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Eduardo Mayobre

Alegría

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¿Quién está alegre en Venezuela? No lo están ni la oposición, ni el gobierno ni los neutrales. No lo están ni los consumidores ni los productores. Ni siquiera los explotadores o los explotados. Por no hablar de los frívolos y los fundamentalistas o de los peatones y los motorizados.

Este artículo se iba a titular “Descontento” en referencia a las protestas que han tenido lugar durante el último mes a lo ancho y largo de todo el país. Se proponía analizar la realidad y el origen de las llamadas guarimbas. Tenía la intención de condenar la represión gubernamental y en especial la utilización de los colectivos como fuerzas de choque de un oficialismo que teme ensangrentar las manos de las fuerzas armadas constitucionales destinadas a salvaguardar el orden público. Pero que las hace cómplices de los excesos de unas milicias políticas que sin freno se proponen acabar por la fuerza con toda disidencia.

El descontento ha originado la protesta. Más que cualquier dirección política, la desesperación ha llevado a los estudiantes y a los vecinos a las calles. La inflación, la escasez y la prepotencia de los gobernantes ha sido la motivación predominante para que en Mérida, San Cristóbal, Maracaibo, Barquisimeto, Puerto Ordaz, Barcelona, Cumaná y Caracas la gente se desborde y exija una respuesta a sus necesidades.

No hay alegría sino angustia en las manifestaciones. Pero por ello mismo he recordado el poema de Schiller que corona la novena sinfonía de Beethoven: “Alegría, chispa de los dioses, hija del elíseo” (lugar de los inmortales). Porque hay ausencia de alegría. El Carnaval, que debía ser la expresión de esta última, fue un carnaval de escombros. Hasta a los funcionarios más hipócritas les falló la sonrisa.

La protesta tiene la característica de que le inflinge un daño a quienes la realizan. Los aíslan y exponen a la violencia oficial. Se trata de una suerte de autoflagelación mediante la cual los manifestantes se castigan a ellos mismos. Sin contar los castigos que les proporcionan los cuerpos represivos.

Se discute sobre si se trata de una táctica política adecuada. Se dice que por ese camino no se va a llegar a parte alguna y pudiera desprestigiarse la fuerza opositora. Pero en realidad no se trata de una estrategia sino de una forma de expresión. La protesta muestra la realidad del descontento, que es exactamente lo contrario de cualquier alegría.

El contento, que era una de las características propias del venezolano, expresada en la risa y campechanía, ha desaparecido. Ahora su contrario se muestra en la desesperación de la ciudadanía y en la agresividad y los pertrechos militares de quienes la reprimen. Se constata en la soledad de las calles. Ya nadie es capaz de entonar un himno a la alegría.

Unos expresan rabia, frustración o impotencia. Otros consideran que se les pretende destruir o se intenta detener sus impulsos revolucionarios. Pero nadie se encuentra satisfecho. Lo que aumenta la agresividad.

En tales circunstancias solo se puede presagiar un deterioro de la paz social. Incluso el gobierno se ha dado cuenta de eso. Y llama a una paz y a un amor que quiere imponer a los trancazos. A una pacificación que significa más bien la sumisión a sus mandatos.

Quizás la protesta guarimbera no sea la mejor táctica política. A lo mejor se trata de una simple demostración de desesperación. Puede que se quede en un acto pasajero y simbólico. Pero resulta que es una expresión de sentimientos hondamente guardados. La autoflagelación que supone el aislamiento de aquellos que protestan y sus vecinos es producto de una libertad de expresión acosada, cualesquiera sean sus consecuencias políticas. Las revueltas son un acto de libertad en contra de la represión y la torpeza de la camarilla cívico-militar que nos gobierna. Son el reverso del armamentismo chino, ruso y bielorruso en el cual el gobierno venezolano ha invertido millardos de bolívares. Son la expresión de una conciencia democrática creada durante la segunda mitad del siglo XX en nuestro suelo.

Las guarimbas pudieran acaso ser un error político, pero son, sin duda, la expresión de un sentir general. El cual se extiende desde Ureña hasta Paria y conduce a lo que un teórico de ocasión, Regis Debray, llamaba revolución en la revolución.

Quién se rebela ante la revolución es todavía una incógnita. Pero no es incorpórea. Porque no es posible resignarse ante la pérdida de la alegría. Porque no es posible aceptar la tristeza, las colas, la insatisfacción y la escasez. Porque resulta insólito ser regidos por un grupo de incapaces que nos han conducido a una situación en la que toda alegría se ha perdido.