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Marcos Peñaloza-Murillo

Alienígenas ancestrales

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Según Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, la más clara prueba de que existe vida inteligente en otros planetas es que todavía no han venido a visitarnos. Graciosamente, Freud, utilizando esta especie de metonimia, no estaba refiriéndose en realidad a la existencia de seres inteligentes en otras lugares del universo, que a lo mejor saben de nuestra presencia por estos lados de la Vía Láctea, sino más bien estaba burlonamente refiriéndose a nosotros con cierto desdén o menosprecio avizorando ya lo que hoy estamos viendo y conociendo como baja inteligencia emocional entre la población humana.

Pero, ¿qué pasa si no lo consideramos una metonimia y lo tomamos en serio? Según esto, existen los seres extraterrestres, pero hasta ahora no los hemos visto ni hemos tenido contacto con ellos, y puede ser que nunca vengan porque nos desprecian. Para otros, para los teóricos de los alienígenas ancestrales, seres de otros mundos vinieron en la antigüedad y ayudaron a algunas civilizaciones de aquella época, como la egipcia y las meso y suramericanas, a construir grandes monumentos como pirámides, templos, grandes y pesadas estructuras monolíticas, gigantes figuras hechas en tierra que solo pueden ser vista desde el aire, etc., con técnicas que los humanos no poseían.

Si esto es cierto, bajo la premisa presentada por Freud, los alienígenas (que significa nacidos en el exterior, contrario a indígenas) no han regresado porque, si bien es cierto que la inteligencia racional ha venido progresando con la ciencia y la técnica, que ellos ayudaron a forjar, nuestra inteligencia emocional ha ido declinando en dirección opuesta; de lo contrario, Freud no hubiera dicho esto. Así que los extraterrestres, según Freud, no vendrán mientras este mundo esté sumido en caos, estupideces, contradicciones e injusticias.

Regresando a la tesis central de los antiguos alienígenas, esta plantea en el fondo que los humanos hubiéramos sido incapaces de desarrollarnos si estos no hubieran venido en nuestra ayuda, sobre todo aquellos pertenecientes al Tercer Mundo como lo fueron los incas, mayas, aztecas, egipcios, etc. Esta línea de pensamiento fue sustanciada inicialmente por el suizo Erich von Däniken en su famoso y sensacional best seller Recuerdos del futuro (Plaza & Janes, 1974). A partir de este éxito editorial, la teoría de los antiguos astronautas se ha popularizado tanto que aún sigue siendo de actualidad pública y es explotada bibliográficamente y por medios audiovisuales en una serie modernizada de TV difundida por cable por un conocido canal transnacional.

Ahora bien, si los alienígenas ancestrales fueron capaces de ayudar al Tercer Mundo antiguo, ¿por qué no lo hicieron con los europeos de aquella época y/o del Medioevo? ¿Cómo hicieron los europeos para construir grandes catedrales, castillos, templos, monumentos, etc., sin la ayuda de los extraterrestres, y cuando las ciencias de la ingenierías aun no habían aparecido? Por ensayo y error, dirán algunos y así se excluyen de la ayuda alienígena, con pretensiones arrogantes de autosuficiencia eurocentrista. Esto no es más que una exótica versión de la idea de que el Tercer Mundo nunca podrá desarrollarse si no viene alguien del primer mundo o del espacio exterior a decirnos qué hacer, cómo hacerlo y para qué.

Indirectamente Däniken y sus seguidores, en el fondo, lo que nos están diciendo es que somos unos incapaces, unos ineptos, a través de una especie de ingeniosa metonimia especulativa, parecida a la de Freud quien, a su vez, nos dice estúpidos con la suya. No se reconocen los méritos autóctonos e independientes de las sociedades prehispánicas y del Alto y Bajo Nilo en sus respectivos desarrollos.

En contraposición, se propone el Principio Antrópico el cual, siendo más respetuoso, plantea, en su versión fuerte, que podrán existir otros mundos habitables, pero considera que muy pocos de ellos podrían haber sido capaces de producir vida inteligente; es como si fuéramos los únicos y estuviéramos solos en el universo; así, la teoría de los alienígenas ancestrales queda descartada. Los defensores de este principio señalan que existe una “sintonía fina” de las leyes y las constantes físicas. De haber sido esta distinta, el cosmos no habría permitido la aparición única de la vida aquí en la Tierra. En todo caso, dejemos la discusión abierta recordando a Carl Sagan: “A veces creo que hay vida en otros planetas y a veces creo que no. En cualquiera de los dos casos, la conclusión es asombrosa”.