• Caracas (Venezuela)

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Jonathan Reverón

¿Alguien sabe qué hacer?

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Sobre mi escritorio tres hechos se conectan. Empiezo por el más reciente: acaban de matar a José Correia (Portugal, 1937), propietario de una panadería en la Candelaria, llegó a este país a sus 16 años. La noticia me devasta, porque la historia, que ya estas horas deben haber leído muchos de ustedes, habla de cómo la impunidad sigue acabando con la posibilidad de quitarnos la costra del miedo. Sigue acabando con las esperanzas de quienes queremos seguir apostando, de quienes pensamos que este país no se fue a la mierda por simple fe en uno mismo y en el entorno inmediato.

Trato de ventilar la mente y volver a lo que estaba haciendo (un proyecto que, por cierto, apuesta por la memoria del país).  Abro el Facebook, y me consigo con el siguiente video: frente al CCCT un taxista que casi llega a los dos metros de estatura, vestido de blanco, se enfrenta a un Policía Nacional:

—¿Tú estás intentado pegarme a mí?, ¿quieres que te dé tu cachetada?

Al policía no se le escucha, habla en tono mucho más bajo, pero algo le dice al taxista, que está a punto de volver a montarse en su carro y además interrumpe el tránsito.

—¿Me estás insultando? –pregunta el taxista.

De la corte de mirones del show, a plena luz del día, uno grita.

—¡Métele!

El taxista atiende a la provocación del foro y empuja al policía, seguidamente le conecta un derechazo, luego una patada, el policía se va haciendo hacia atrás y sale de la imagen grabada con un celular. El policía vuelve al cuadro del video y empieza a defenderse, una señora se atraviesa en la imagen y se tapa la cara mientras cruza la calle con el miedo de los inocentes. Y es cuando el taxista, gigante y calvo, introduce la cabeza del policía dentro de una llave que hace con su brazo izquierdo, ambos caen al piso y cuando el policía, gordito y atemorizado, intenta escaparse, recibe otro derechazo. Es el momento en que salen otros taxistas de una línea cercana a separarlos, o mejor dicho a separar al policía del salvaje hombre de blanco.

—¡No dejes que se vaya! –dice otro mirón.

—Está bien se cayeron a coñazo y bien –intuyo dice el que está grabando el video.

Luego de está última frase entra a la escena un militar, parece de bajo rango y lleva una boina roja, observa al taxista irse tranquilamente en su unidad, el soldado no sabe qué hacer. Fin del video.

La espalda me regaña todo el tiempo que estoy pasando frente a la computadora, la vista se me está haciendo ceniza, debo parar. El tercer hecho que me motiva a escribir es el que abro para tratar de olvidar al panadero de la tercera edad asesinado y a la “autoridad” noqueada por el taxista, se llama “La catástrofe”, uno de los cuentos póstumos de Eça de Quierós (Portugal, 1845), justo antes de negarme a seguir este hundimiento emocional, consigo esta frase: “Siempre digo, esto fue lo que nos venció; y no sé por qué, acordándome de nuestro propio soldado, bisoño, sucio, encogido, asqueado, enclenque del mal aire de los cuarteles y de la insalubridad de los ranchos, veo en esa superioridad de tipo y de raza toda la explicación de la catástrofe”.

 

elreveron@gmail.com

@elreveron