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Francisco Javier Pérez

Anagnórisis

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Para Mariano Nava Contreras

Aristóteles había inventado el término para entender la tragedia. El género buscaba mostrar modos nuevos de explicar desde el teatro la conducta humana, enfrentándolo al arte de narrar (ese que comenzó a llamarse épica, quizá porque se solazaba más en la cosa divina de hombres que querían ser dioses que en la cosa humana de dioses que querían ser hombres). Escribe la Poética para describir las maneras de hacer literatura. La epopeya lo fue desde el tiempo griego más remoto y nació para explicar la guerra de Troya y la peripecia cumplida por sus héroes (Hesíodo, el poeta que enseña, cultivó otro talante). La tragedia encerraría la literatura de su propio tiempo, cumbre y decadencia en las manos humanas de su amigo Eurípides. Sin embargo, latían todavía y con ritmo acelerado los corazones de Esquilo y de Sófocles, los padres de la criatura, a quienes Aristóteles admira y quiere. Había que desenredar la peripecia de los grandes hombres; catástrofe y catarsis, como las dos caras de la moneda humana. Ethos enfrentado en la constitución del héroe y en su rapto con el mundo. Lo personal y lo social confrontados en vicios y virtudes que la mímesis aclamaría. Falla del titán heroico cuando no se compagina con el carácter de su pueblo; harmatia, la llama Aristóteles y deja con ella asentado el rasgo que hará sucumbir al héroe de la tragedia y que era desconocido por la epopeya, en donde todo comportamiento, por sanguinario que fuera, tenía justificación (cuánto sacrificio en Héctor y en Patroclo). En la tragedia no ocurre lo mismo y por ello el género ha tenido larga viva y se sigue cultivando casi en su forma helena; la más perfecta de las criaturas literarias en el decir de Alfonso Reyes.    

Cuando Sófocles escribe la tragedia del rey Edipo nace el llamado ciclo de la culpa, la acción y la reacción conductuales más poderosas para entender lo que hacen los hombres y las consecuencias que padecen por lo que hacen. Todo el teatro (y el cine, claro), llámese como se llame y trate de lo que trate, se protege tras la culpa de sus héroes y procede por ello a vigilarlos y a castigarlos. El triunfante Edipo sucumbe a su insoportable orgullo y éste le hace dañar a sus progenitores: asesinando a uno y fornicando con otro (formas de muerte en ambos casos). Ninguna advertencia le es suficiente, pues las desoye con petulante sarcasmo una y otra vez. Las pruebas materiales de la catástrofe son evidentes, pero no quiere verlas. Los indicios de su agonía son más que claros, pero no está dispuesto a ceder; pues el triunfante rey es perfecto y todas las verdades le pertenecen. Hasta aquí Edipo es el modelo de los gobernantes comunes que en la historia han sido; seres minúsculos enfermos de poder. Sin embargo, Edipo se elevará por encima de todos y se hará símbolo de los grandes conductores de los destinos humanos cuando entiende su culpabilidad y cuando reconoce su culpa. Hemos llegado al reino de la anagnórisis. Nada lo salvará del castigo divino que sus actos merecen, pero queda dignificado por los hombres al reconocer sus fallas. No conocerá todavía el perdón, pues éste llega más tarde con el cristianismo.

Todo gobernante para ser vindicado tendrá que transitar el infierno de la anagnórisis; asunto de hombres que saben evaluar sus caídas y excusar sus malas acciones. Esto, por supuesto, si pretende perdurar en la historia grande y no en la inclemente recordación de los caudillos ínfimos.