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Itxu Díaz

Amar al perro

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Los animales están bien. Y están especialmente bien a la plancha con salsa picante. Antes de escribir estas líneas he estado hablando con Tobi. Lo tiene claro. Dice que todo le parece slurp slurp. Lo que en lenguaje canino significa galleta. Por tanto, todo le parece galleta. Me interesa que este concepto quede muy claro, porque compromete seriamente la racionalidad que los dueños de canes suelen suponer a sus bichos. Galleta no es un concepto filosófico serio. Galleta no es un argumento. Con galleta no se puede discutir. 

Escribo, quede constancia, sumido en el más grande de los dolores. Me cuentan mis confidentes que se ha muerto el perro de Miley Cyrus. No me refiero a su novio, sino al de cuatro patas. Es terrible. Desde lo de Lennon y el agotamiento de la existencias de la "Muerte por chocolate" en el restaurante de anoche, no recuerdo una noticia tan trágica. 

Existen varios grados de tristeza. El más intenso de todos es el de la propia muerte. Esa sensación de ausencia es terrible. Imagino lo que siente el perro de la protagonista de Hannah Montana. Me cuentan que la niña está sumida en una fuerte depresión como consecuencia de la noticia. Mi respeto, mi luto, mi abrazo para ella. Y mi cuenta bancaria si desea hacer alguna donación. 

Abriendo el abanico de la circunstancia, estoy preocupado. Crece en todo el mundo la pasión por las mascotas. Occidente se desmorona porque la gente tiene perros en vez de hijos. En Oriente se los comen. Alguien está haciendo algo mal. Es una anomalía más de un planeta loco de estupidez. No me refiero ahora a tener perros, sino a darles besitos, rascarles la barriga, contarles fracasos sentimentales, y darles las buenas noches. Hemos perdido la conciencia de lo que realmente significa ser hombre, y hemos olvidado también lo que significa ser bicho. Un perro es tan parecido a una hamburguesa con queso como una vaca. Sé que es terrible admitirlo. Pluto no me lo perdonará. 

Lo que diferencia a unos seres vivos de otros son sus inquietudes: el hombre quiere cerveza, el perro quiere levantar la patita junto a un árbol. Ahí se acaban todas sus aspiraciones en esta vida. Y los perros ni siquiera tienen capacidad de creer en una vida eterna. 

A Miley se le escapan todos estos detalles. Su perro ahora no es feliz porque sencillamente no es. Yo mismo he dejado de tener perros porque se mueren. Los amigos también, pero duran más, y no te mordisquean los bajos del pantalón. Al menos, no todos los días. 

El mundo, y particularmente Estados Unidos, sufre una adoración desordenada por los perros. Sólo podría entenderlo como oposición a los gatos, que como bien sabe mi amigo y célebre escritor Alfonso Ussía, son la cosa más hipócrita y peligrosa del universo. No quiero lealtades de perros y gatos. No quiero amistades a las que no se pueda mandar al infierno a través de Whatsapp. 

No crean que todo esto me sitúa en frente de los movimientos ecologistas. Mantengo firmemente mi compromiso con la naturaleza. Por respeto, jamás como lechuga ni fruta. Me parece un atropello, algo inconcebible para un ecologista. O somos o no somos. Pero discrepo de la concepción que muchos tienen sobre los derechos de los animales. Admitiré que una cotorra o un mono tengan sus derechos en el mismo momento en que empiecen a tener obligaciones. Si Tobi bajara la basura y recogiera el lavavajillas yo no estaría escribiendo este artículo. 

Pese a todo, descanse en paz tu perro, Miley. Y además, puedes estar orgullosa. El tuyo es posiblemente el primer perro con obituario en prensa de la historia de la Perrunidad. Guau.