• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Rodolfo Izaguirre

¡Andar de incógnito!

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Invitada por un grupo de danza, acompañé a Belén con la promesa de que dijera a la directora de Cultura en aquella capital de provincia que yo estaría de incógnito, es decir que no estaría allí. Fue lo primero que hizo Belén al presentarme a la directora. Un grave error porque viajar de incógnito constituye un enorme privilegio reservado también a mujeres cultas y principales, y la fatua directora de Cultura presumía de serlo.

La mujer, al verme, se emocionó al reafirmar que viajar con discreción es actitud elegante propia de las altas personalidades que pasan de incógnito por el mundo. De manera que a los que encontraba en el camino decía: ¡Vengan, vengan para que conozcan al doctor Izaguirre! Y bajando la voz, como si personificara en el teatro a algún conspirador de impermeable y gastado sombrero hasta los ojos, agregaba en susurro: ¡Él está de incógnito! Me hizo recordar a los hombres de La Secreta, la policía política en tiempos de mi infancia, cuyos nombres se conocían en toda Caracas: “Allí va Colmenares, tú sabes, ¡el de la Secreta! Y recordé también a  Salazar, el célebre espía del cuento margariteño. Terminé sintiéndome Elizabeth Taylor, con la pequeña diferencia de que cuando Liz viajaba de incógnito creía no llamar la atención envuelta, como andaba, en un poderoso abrigo de visón, lentes oscuros de diseño espectacular, dieciséis maletas, catorce perros, siete médicos y ocho guardaespaldas.
Aquella iletrada directora de Cultura y Deporte, cuya mayor calificación era la de ser militante activa del partido en el Gobierno, acabó amargándome el alma, mientras Belén se ocupaba de la danza y tomaba nota de las precariedades con las que trabajaban el coreógrafo y los bailarines. No me resulta difícil sintetizar la concepción que de la cultura esbozaba y sostenía la directora: “Me encanta conocer artistas e intelectuales”, confesó mientras mostraba las instalaciones igualmente precarias de la Casa de la Cultura. “¡Son encantadores! ¡Ellos se conforman con tan poco: una flor, una sonrisa¡”. Al decirlo, hizo un gesto que mostró una profusión de costosos anillos y pulseras de fantasía. Vi que disfrutaba enormemente mientras ordenaba en su memoria los nombres y rostros que integraban su colección de artistas e intelectuales: ¡sus codiciados trofeos! Aproveché para decirle que ellos también sabrían apreciar con agrado y amplia sonrisa algún cheque por sus honorarios, pero vi que se eclipsaba de inmediato el brillo alegre de su mirada y cambió la conversación para opinar sobre el cine venezolano y las películas que había alcanzado a ver: “Está bien que muestren los ranchos. ¡Qué le vamos a hacer! Pero al menos podían barrrerlos un poco, hacer que se vean más presentables. Imagínese, doctor, lo mal que quedamos en el exterior cada vez que aparecen esos ranchos!”.

Cerré los ojos y sentí, aliviado, que la directora, dando alaridos, caía al mar desde algún risco, pero cuando los abrí la aplastaba, en cambio, una avioneta desplomada desde el cielo. Me habría gustado pasar realmente de incógnito, como Dilma Rousseff en motocicleta por Río de Janeiro o como acostumbraba hacerlo el rey de España –mucho antes del safari y los elefantes– cada vez que escapaba de su mujer –¡y de las hijas! – sólo por el placer de manejar de noche su automóvil por las calles del Madrid de los Austria; ser Liz Taylor con sus perros y guardaespaldas; ser yo el “otro” como aspiraba Rimbaud para no tener que soportar las burocráticas banalidades de aquella inculta mujer de la cultura. Hice entonces dos juramentos que he logrado mantener: no viajar nunca más “de incógnito” y no volver a ver a aquella mujer ¡por el resto de mi vida!.