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Mirla Alcibíades

Ana Yépez. periodista marabina del siglo XIX

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El año de 1897 tiene enorme significación para el desempeño intelectual de la región zuliana. Sucedió de esa manera porque el 22 de abril hizo aparición en Maracaibo una revista que se presentó con el nombre de Alondras. No habría llamado mayormente la atención un impreso de esas características en esta parte de la geografía venezolana –habituada a maravillarse con el frecuente surgimiento de papeles periódicos que atrapaban, precisamente, por el atractivo de su oferta lectora– a no ser por un hecho fundamental. Lo particular de esta nueva propuesta es que al frente de ella se encontraba una mujer. No era una mujer cualquiera. Lejos de la multitud anodina, ella, por el contrario, era una de las descendientes del conocido –y justamente alabado– hijo del estado Zulia: José Ramón Yépez. De ahí que, muy probablemente, tampoco habrá sorprendido a muchos el saber que al frente de la redacción de Alondras se encontraba la escritora Ana Yépez. Después de todo, pensarían, la hija estaba haciendo honor al padre. Con su iniciativa estaba demostrando que provenía de un hogar donde el cultivo del intelecto y del espíritu era tan necesario como el dar alimento al cuerpo.

Quizás el haber continuado la tradición poética de la familia con marcada determinación y logros, explica el perfil que quiso para la revista que lanzó al consumo público. Es decir, optó por una revista literaria y no pedagógica (como había muchas), por cuanto ella era docente. La orientación temática por la que apostó fue atinada, pues logró que esas páginas fueran, de inmediato, bien recibidas.

Sin dudas, la marabina suma logros en su publicación: En primer lugar, porque no cultiva el discurso tan frecuente en el periodismo femenino, aquel que  llevó a las escritoras a defender el derecho a escribir y publicar. Muchas veces, esa defensa que las venezolanas hacían de su incursión en la escritura estaba en el límite de la autojustificación. Tal vez en la idea de evitar ese riesgo, Ana Yépez no incorpora en Alondras esas argumentaciones. Más bien, opta por ejecutar lo que otras reclamaban; o sea, ella ejerce lo que juzga legítimo: escribe y publica.

En segundo lugar, tampoco se entrampa en el debate referido al papel de la mujer en la sociedad: no aboga a favor del estudio femenino y, menos, que toca a las féminas ser cabeza de hogar. Por el contrario, prefiere alejarse de esa discusión que, muy probablemente, consideraría cosa inútil, para hacer lo que sabía: pensar y producir. De esa manera no vemos en ella una marcación del espacio masculino y femenino en términos declarativos (o sea, no hay discursos que alienten esa polémica), por el contrario, opta por una convivencia intelectual, en búsqueda de coexistencia en términos armónicos.

Y es que, en su quehacer periodístico, tiene un problema por resolver: cómo hacer para mantener viva una revista cuando la experiencia demostraba que muchas sucumbían al poco tiempo de existencia. Para lograrlo, echa mano de su intrincado tejido de relaciones intelectuales. Cuando tomamos en cuenta este fenómeno, no podemos sino asegurarnos del alto poder de convocatoria que cultivaba esta dama marabina entre los escritores de literatura (hombres y mujeres) de su tiempo.

Si aguzamos la mirada, pronto advertiremos que se trata de nombres que son referencia obligada en el ámbito nacional. Entre estos se cuentan: Polita de Lima y Carmen Brigé, desde Coro; Santiago González Guinán, desde Valencia; Ermenildo Rivodó, Diego Jugo Ramírez, Samuel Darío Maldonado, Leopoldo Torres Abandero, desde Caracas. Son firmas que aparecen porque escribían expresamente para Alondras.

Parecería inútil tener que recordar que esos contactos sólo podían lograrse y mantenerse a través de una continua comunicación epistolar. Pero también (y aquí reside otro de sus logros) es patente la aguda mirada que tuvo para reproducir el trabajo de intelectuales procedentes de la geografía continental. Son figuras que, para el momento y hasta el presente, forman parte del catálogo obligado en sus respectivos países de origen. En ese grupo se cuentan la poeta, cuentista, periodista y ensayista cubana Aurelia Castillo de González; los peruanos Clemente Althaus y José Pardo y Aliaga; el mexicano Luis Urbina; los colombianos Jorge Isaacs y Josefa Andrade Berti, etc.

Desde el punto de vista laboral, es incuestionable todo el esfuerzo que concentró en esos pocos meses que sostuvo la revista Alondras en 1897 (Nº 1, abril 22-Nº 14, diciembre 31). No olvidemos que se mantenía como preceptora de un colegio de niñas y que la actividad docente –como reconocían todos– era tremendamente demandante.

Muchas publicaciones periódicas de entonces habían fracasado ante el avance arrollador de las exigencias económicas y Alondras no fue la excepción. No hubo, como practicaron otros materiales hemerográficos del siglo, palabras de despedida. Simplemente dejó de salir.

Probablemente los escépticos de hoy se inclinen a pensar que esos pocos títulos hemerográficos divulgados por voluntad de venezolanas, tienen una importancia poco menos que nula. A esos incrédulos detendré con un argumento que trataré de expresar del modo más conciso posible: asistimos al surgimiento de un fenómeno con características continentales y, sólo en la medida en que destaquemos ese carácter supranacional, advertiremos que estamos asistiendo a una manifestación cultural que, en perspectiva nacional, está en fase de definición. Habrá que esperar hasta el siglo XX para que la presencia de mujeres en el periodismo venezolano sea inocultable y, desde luego, determinante.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com