• Caracas (Venezuela)

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Antonio López Ortega

Amanecer

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Es el premier día de año, luminoso y con pájaros que todavía cantan. Son las 7:00 de la mañana y el hombre recorre la terraza y el jardín. Ve los restos de la fiesta: vasos a medio llenar, botellas vacías, servilletas mojadas por el rocío, sillas húmedas, manteles sucios, colillas de cigarrillo. La celebración de la Noche Vieja ha debido de durar hasta las 3:00 de la madrugada, de manera que sólo ha dormido unas cuatro horas. Y, sin embargo, no se siente cansado, sino animado, como si el nuevo año fuese la promesa de algo. Ha estado rodeado de familiares y amigos, que es lo que uno puede agradecer a estas alturas, y de pronto una ráfaga: ha pensado en su hermano, que ha estado distanciado; ha pensado también en un amigo que tiene en la cárcel, en espera de un juicio que no llega; ha pensado en la hermana que tiene en Estados Unidos, a quien no podrá saludar. La vida se compone de blancos y grises, y los grises abundan hoy como las coquetas que crecen en el jardín. Esta Navidad, por ejemplo, que es un ritual para celebrar la vida, ha estado teñida en la escena pública por voces o noticias mortuorias. En el país que se asoma en las páginas de los periódicos, hay gente que celebra pero hay gente que reza, hay gente que baila pero hay gente en vigilia. Nueva zona gris: donde no abundan los consensos, sino los opuestos, las contradicciones, los sacrificios.

Sigue caminando por la terraza, por el jardín, mientras los pensamientos lo invaden. Hay una escala privada, que esconde alegrías o tristezas, y hay una escala pública, que quisiera reconocer armoniosa, con sentido de futuro. Siente que sus deseos no tienen por qué encarnar en una arcadia, pues ni siquiera en sus edades más remotas percibió que el país le perteneciera del todo: siempre apostaba por más, siempre le exigía más, pero al menos creía que la senda era ascendente. Pero de un tiempo para acá, siente que la hora es la del descenso, la de la regresión, como si sus coetáneos quisieran revisitar el pasado. No se trata de no ponderar (donde las haya) las políticas sociales asertivas ni de desconocer (donde lo haya) el impacto positivo en clases desposeídas, pero se pregunta si la única vía para conseguir estos logros es dividiendo al país, fracturando la convivencia, erigiendo dos tipos de justicia, despreciando a los que no comulgan con un credo político determinado. Es un costo grande –se dice–, porque ponemos en riesgo la misma conformación de la República.

Vivir el país desde la extrañeza parece ser su consigna, pero eso no lo hace ciudadano menor, ni vecino despreciable, ni agente de la antipolítica. Ha participado en todas las causas públicas –desde caminatas hasta concentraciones, desde foros hasta manifiestos–, sin ignorar que seguirá siendo parte de las minorías, pues en estos tiempos las mayorías apuntan hacia diseños que le parecen anacrónicos, errados. Y sin embargo vive, se deja vivir, por otras pasiones: los pensadores que se dedicaron a desentrañar este país, los políticos que entregaron su vida por la democracia, los narradores que imaginaron mundos paralelos a los nuestros. Se consuela con una realidad paralela –no menor ni indiferente, no desatenta a la actualidad ni mezquina–, en la que sus esfuerzos, o pensamiento, o realizaciones, puedan construir sentido, agregar valor, cambiar realidades. En esa escala más cercana de lo íntimo o de la fraternidad, el curso del esfuerzo cobra sentido porque puede crecer más allá de la escala pública, cuya sordera o descreimiento no deja de ser frustrante.

El hombre comienza a recoger los vasos, a mover las sillas, a disponer de la basura. Es su hazaña íntima, la del primer día del año, pero siente que con ese accionar traspone el mundo. El día amanece, el año amanece, su vida amanece. Nadie puede confiscarle esa energía, nadie puede alterar la forja de su espíritu, porque también amanece en su corazón.