• Caracas (Venezuela)

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Álvaro Requena

Allende los mares, saben que…

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Recientemente, la semana pasada, en la revista internacional The Economist, un reportaje sobre el estado Amazonas en Venezuela me llevó a entender que se trataba de una puesta al día para los generadores de opinión en los medios económicos y financieros internacionales, así como una advertencia a los mercados y a los inversores potenciales en esta parte del mundo.

El cuadro que pinta el reportaje es catastrófico. Lo más triste es que lo que ahí se describe es cierto, pero la censura velada que padecemos silencia la realidad.

La visión expresada sobre la democracia venezolana y el proceso llamado revolucionario es lapidaria. Se destacan en él los comentarios que derivan en el concepto de la pérdida de la autonomía de los poderes, de la utilización del poder central para anular la gestión posible de los gobernadores de oposición, la sumisión vergonzosa de las fuerzas armadas, la corrupción galopante y brutal de la Guardia Nacional, la connivencia complaciente del gobierno con las FARC colombianas y, secundariamente, con el narcotráfico, el abandono de nuestros indígenas y de los más necesitados, y la protección desmedida e insolente de la minería ilegal y destructora de los recursos naturales. Todo ello bajo la figura de instituciones del Estado venezolano, supuestamente generadas por el deseo revolucionario de una mejor Venezuela y convertidas, arteramente, en gobierno paralelo al elegido por el pueblo.

No es la primera vez que leo un artículo tan terrible sobre la Venezuela actual, pero sí es la primera vez que una artículo de esa naturaleza me conmueve de tal manera que me lleva a preguntarme: ¿adónde nos ha llevado esta supuesta revolución que ha trastocado uno de los países más ricos y potencialmente más capaces de desarrollarse en un feudo aplastador y explotador de sus ciudadanos, para beneficio de otros y laboratorio experimental de ideas supuestamente socialistas que, en realidad, son de dominación, control, subyugación y exclusión, de al menos la mitad de la población?

¿Adónde nos conducirán estos personajes llenos de envidia, odio, revanchismo y desprecio por la democracia y, además, faltos de instrucción, respeto, consideración, sentido de justicia y visión de futuro?

¿Por qué el pueblo se dejó intoxicar de materialismo, consumismo, emocionalidad y sentimentalismo, como está hoy, en vez de buscar, como corresponde a los pueblos cultos y desarrollados, la racionalidad, el conocimiento, la espiritualidad, el orden y la organización bien establecidos, duraderos, respetables y respetuosos de los valores y derechos humanos?

Me siento humillado por las consideraciones que en otras latitudes se hacen sobre Venezuela y los venezolanos, pero, tristemente, esa es la realidad que nos ha tocado vivir y no hemos sabido cambiarla, todavía.