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Corina Yoris-Villasana

¡Ah, el español! es el idioma para hablar con Dios

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Ya en la época platónica se discutía sobre el sentido de las palabras, discusión que se mueve entre dos polos opuestos; uno, mantiene que ese significado contiene ciertos sonidos que expresan la esencia de lo nombrado; y dos, ese sentido es totalmente arbitrario y depende de la práctica y uso que le hayan dado los hablantes.

Desde el diálogo Crátilo de Platón, donde él y Hermógenes discuten sobre el sentido de las palabras, hasta nuestra época, son muchas las interpretaciones que se le han dado al uso del lenguaje. Sin entrar en esa apasionante discusión, quiero destacar el afán de cambiar el significado de algunas palabras según el capricho de quien se siente con “poder”, así como estropear el lenguaje culto para adaptarlo a una supuesta “versión popular”.

Recordemos el Calendario Republicano Francés, formulado durante la Revolución Francesa, acogido por la Convención Nacional Francesa y usado durante los años comprendidos entre 1792 y 1806. El motivo de la creación de ese nuevo calendario estuvo centrado en dos aspectos primordiales: adecuar el calendario al sistema decimal y borrar de manera definitiva toda connotación religiosa que tuviese el calendario usado hasta ese momento. Los meses adquirieron nombres relacionados con la agricultura y fenómenos naturales; así, vendimario, brumario, frimario, por tan sólo recordar los meses del otoño. En cuanto a  los días, en lugar de relacionarse con un santo como ocurre en nuestro calendario usual, se les asoció con una planta o mineral, un animal o una herramienta; el primer día de Vendémiaire fue llamado Raisin (uva); o al último día de Thermidor se le adjudicó el nombre de Moulin (molino). Más allá de los inconvenientes que ese cambio originó, fue hecho con una clara intención y elaborado por un matemático, Gilbert Romme, ayudado por astrónomos, y el poeta Fabre d’Eglantine, quien ideó los nombres de los meses y los días.

Otro cambio que suele ocurrir en los tiempos tormentosos de las revoluciones es la sustitución de los nombres en calles, estados, provincias, plazas. Así, en nuestra Venezuela de hoy, hemos visto desaparecer el nombre de Sofía Imber en el Museo de Arte Contemporáneo, como también nuestro hermoso Parque Nacional El Ávila fue rebautizado Parque Nacional Waraira Repano; podríamos seguir enumerando esos cambios de nombre, pues es larga la lista; sin embargo, creo que bastan esos ejemplos para mostrar que aun cuando no se compartan las “razones” que originaron esos cambios, hay una explicación para hacerlos. Podemos contraargumentar, rechazarlos, pero hubo “un motivo”, consistente o blandengue, aceptable o reprochable.

Ahora bien, el atropello que sufre el idioma día a día no puede ser ni explicado ni justificado. No me refiero al caprichoso lenguaje que se usa habitualmente en las redes sociales; me refiero al empeño de los grupos oficialistas en desvirtuar expresiones y locuciones cuyos significados no solo están regulados por la Real Academia, sino por el uso del hablante, quien, en definitiva, impone el empleo de un vocablo.

Resulta que “ajustar” es “concertar el precio de algo”, según la RAE; y “concertar”, a su vez, significa “tratar del precio de algo”. Pero aquí nadie ha concertado ningún precio; ese famoso “ajuste” no es más que un incremento, le guste o no a quien habla de “ajustar”.

Otro capítulo de esta horrorosa ficción de manejo adecuado del lenguaje a las exigencias del “modo popular del habla”, es el referido a la aparición en el horizonte de las palabras mal empleadas, verbos mal conjugados, locuciones mal construidas. En buen castellano, verbos como forzar, soldar, avergonzar, apretardiptongan la primera sílaba al encontrarse acentuada la vocal fuerte, sea la o, sea la e, y dan fuerzo, sueldo, avergüenzo, aprieto, y no las formas incorrectas de forzo, soldo, apreto.

Lo más trágico de toda esta distorsión lingüística es la descalificación de quienes saben usar el lenguaje. En días pasados, leí con más tristeza que asombro, cómo queriendo descalificar a un conocido político le acusaban de usar un lenguaje elitista, solamente comprendido por los escuálidos. ¡Vaya, por Dios!

Y pensar que en una ocasión, el gran Víctor Hugo, respondiendo a una pregunta que le fue hecha sobre las bondades de los idiomas, respondió: “El inglés es ideal para hablar de negocios, el alemán se hizo para las ciencias, el francés es el lenguaje del amor y el español, ¡ah, el español!, es el idioma para hablar con Dios”. También se cita algo similar atribuyéndose al gran Carlos I de España, Carlos V, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.