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Rafael Palacios

Si Albert Einstein hablara, ¿qué le diría?

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Si Albert Einstein hablara le diría al presidente y a su gobierno que, cuando lo citaran, no lo utilizaran en el plano de la demagogia política.

Reconocería hoy que, así como publicó en 1949 su artículo sobre la “anarquía económica de la sociedad capitalista”, también hablaría sobre la anarquía de la economía socialista. En las palabras de Einstein, la anarquía es una verdadera fuente del mal.

Les recomendaría que no hicieran referencia de él ignorando el valor de la educación y la investigación científica y tecnológica en el desarrollo sostenible de una nación que lucha por una verdadera igualdad. Einstein, ya en 1939, en la carta que envía a Roosevelt, avizoró claramente el potencial del conocimiento para la dominación, pero, también, para la salvación.

Si Einstein hablara les aclararía que cuando él se refirió a la “crisis” como la mejor bendición que puede sucederle a un país, lo hizo sabiendo que la solución de ella pasaba por la renuncia de la desconexión entre lo que se dice y se hace. Einstein era enemigo de las cosas que carecían de la debida relación lógica. Por eso rechazaba las incoherencias.

Cuando él decía que la crisis nace de la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias, aludía a la necesidad de una mejor conexión con la realidad por parte de los políticos.

Hoy ni a la derecha, y mucho menos la izquierda utópica, se le haría posible hablar y pensar sobre la economía real sosteniendo paralelamente una “economía enferma”, ignorando que la ecuación económica ya no es solo la de capital-trabajo, y desconociendo el papel del capital de riesgo para fortalecer la investigación y el desarrollo científico y tecnológico. Sin esto no es posible pensar en la recuperación real de la productividad.

Si Einstein tomara la palabra les recordaría que pretender el “cambio de las cosas” también ha sido una opción demagógica y gatopardiana. Él consideraba que había otros inconvenientes para la salida de la crisis, la pereza.

Y es que la economía real merece de seriedad y requiere de pensamiento profundo; de informarse y saber sobre los factores reales que han limitado históricamente el desarrollo del conocimiento y su impacto en la economía nacional.

Decía Einstein: “...Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia”.

¡Mala señal! si un gobierno interpreta que la crisis también necesita de milagros, y no se responsabiliza de los continuos errores cometidos, en medio de una bonanza petrolera sin precedentes. Por lo tanto, no la tiene fácil un país que en medio de enormes ingresos no fue capaz de fortalecer mínimamente su sistema de producción de conocimiento.

Esta crisis, por mucho optimismo con que la veamos, no trae antídotos de corto plazo.

Einstein pediría mayor racionalidad a los políticos y sugeriría no exagerar sobre su visión positivista de los efectos que genera la “angustia”. Una vez dijo: “La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche”.

Que sepan los políticos que la angustia no es siempre buena consejera de la “creatividad”. Es sabido que los problemas coyunturales también han sido tratados con mayor improvisación, buscando más culpables y creando fantasmas en el plano de la política y la economía. Así las cosas, la angustia también sirve para profundizar la tragedia.

Einstein quien, según dicen, con los números era excesivamente cuidadoso y crítico, no callaría en decir que un gobierno que se enorgullece de tener más de 11.000 investigadores, que dice contar con más de 60.000 productos generados por la investigación científica, que además invierte cerca de 3% de su PIB en ciencia y tecnología –significando ello casi un tercio de lo que invierte toda la región de América Latina– no tiene razón válida alguna para aparecer en el mapa económico mundial como una de las peores economías.

¿Qué hubiese posiblemente propuesto Albert Einstein a sus intérpretes?

Les pediría ponerse en conexión con pensadores contemporáneos –incluso, de su propia tierra– quienes ya avizoraron los dones de la crisis como “ventana de oportunidad”.

Ellos abordaron la crisis como una oportunidad para superar el modelo monoexportador, alertaron y recomendaron elaborar políticas vinculadas con la economía del conocimiento y el desarrollo de nuevas trayectorias tecnológicas. Según estos pensadores, era así como se abrían las posibilidades para situar al país en el contexto de la economía real.

Nunca se les escuchó.

Les diría que pensar la recuperación económica en tiempos de crisis, sin tener como pilar la nueva ecuación económica capital-trabajo-conocimiento, y sin que existan políticas que hagan efectiva tal ecuación, traería una mayor radicalización de la dependencia tecnológica y, peor aún, se seguiría abriendo el espacio a otro modelo de colonización.

Les advertiría que, de no involucrar en la solución de la crisis a todos los actores e instituciones que intervienen directa e indirectamente en el proceso de producción de conocimiento, no habrá transformación posible en las instituciones del Estado. Solo así es como podría elaborarse de forma democrática y coherente una nueva política científica y tecnológica nacional. Sería Einstein implacable en afirmar que dicha política no puede esperar más.

Les sugeriría mayor inventiva para formular las políticas de innovación. Seguir transitando el camino equivocado de aplicar “políticas correctivas”, tratando de hacer ahora lo que antes no se hizo, resulta contraproducente. Las reformas de carácter institucional y legal o la intensificación de los modos convencionales de transferencia de tecnología ya no son capaces por sí mismos de disminuir el rezago y la brecha tecnológica existente.

El país no ha producido, desarrollado y difundido suficientemente tipos específicos de capacidades científicas y tecnológicas. Solo es posible obtenerlas si antes se reconoce y se identifican las limitaciones en el sistema de producción de conocimiento vigente, las cuales obedecen a la escogencia de un único patrón de crecimiento, el petróleo.

En palabras de Einstein: “La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia”. Incompetencia, porque resulta imposible abordar la economía del conocimiento con decisores políticos que no poseen suficientemente las capacidades para comprender y evaluar su complejidad, dinámica y nuevas estrategias.

Einstein también decía: “Sin crisis no hay méritos”, pero con incompetencia, nunca los habrá.