• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Carlos Delgado Flores

Amar al enemigo

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

De todas las enseñanzas de Jesús, la más dura, sin duda, de las que relata el Evangelio según San Mateo en su capítulo 5, es la que está contenida en los versículos 38 al 48 y resumida en el 44: “amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores”. Y esa es, justamente, la base doctrinaria de la diplomacia de la misericordia, que es la de Francisco, el papa.

Este escribidor es de la idea de que pensar la política en todos sus niveles, desde un sujeto histórico situado en el presente, permite trascender los límites ideológicos, disolver los status quo y reinventar las relaciones. En esa perspectiva, ese sujeto histórico es el pecador que se adhiere a la misericordia divina y de ella aprende a perdonar y a amar, para luego dar testimonio: ese es el embajador de Cristo, aquel que como en Mateo 9: versículos 10 al 13 aprende lo que significa “Misericordia quiero y no sacrificios” (con lo cual Jesús, además, se refería a lo dicho por el profeta Oseas)

¿Cómo puede entenderse esta idea, fuera del discurso religioso? Como otra forma de ser sujeto en el presente, distinto al sujeto trascendental (la humanidad) y sus agregados de masas (“el pueblo”), que puede llegar a acuerdos comunes desde sus identidades propias siempre y cuando sea capaz –o le sea reconocida su capacidad– de hacer uso público de la razón. Esto implica, entre otras cosas: a) empleo de buenos argumentos, b) atención al interés común; c) distinguir claramente posiciones de intereses para poder negociar los segundos y preservar los primeros y: d) obrar de buena fe. Este último es un factor crucial, pues los argumentos se pueden mejorar; el interés común puede hacerse común con la deliberación; las posiciones y los intereses se pueden distinguir con buenos argumentos y sentido común, pero tiene que haber confianza en los propósitos del otro y esa confianza se gana, se construye, no se decreta ni se obliga, ni mucho menos se chantajea con ella.

Amar al enemigo implica confiar en él, pero no puede haber confianza si no hay justicia, si no se discierne y se le trae a conciencia aquello que se le va a perdonar. Negociar la paz que dé fin a una guerra –declarada o no– implica reconocer razones de los bandos, sí, pero principalmente, los perjuicios a terceros: la crueldad, el dolor, la miseria, el odio, el miedo, el hambre y la muerte que diezman a la gente común, y que en la neolengua de lo políticamente correcto se suele llamar “daños colaterales”. Implica que restablecer la humanidad en el conflicto sea la primera medida a tomar, y que las razones serán distinguidas de los argumentos ideológicos, como quien distingue una verdad de una falacia.

Misericordia y no sacrificios se pueden traducir, a la hora de pensar en las soluciones a esta pavorosa crisis económica, en subsidiar a la persona y no a los bienes, en auditar con eficacia la caja negra del Estado para armar un sistema eficaz de distribución que incluya contraloría social; en no descartar la gradualidad de los ajustes hasta tanto no se cuente con programas sociales consistentes a implementar más allá de las medidas humanitarias; y en perspectiva de futuro, a cambiar el rentismo y el capitalismo de estado por economías más complejas.

Una política basada en la misericordia es un reto profético para el país y el mundo, puesto que hay una era que denunciar un reino que construir. ¡Para luego es tarde!

 

@cardelf