarse al bello mes de mayo de 1968. O bien, como hizo Pierre Vianson-Ponté, que vio diseñarse “una nueva generación perdida”, había que partir de la guerra de Argelia “con sus excesos, su insensatez, y, sobre todo, con la tortura, de su final, cuando apareció el maoísmo, el neo-anarquismo y los “situacionistas”. Después viene el gauchisme, izquierdismo, y su corolario, la apoteosis de mayo 68, la explosión, la fiebre y la fiesta. La mayoría cree en este movimiento y participan: Jean-Paul Dollé, por ejemplo, abandona sus amigos prochinos (después de haber roto algunos años antes con los comunistas) para lanzarse a cuerpo entero en el remolino social. Recibieron una ducha fría: “las elecciones-traición”, cae el telón sobre la fiesta inacabada. La revolución no tuvo lugar. Una vez más. Pero quedaba China, prueba viviente y fascinante para algunos de que la esperanza es todavía posible. Se teoriza aún más, y cuando se tenía la fe, como Christian Jambet y Guy Lardreu, se visitaban las fábricas, donde terminaría por realizarse esta revolución tan deseada.

En efecto, el verdadero mayo 68 es el después de mayo: cinco años durante los cuales las ilusiones van desapareciendo mientras que la locomotora marxista va dejando vagones, uno después de otro. Althuser, Garaudy, la esperanza de la disidencia sin mañana, De pronto en este convoy no queda sino Marx que todavía no ha sido enviado al cesto de la basura, a pesar de un profético anuncio de Jean-Marie Benoist, en 1970, Marx est mort, Marx murió.

La esperanza en “la gran revolución china” decayó al mismo tiempo. Los ídolos se desmoronan uno detrás de los otros. Sobreviene entonces una terrible duda, próxima de la desesperanza: ¿Será necesario quemar todo aquello que hemos admirado? Hubo quienes se suicidaron y quienes en su mayoría se resignaron; Hubo quienes trataron de evadir esta sociedad normalizadora mediante la “liberación del deseo”, de la cual Deleuze y Guatari se hicieron teóricos. También hubo un grupito, de radicales, que con la cabeza baja se dedicaron a retornar a las fuentes, a las raíces. Rechazaron la filosofía política, partera, decían, del Goulag, se declararon metafísicos y resucitaron problemáticas que uno había creído conservadas en el museo de los errores y de la ideología.

El dossier de Nouvelles Littéraires había constituido, en 1976, la partida de nacimiento de la “nueva filosofía”; ella debió esperar, sin embargo, el comienzo de 1977 para separarse definitivamente del círculo de los iniciados  con la publicación de libros de André Glucksmann y Bernard-Henri Levy.

Precisamente, en la noche del 9 al 10 de noviembre falleció André Glucksmann, en París, a los 78 años, rodeado de su esposa Fanfan su hijo Raphael, infatigable militante como él, y un gran amigo Roman Goupil. Fue en realidad un pivote, como jefe de los “nuevos filósofos”, entre dos generaciones de pensadores, de Sartre, Aron y Foucault a los nouveau philosophes, desenmascaró los totalitarismos después que rompió con el maoísmo, alegó por el intervencionismo a toda costa para defender los derechos humanos, filósofo de la indignación, siempre colérico con la sociedad y el mundo injustos, desiguales. Formó un grupo de ruptura con el marxismo.

Creció en un medio judío de Europa central y oriental. Sus padres, venidos de Palestina, pasan a la internacional comunista y se refugian en Francia a partir de 1933. Durante la ocupación nazi, André corrió la suerte de los niños escondidos.

 Mientras que su padre murió al comienzo de la guerra, su madre se inmiscuyó en la Resistencia. Después de la guerra estudió filosofía, devino asistente de Raymond Aron y se dedicó a los problemas geopolíticos, sobre todo, a la filosofía de la disuasión. De ahí su primer libro: Le Discours de la Guerre.

En el gran salón de su apartamento burgeois situado en el antiguo barrio de los comerciantes de pieles, rue du Faubourg-Poissonnière, en París, residieron todo tipo de exiliados, refugiados provenientes de los lados del totalitarismo, dormían en colchones.

Nos dejó un titán de las ideas y de las luchas por un mundo mejor. Lo admiré, máxime cuando una vez en 1985 vi una entrevista suya por la televisión alemana expresando perfectamente sus ideas en alemán, idioma, dicen, fundamental para filosofar, junto al griego.

Qué lástima, lamentable, que mientras en los países cultos, herederos de la cultura greco-latina, esto es, la occidental, se rompió con el anticuado marxismo, aquí, hundidos en el atraso, se pretende revivir un anacronismo como motivación ideológica de las acciones gubernamentales. En realidad, no tienen nada que ver. Cuando uno oía a Chávez  vociferando arcaísmos que tal vez no entendía quería imbuirlo un poco de racionalidad y modernidad. Ahora es peor con Maduro. ¿Y ese anticuario  de frases dispares, incoherentes, es realmente para desarrollar al país o pretexto para fines inconfesables? Ahora parece que nos tocará oír también los retumbes de otra campana ya corroída. Y así se derrumba la nación. ¡Qué impotencia y desesperanza!