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Ildemaro Torres

Ahora peor

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Siguiendo el curso de nuestra existencia a través de vivencias personales, experiencias grupales, contactos a escala nacional o mayores, podemos evaluar circunstancias en sus logros positivos o si fallidas; para ello contamos además de lo individual, con lo que nos llega de diversas procedencias y por distintos medios, como acuerdos, dictámenes, noticias. Es particularmente interesante cuán útiles pueden sernos por reveladores, los ejercicios comparativos de lo propio con lo ajeno. Abundan los ejemplos ilustrativos y me referiré a uno de ellos en particular, que hace años comenté.

En 1978, en la ciudad soviética de Alma-Ata, una asamblea de la Organización Mundial de la Salud acordó e hizo pública la meta “Salud primaria para todos en el año 2000”; y los expertos allí reunidos la definieron como “el saneamiento ambiental que le garantice a la población adecuado suministro de agua potable y eficiente drenaje de excretas, una nutrición apropiada en cuanto a que su tenor de proteínas y calorías responda a los requerimientos humanos básicos, asesoría en planificación familiar, y programas de inmunización que alejen los riesgos de contraer determinadas infecciones”.

A su vez la Organización Panamericana de la Salud puso en términos más categóricos el planteamiento y estableció que, idealmente, para la fecha señalada, la totalidad de los niños menores de 1 año debería estar vacunada contra todas las enfermedades infectocontagiosas, y que la mortalidad infantil de ningún modo debería exceder para entonces la cifra de 30 defunciones por cada 1.000 niños nacidos vivos. La OMS, tal como la Unesco en el campo cultural, al formular principios como el de Alma-Ata los refiere a todos los pueblos del mundo. La proposición y su aprobación e inducción a aplicarla, fueron informadas al ámbito internacional.

Para nosotros en Venezuela, lo propuesto parece haber quedado congelado en el tiempo –tan remoto como el punto geográfico en que fue acordado– y carecer de significado, a juzgar por la realidad que nos salta a la cara y como cifras estadísticas que, aunque no confiables, son sin embargo suficientes y crudas evidencias de nuestro atraso.

Hemos sido testigos de múltiples casos de sífilis, del retorno en grande del paludismo, y hasta epidemias de dengue hemorrágico como información destacada de los diarios. Pero no menos preocupa que al lado de esa patología noticiosa existe otra, incorporada en nuestro medio a una triste rutina de mal vivir: la de la desnutrición y la gastroenteritis, que arrastran con ellas numerosas víctimas infantiles.

Y cabe preguntar, qué es de nosotros si aun hoy constatamos la inexistencia  de acueductos en muchos pueblos, la existencia de lugares en el país sin centros asistenciales y ni siquiera caminos vecinales, la imprevisión e ineficiencia de las autoridades sanitarias, la falta o  encarecimiento de los medicamentos, la arruinada producción agrícola, el deterioro del ecosistema y de la higiene ambiental por la basura y cloacas abiertas, las altas tasas de desempleo, el agravado problema habitacional y la falsa gratuidad de la atención médica en los hospitales públicos, al verse conminados los pacientes a llevar la sábana para la cama, los cubiertos con los que van a comer y los remedios con que los van a tratar. Un recorrido por la geografía venezolana y una incursión en la vida de su población, distan de revelar un paraíso infantil; constatación aún más cruda cuando se pasa de las cifras a la realidad cotidiana. Tienen sí el buen cuidado de que la población no llegue a percibir que la salud no es una dádiva oficial, ni un regalo generoso del régimen, sino que ella es un derecho humano y que es obligación del Estado garantizársela.