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Eduardo Mayobre

La democracia en América

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En 1831 Alexis de Tocqueville viajó a Estados Unidos y a su regreso escribió el clásico libro La democracia en América que recogía la experiencia norteamericana. Poco antes el filósofo Hegel había dicho: “Al comparar América del Sur con América del Norte observamos un contraste asombroso. En Norteamérica somos testigos de una situación próspera (…). En Suramérica, por el contrario, las repúblicas dependen sólo de la fuerza militar, toda su historia es una revolución continua”.

Hoy nos vamos a referir a la democracia en América Latina y en Venezuela, particularmente durante el último medio siglo. Los primeros 150 años después de la Independencia, los países de hispanoamericanos combinaron la imposición de la fuerza militar con intentos por establecer regímenes democráticos. En la mayoría de las naciones, incluida la nuestra, predominaron las dictaduras o la anarquía. En algunas pocas pudieron madurar las instituciones republicanas.

En los últimos 50 años nuestro país es uno de los poquísimos de América Latina que ha tenido una experiencia democrática continua. El pueblo ha podido elegir con libertad sus gobernantes y, comparativamente, se han respetado los derechos humanos, con independencia de los errores que se hayan cometido. En eso se distinguió de los otros países del continente. Con la excepción de Costa Rica, Colombia y México todos los países de la región debieron padecer gobiernos autoritarios o francamente totalitarios, la mayoría militares. Por ello da vergüenza que ahora el Gobierno nacional se vea en la obligación de intentar certificar que la democracia no ha desaparecido entre nosotros.

La experiencia democrática venezolana, incluido el ejercicio de la labor opositora y la crítica a los errores del Gobierno, no puede borrarse con golpes de Estado o represión policial como se hizo en muchos países del continente en la segunda mitad del siglo pasado. La democracia, por más que se encuentre quebrantada, constituye un activo importante de nuestra manera de vivir y devenir político. El pueblo la conoce y no resulta fácil engañarlo. Gracias a ella los votantes del pasado 14 de abril pudieron detectar y derrotar las maquinaciones mediáticas y desfachatadas del Gobierno para mantenerse en el poder, importadas de otras latitudes.

Los países que descubrieron o recuperaron la democracia en las dos últimas décadas del siglo XX en algunos casos se han dedicado a cuidarla, porque tienen muy cerca el recuerdo del militarismo y el autoritarismo, y en otros han debido defenderse de diversos intentos de manipularla y deformarla para dar paso a nuevos personalismos.

Con el objeto de evitar la repetición de los totalitarismos, primero militares y luego disfrazados de demócratas, como los casos de Fujimori y Menem, las instituciones colectivas de la región, empezando por Mercosur, introdujeron cláusulas democráticas que ahora el recién estrenado Gobierno intenta lograr que no le sean aplicadas a nuestro país.

Así se explica el viaje de Maduro al Cono Sur con el objeto de justificar la dudosa legitimidad de un régimen cuestionado, que primero había aceptado una auditoría electoral, después la había negado, luego la había prometido ante los colegas mandatarios de América del Sur y finalmente la desnaturalizó, acompañándola de actos de violencia muy poco democráticos.

Hace poco más de medio siglo, Venezuela pudo superar un pasado de dictaduras militares mediante la incorporación de las masas a la vida política y el respeto a las reglas de convivencia. Hoy el continente y el mundo se preguntan si acaso ese logro se ha perdido. Y obligan a dar explicaciones. Tenemos la ventaja de que, a pesar de que en lo institucional la duda parece razonable, en el fondo del alma popular el espíritu democrático aún no se ha perdido, como se hizo evidente el pasado 14 de abril. La propaganda desmedida, las amenazas, el abuso, las máquinas electrónicas y las dádivas a los países vecinos no han podido anular la esperanza de que un día la concordia, el reconocimiento mutuo y la justicia social reinen entre nosotros.

En El laberinto de la soledad escribió Octavio Paz: “Quien ha visto la esperanza no la olvida, la busca bajo todos los cielos y entre todos los hombres. Y sueña que un día va a encontrarla de nuevo, no sabe dónde, acaso entre los suyos”. Si cambiamos la palabra esperanza por la palabra democracia, tenemos el caso de Venezuela.

Quien ha visto la esperanza, como quien ha vivido la democracia, no la olvida. Y la esperanza ha vuelto a instalarse entre nosotros. Sólo queda hacerla realidad. Y aspirar a que las libertades, el progreso y el derecho de participar no sean de nuevo conculcados en nuestro país y nuestra América.