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Fernando Rodríguez

Alternabilidad

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A veces algunas palabras pueden sintetizar una construcción ideológica compleja. Se me ocurre que “alternabilidad” podría decir mucho de la triste y desalmada historia que padecemos. A ver.

En los inicios del régimen, por allá por la constituyente, me pareció curioso que Manuel Caballero insistiese en que la reelección inmediata era el mayor peligro de la carta magna que se estaba elaborando. Seguro que su entrenado olfato histórico se lo decía. La confirmación se la dio Chávez cuando hizo eterna la reelección, en un referéndum que para ser más estridente pateó la propia Constitución. O cuando hizo metástasis en los populistas latinoamericanos. ¿Me imagino qué pensaría y diría Manuel de lo que decidió el descocado de Evo sobre referéndum que perdió al respecto? Es claro que la primera piedra de todo autoritarismo es la posibilidad de perpetuar su dominación, por la violencia o las conciencias domesticadas. Bolívar, el propio, dijo que ese poder que se prolonga no solo hace déspotas sino pueblos serviles.

La razón principal de la dilemática figura nos la enseñó la experiencia: ya la simple reelección continua es intransitable en países de tambaleante estructura institucional y escasa ética cívica porque el reelegible seguramente va a abusar de todos los instrumentos del poder para seguir mandando. Verbigracia, uno de los elementos que aceleró la actual etapa catastrófica del Proceso fue el despilfarro de Chávez para ganar su postrera y fatal elección. Si alguna tarea tienen, entonces, los nuevos legisladores, cuando el tiempo y las autoridades lo permitan, es borrar para siempre la dichosa fórmula del texto constitucional.

Pero yo quisiera subrayar otro aspecto que se combina con el señalado, proviene también de la voracidad por el poder. Me refiero a que quienes se suponen revolucionarios socialistas, por supuesto que los vernáculos no lo son, ni siquiera redomados estalinistas como los cubanos, dicen que su misión es inaugurar el último capítulo de la historia, terminar con la explotación del hombre, y tan trascendente misión no puede admitir la alternabilidad, que hoy te toque a ti y mañana a Perencejo. Los adversarios no son sino enemigos que quieren detener lo indetenible. No hay manera de devolverse, así acaben con el país y la gente los deteste y desprecie. Es lo que dijo en una de sus malas horas políticas Jean-Paul Sartre: “El peor de los socialismos es mejor que el mejor de los capitalismos”. Lo que traducido al mundo de hoy sería algo así como decir que Corea del Norte es mejor que Noruega. En la lógica de las contradicciones antagónicas, de la guerra de clases, lo importante es pasar el río, porque en la otra orilla donde brilla el sol del último capítulo los descarrilamientos y hasta las monstruosidades ya se arreglarán. Simplemente, como tanto se ha dicho, las revoluciones no se entregan.

En el caso más chato de los populistas militaristas y corruptos, disfrazados de democracia, se da como un reflejo tardío y perverso de aquellas desmesuras la imposibilidad de abandonar del poder. Entre otras cosas para no ser juzgados por sus desaciertos y crímenes. Es lo que hace que se atropellen las normas electorales con feroces ventajismos o se repela histéricamente –lo de Maduro es clínico– el sanador referendo revocatorio. No se entiende que se pueda ser oposición, renovarse en un mundo en que se es un esperpento “pasadista”, liberar el movimiento de tanto dirigente malandro, en que se pueden hasta leer libros y acercarse a realidades nuevas e ineludibles, planificar el futuro y aprender a portarse como gente decente y volver a optar por Miraflores. Llegar a entender que sin alternabilidad no se sale de la caverna, no se deviene contemporáneo ni se puede ejercer la libertad. Entiendo que es mucho pedirle a los maduros y a ciertos militares con vocación despótica y largo rabo de paja esa pequeña proeza racional. Hay que exigírselas, arrancárselas. Cercarlos de tal manera que terminen por sentir el desierto planetario y el absurdo histórico en que habitan y se vean obligados a mirar de veras el país que han derruido.