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Claudio Nazoa

Amo a Nicolás Maduro

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Nicolás Maduro es, por no decir el mejor, uno de los más inteligentes y preparados estadistas que ha tenido Venezuela.

La derecha fascista hostiga a nuestro amado presidente, quien, como respuesta inteligente y revolucionaria, sigue adelante a pesar de la guerra económica, los intentos de magnicidio, la guerra alimentaria y la guerra más terrible de todas: la del desalmado imperio norteamericano.

Nuestro valiente presidente, en el pasillo de un hotel de Panamá, arrecho, le reclamó a Obama por la intervención de Estados Unidos en los asuntos internos de Venezuela. Barack se puso blaaannnco y tembloroso, aseveró:

—Chico... viéndote bien, tú no puedes ser una amenaza.

A lo que Nicolás, dijo:

—Eso es lo que yo digo...

Mientras Maduro se juega el pellejo en defensa de nuestro país, los fascistas de oposición insinúan que el gobierno venezolano fletó, para la reunión de Panamá, aviones llenos de seguidores a quienes les pagaron 500 dólares, hotel y comida. Después dicen que no hay una guerra mediática dirigida por El Nacional, Tal Cual, El Nuevo País, La Patilla y por 120 diarios más en el mundo. No entiendo cómo apátridas fascistas pueden negar los logros de la revolución: disminución del delito y el obvio abastecimiento de medicinas y de alimentos de primera necesidad.

Hay que ser bien cínico para no aceptar que en el hospital de niños de Caracas, sus médicos, con suficiente dotación, trabajan a full capacidad. Hay que ser bien malintencionado para inventar que en los semáforos hay indígenas pidiendo limosna.

Amo a Nicolás Maduro por construir el tren que ya casi vemos en la Autopista Regional del Centro y que algún día llegará a Puerto Cabello. Lo amo por poner en marcha la producción de acero y de aluminio en Venezuela, y porque las fábricas de cemento que expropió el gobierno ahora sí funcionan a plena capacidad. Eso no lo dicen los medios de derecha.

Qué difamadores son los apátridas que afirman que por culpa de nuestro querido líder no hay papel tualé, café, azúcar, leche, lavaplatos, pañales, jabón, aceite, mantequilla, pastillas anticonceptivas, agua mineral, medicinas e inyectadoras.

Amado presidente, haga caso, pero omiso a los inescrupulosos ataques del fascismo mundial. No claudique como lo hizo su ídolo Raúl Castro. Recuerde que usted, por ahora, es la esperanza de él. Presidente, increíblemente, usted ha logrado superar a nuestro comandante eterno.

Nadie, jamás, hará lo que usted ha hecho con Venezuela. Por eso lo amo.