• Caracas (Venezuela)

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Oscar Lucien

Soy ama de casa

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Para entender claramente la propuesta fotográfica de Isabel Arteaga valdría la pena tener presente la obra Semiotics of the kitchen de Martha Rosler. No sugiero esta referencia con exclusivos fines retóricos como podría entenderse seguramente si hiciera mención de las perfomances de una Cindy Shermann o las más heterodoxas y radicales propuestas de una Francesca Woodman.

Tampoco pretendo una lectura de la muestra fotográfica de Isabel Arteaga desde un aparente distanciamiento con la vigorosa presencia de mujeres que en los años sesenta toman la escena fotográfica marcando una firme posición con los modelos canónicos de sumisión en la representación de lo femenino, de su condición de objeto sexual de altísimo valor de cambio en el marketing de consumo masivo, o, en el mejor de los casos, de musa inspiradora, y a contracorriente del rol que la condena y observa siempre en el ámbito íntimo del hogar, como esposa fiel y responsable “por naturaleza” de las tareas domésticas, de ama de casa.

La referencia a Martha Rosler se me impone pertinente porque aborda precisamente el “espacio escenográfico” desde donde se coloca la artista venezolana. Pero mientras Rosler opera una mordaz deconstrucción de los utensilios de cocina y las tareas domésticas asociadas, marcando el aspecto rutinario y esclavizante, Isabel Arteaga se coloca, paradójicamente, desde ese mismo espacio doméstico para asumirlo a plenitud. ¿Punto de inflexión entre modernidad y posmodernidad? Recientemente entrenada en estos complejos ámbitos de la creación fotográfica no estoy seguro de que la fotógrafa caraqueña conozca el trabajo de la neoyorquina Rosler, pero igual apreciaría como un guiño involuntario el delantal que instaura la condición esclavizante que ella crítica y el delantal, que imagino de igual color (el film de Rosler es en blanco y negro) y el que porta Arteaga en la puesta en escena de sus autorretratos. Pero Arteaga no se “disfraza”, su punto de partida es la asunción plena de su condición de ama de casa desde el afecto y entrega a su familia. El delantal que porta en cada uno de sus autorretratos opera como una suerte de estandarte: aquí estoy, asumo estas tareas con devoción y es mi manera de ofrendar a mi familia.

Sus fotografías son series que nos muestran bloques temáticos de sus labores cotidianas. A manera de capítulos, la ordenación de los dormitorios, la limpieza de los espacios compartidos, en la cocina, en el lavandero, en el baño, nos conduce a un nivel de detalle y prolijidad que al verlas, sobre todo desde una mirada masculina, nos deja exhausto. Pero no estamos ante un reportaje. Sus fotografías expresan una fina elaboración de la composición y calidad en la ejecución técnica. Quizá podríamos calificar su trabajo como una crónica o autobiografía visual.Arteaga “reconstruye” sus actividades diarias, sus series, como elaboradas puesta en escena de una propuesta autorreferencial donde el punto de cierre de cada secuencia de trabajo es la interpelación directa de la cámara por la fotógrafa.

Estamos frente a un autorretrato en su concepción originaria, en su dimensión esencial de relato de una vida y en el marco canónico de la tradición de reproducción fiel de la persona, pero en este caso no concentrado en el rostro sino en la presencia de la artista de cuerpo entero, sin metamorfosis aparente. Sus series fotográficas se componen de un conjunto de fotografías que “documentan” los quehaceres de la casa que siempre cierran con el literal autorretrato de la artista frente a la cámara. Como dije antes, la interpela directamente, bajo el control de su mando a distancia como diciendo, afirmando, sí soy yo, este es mi trabajo diario, es parte de mi vida, y lo asumo.

Cuando Isabel Arteaga declara orgullosa, al igual que su muestra homónima “soy ama de casa”, siempre insiste en su libérrima decisión de asumir un oficio que, intuimos, sin mayores desequilibrios económicos podría ser delegado en una empleada. Sin embargo, me atrevo a pensar que quizá la contundencia de su propia propuesta pueda contradecirla. En todo caso, me planteo la interrogante: ¿a quién interpela la artista? Como varón expulsado de estos territorios recibimos como un mazazo el tremendo trabajo que significa tener una casa limpia, bonita, no para cuando viene la visita sino para nuestra vida diaria. Y esta percepción se fortalece con la anécdota que Arteaga narra a partir de la poca consideración que en trámites públicos apreciaba cuando en la categoría oficio o, profesión, candorosamente colocaba “ama de casa”. Todo cambió cuando decidió rellenar el espacio definiendo sus tareas domésticas como “Administradora de Recursos del Hogar e Investigadora Asociada al campo del desarrollo infantil y las relaciones humanas”.

Bajo la curaduría de Ricardo Jiménez, la muestra Ama de casa, definida por la artista como “work in progress”, además de sumar diversos y casi interminables ámbitos de acción doméstica, comienza a decantarse a partir de autorretratos individualizados a gran escala, de pequeñas instalaciones con fotografías en Polaroid y la presencia del video, en una propuesta en la cual lo propiamente “fotográfico” pareciera tomar más peso en relación con lo temático. Enhorabuena.