• Caracas (Venezuela)

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Juan Barreto

Álvaro Uribe Vélez, Capriles y López

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Fascismo y capitalismo tienen rostros aborrecibles que necesitan máscaras. Los fascistas copian consignas y programas revolucionarios. Mussolini se decía socialista. Por tanto, es preciso conjurar a través de la praxis revolucionaria (unidad de la teoría crítica radical y la praxis política revolucionaria) el “retorno del monstruo”. El fascismo retorna como rostro oculto del monstruo de la derecha imperial a través de diversos síntomas de nuestro tiempo y de la escena contemporánea: racismo, discriminación étnica, neoliberalización espiritual, sobreexplotación del trabajo asalariado, xenofobia, violencia contra las minorías, búsqueda de identidades populistas de derecha, anticomunismos reciclados y neofundamentalismo reaccionario.

El fascismo, sin duda, es la etapa superior de la política despótica presente en la estructura de mando y metabolismo social del capital.

Observamos con estupor cómo en países del Norte capitalista como Alemania, Francia, Gran Bretaña y Norteamérica los ataques racistas y de connotación fascista son constantes. Se ha diseminado de manera capilar una nueva epidemia. De la denuncia de los “microfascismos” en la vida cotidiana, pasamos a enfrentarnos a comportamientos, afectos y agenciamientos de enunciación de carácter molar: formaciones políticas fascistas y neofascistas, con sus intentos de recuperar una estructura de mando estatal y de la llamada “sociedad civil”, para garantizar las condiciones de un nuevo ciclo de reproducción ampliada de la lógica del capital, y por tanto, diseminar toda una biopolítica neoconservadora y reaccionaria.

Hoy en día, este rostro del monstruo se hace cada vez más visible. Los asesinatos racistas en Alemania y Francia, la participación de ministros fascistas en el gobierno italiano y el sorprendente éxito de la ultraderecha nacionalista en Rusia han demostrado que existe un verdadero peligro de revivir la década de los años treinta del siglo pasado.

También en nuestra América insurgente la multitud popular que desafió abiertamente la lógica globalizadora del capitalismo neoliberal y que ha pujado por la puesta en escena del poder constituyente se enfrenta a nuevas reagrupaciones de derecha y ultraderecha. Los gobiernos progresistas de Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador y Venezuela, entre otras experiencias –cada una con sus especificidades y particularidades– ha visto resurgir el viejo anticomunismo, fraseologías falangistas, nostalgia por los Estados de seguridad nacional, formas de discriminación étnico-racial de los pueblos indígenas, racismos de todo calibre, populismos de derecha y, en fin, todas las familias ideológicas de derecha y ultraderecha para diseminar un nuevo sentido común profundamente marcado por el regreso del monstruo fascista.

No podemos minimizar o desestimar estas amenazas a las luchas de la multitud plebeya y a la izquierda gubernamental de nuestra América. De la mano de Álvaro Uribe Vélez, Capriles y López en Venezuela, de sectores de la ultraderecha chilena, peruana o paraguaya, se apoya el preocupante crecimiento de partidos y movimientos que no pueden dejar de ser calificados como de procedencia o filiación fascista.

Reconocer que el crecimiento de una base de masas para la política de derecha y ultraderecha fascistas representa un verdadero peligro es un paso cada vez más urgente, sin el cual no nos es posible organizarnos para detener el avance del fascismo.

El avance electoral de los fascistas ahora es comparable, en muchos casos, al de los fascistas durante las décadas de los veinte y los treinta del siglo pasado, meses antes de ocupar el poder. El fascismo no llega al poder solo con golpe de Estado, también recurre a elecciones, aprovechando las debilidades y errores de las políticas de avance revolucionario.