• Caracas (Venezuela)

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A tres manos por Alex Fergusson

Ambiente, economía y política

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La utopía liberal de un desarrollo indetenible de las fuerzas productivas, junto con un crecimiento ascendente de la libertad, la igualdad, la justicia y el bienestar, ha sido desmentida. El fracaso del capitalismo triunfalista que se inaugura con la revolución industrial, así como el del modelo, presumiblemente alterno, del socialismo de tipo soviético, ha puesto en evidencia la ausencia de una correlación fuerte entre “crecimiento económico” y “justicia social”; entre “riqueza”, medida estadísticamente y “libertad” de la gente; entre “acumulación” y “bienestar social”; entre “políticas económicas” y “calidad de vida”.

En esta utopía, “la naturaleza” se nos presentó como “lo otro” de la sociedad: ese espacio salvaje (extraño, potencialmente peligroso), que debe ser domesticado; reservorio infinito de recursos (bienes aprovechables), depósito gigantesco de desperdicios y ámbito de “fuerzas ciegas” que el hombre debe controlar.

Esta “visión instrumental” de la naturaleza, a pesar de su evidente fracaso, sigue presente en todos los modelos ideológicos y económico-políticos y en las teorías sociales, así como en las prácticas concretas desplegadas durante estos tres siglos, en la mayor parte del planeta.

En todo caso, hoy sabemos que transitar el camino hacia un nuevo modo de vivir exigirá, en el orden práctico acciones en relación con:

  • La planificación y el diseño de políticas para la evaluación y el mejoramiento de la calidad ambiental.
  • La educación para la participación de las comunidades en la toma de decisiones sobre la conservación de la biodiversidad.
  • El manejo de los ecosistemas y de los impactos humanos sobre ellos.
  • El manejo de la información.
  • El desarrollo de la capacidad humana para el manejo de los recursos y, finalmente:
  • El fortalecimiento o la creación de instituciones capaces de apoyar y ejecutar estas acciones.

Aquí, la redefinición de la relación sociedad-ambiente surge entonces como una necesidad impostergable, pero por la cual seguimos esperando.

Ello requiere, también, un nuevo modo de vida, en el que sea viable articular correctamente los objetivos de la conservación y las restricciones de la naturaleza con los objetivos de la sociedad (¿Cuál sociedad? ¿Cuáles objetivos?).

Hoy más que nunca estamos obligados, desde la academia, a contribuir con la definición y desarrollo de una gestión ambiental tanto del gobierno como de la misma sociedad, dirigida a poner en práctica una nueva ética  económico-ambiental que nos oriente el rumbo hacia una sociedad  que pueda sostenerse indefinidamente, y que permita concebir la existencia humana enmarcada dentro de una relación dinámica  con  la naturaleza, al mismo tiempo que nos permita utilizar sus potencialidades y recursos e intervenir, dirigir u orientar sus procesos, de tal manera que no se vulnere su capacidad productiva y autorreguladora, y, por ende, evolutiva.

No obstante, esa posibilidad solo puede concretarse en la medida en que seamos capaces de incorporar los principios generados por las ciencias ambientales, como uno de los elementos pilares de la planificación del desarrollo social y económico, partiendo de una evaluación global de las necesidades materiales y socio-culturales de la población; de los componentes bióticos utilizables para la satisfacción de tales necesidades; de la ubicación espacio-temporal de esos componentes y, finalmente, de los medios tecnológicos que se utilizarán para su explotación, especialmente si se toma en cuenta que el bienestar de la sociedad venezolana depende del mantenimiento de la integridad de ambientes tropicales caracterizados  por su  fragilidad ecológica.

Es con base en estos planteamientos y criterios que se debe incluir el componente ambiental dentro de la política educativa y académica de la universidad y, por cierto, de todo el país, no como un punto dentro de una postura a corto plazo, sino como plataforma sobre la cual diseñar una estrategia educativa renovadora en la formación y desarrollo del talento humano de modo de facilitar la integración de fuerzas para la gigantesca tarea de reconstruir la sociedad venezolana.

La naturaleza y magnitud de la actual crisis imponen la responsabilidad impostergable de contribuir al diseño de un nuevo modelo de desarrollo económico para nuestros países, basado en una relación armónica entre la sociedad y su entorno ambiental, y dirigido al logro del bienestar colectivo y no a la acumulación de bienes y privilegios en manos de pocos.

Se trata, pues, en síntesis, de promover desde el sistema educativo un compromiso profundo y generalizado, una visión compartida con una nueva ética: la ética para vivir de una manera sustentable que permita a las mayorías disfrutar de una vida prolongada, saludable física y mentalmente, y espiritualmente satisfactoria, es decir, ¡vivir bien!