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Francisco Javier Pérez

Agustín Millares Carlo, sabio venezolanista (2)

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En su estadía venezolana de 15 años, el doctor Millares Carlo cumpliría tareas de servicio muy importantes para el país. Además de los varios cargos que se le ofrecieron, más como gestos honoríficos que como encargos laborales (y está claro que los cumplió en este sentido como el que más y que dejó honda huella de disciplina y entrega), fundó al menos tres importantes empresas hemerográficas dedicadas al rescate de los nombres más altos de la inteligencia venezolana: la Revista Baraltiana, el Boletín de la Biblioteca General de la Universidad del Zulia y Recensiones.

La primera y la última de estas publicaciones constituyen auténticos hitos de trascendencia nacional y continental (mérito esclarecidos de los exilios de Millares y de Alonso lo fue dotar de panhispanismo y venezolanidad los empeños fundacionales de naturaleza regional o local; ejecutorias de sabio medievalismo intelectual). Pionero en el rescate de la figura de Rafael María Baralt, el prócer de la sabiduría zuliana y genio en el arte del narrar la historia de Venezuela y en el de entenderla a cabalidad en su profundidad compleja, estudioso de la lengua y uno de sus creadores más preclaros, académico primado de la América española, Millares logrará que en torno a esta publicación, hoy asunto de culto, se reunieran las firmas viejas y nuevas para la comprensión del astro escriturario marabino. Como en un irrepetible Parnaso, la revista convocó las cimas más altas del baraltianismo (entre otros, Pedro Grases, Pedro Pablo Barnola, Humberto Cuenca, Edgar Sanabria, María Rosa Alonso y el propio Millares). La creación de esta revista va a coincidir con uno de los repuntes de estudio de Baralt más enfáticos que se recuerden, en donde la edición de las Obras completas por la Universidad del Zulia vendrá a constituir homenaje de duradero entusiasmo.  La revista Recensiones, que alcanzó como la anterior un estimable número de apariciones, no era sino la materialización del perfecto bibliógrafo: una publicación periódica destinada a la reseña de libros de comienzo a fin. Escritas muchas de ellas por el propio Millares fue y es un monumento al estudio del libro y al de su divulgación erudita y especializada. Por ella hicieron noble desfile muchos nombres de estudiosos nacionales y zulianos de ese tiempo de nombres imprescindibles de la universidad venezolana, la investigación y la creación. Asimismo, en clave inversa, puso a circular obras y autores, muchos de ellos foráneos, ajenos en las aulas y los círculos de pensamiento del país.   

La bibliografía venezolanista de Millares incluiría títulos tan necesarios como: Los archivos municipales de Latinoamérica. Libros de Actas y Colecciones Documentales. Apuntes bibliográficos (Editorial Universitaria/ Universidad del Zulia, 1961), Tres estudios biobibliográficos (Universidad del Zulia, 1961), Archivos de los Registros Principales de Mérida y Caracas (Academia Nacional de la Historia, 1966), Prontuario de bibliografía general (Universidad del Zulia, 1966; Universidad Católica Andrés Bello, 1973), La imprenta y el periodismo en Venezuela (Desde sus orígenes hasta mediados del siglo XIX) (Monte Ávila Editores, 1969), Rafael María Baralt (1810-1860). Estudio biográfico, crítico y bibliográfico (Universidad Central de Venezuela, 1969), Catálogo razonado de los libros de los siglos XV, XVI y XVII de la Academia Nacional de la Historia (Academia Nacional de la Historia, 1969), Estudios bibliográficos de los archivos venezolanos y extranjeros de interés para la historia de Venezuela (Archivo General de la Nación, 1971), Ensayo de una bibliografía de la imprenta y el periodismo en Venezuela (Organización de Estados Americanos, 1971), Andrés Bello. Ensayo bibliográfico (Editorial universitaria/ Universidad del Zulia, 1973), Libros de los siglos XV-XVI. Colección José Rafael Fortique (Gráficas Clavileño, 1974; prólogo: Blas Bruni Celli) y Bibliografía de Andrés Bello (Fundación Universitaria Española, 1978), sin contar el repertorio disperso en publicaciones periódicas de dentro y fuera del país, que tenían al país mismo como tema protagónico.

En su conjunto estas obras determinan la tarea ingente y la lucha de galeote por continuar, residiera donde residiera, el proyecto ciclópeo de sus investigaciones: la dotación de materiales clave para comprender la historia de Venezuela, en este caso (lo completará con la misma profusión y luz con su Canarias natal, su España intemporal, su México de exilio y su Lazio eterno), y para determinar las implicaciones que la inteligencia de determinados espacios culturales (desentendido del presidio mental de las nacionalidades) podían ofrecer para captar las rutas liberadoras y de libertad de la lengua, la literatura y la historia. En su detalle, representan asiento de un silueteado de la Venezuela ante pretérita y permanente (la permanencia ha constituido parte importante de la angustia venezolana) y de la Venezuela de recurrencia indeclinable. Quizá, tanto por asirse al señalamiento del conjunto como al del detalle, los estudios emblema del Millares venezolano sean los que completó sobre Bello y Baralt.

La referencia recae sobre personalidades fundadoras de la nación intelectual venezolana durante el siglo XIX y en la comprensión de las instituciones de cultura que durante el siglo XVIII venían proponiendo una renovación en el pensamiento. Andrés Bello y Rafael María Baralt serían privilegiados, por razones más que evidentes, como los objetos de estudio más constantes.  En esto último, además, se establece un vínculo muy estrecho y nutricio entre Pedro Grases, María Rosa Alonso y Agustín Millares Carlo, bellistas y baraltianos por partes iguales e investigadores comprometidos y disciplinados de los dos portentos venezolanos decimonónicos.

Millares Carlo empeñará sus esfuerzos en la producción del estudio sobre la extensa y muy dispersa bibliografía de Bello y fruto de estas ocupaciones publicará en 1969 un primer repertorio bajo el título: “Don Andrés Bello, 1781-1865. Ensayo bibliográfico”, destinado a la mexicana Revista de Historia de América y al año siguiente, también en México, su versión separata por el Instituto Panamericano de Geografía e Historia. Luego, ya residenciado en Maracaibo, un segundo repertorio, dividido en dos entregas para el Boletín de la Biblioteca General de la Universidad del Zulia, en 1969-1970 y 1972-1973; y en 1973, en versión separata completa, para las ediciones de la Universidad del Zulia, institución en la que el erudito trabajó durante veinte años. Más tarde, en 1978, la definitiva Bibliografía de Andrés Bello, con 1.108 registros, aparecida en Madrid y encargada su publicación a la Fundación Universitaria Española. Este recorrido vocacional de diez años de acuerdo con las fechas de edición, pero, indiscutiblemente, mucho mayor de acuerdo con las tareas de pesquisa y consolidación de los ficheros, nos revelan a un autor apasionado por la materia bellista y, como confesaría, en carta dirigida el 2 de noviembre de 1979 al maestro Grases, su amigo personal, con estos trabajos “sólo pretendo mostrar mi devoción por la obra del insigne maestro”. La Comisión Editora de las Obras Completas de Bello, gracias a la ya apuntada intermediación de Grases, lo tendrá por asesor de excepción y lo hará partícipe de las tareas complejas en la empresa de publicar la integral de las obras del humanista decimonónico.

En este sentido, el ensayo de Millares Carlo será precursor de los trabajos de Pedro Grases y de Horacio Jorge Becco (estos últimos concebidos para la Fundación La Casa de Bello), pues, además de marcar una estructura al trabajo bibliográfico general, hará reparar siempre en la rica motivación de estudio hacia los aportes lingüísticos de la obra del humanista caraqueño. En ningún caso, la intención de Millares Carlo era producir un cuerpo de planteamientos críticos, sino compilar las tareas referenciales bellistas con miras a orientar a los seguidores de las contribuciones de Bello. De esta suerte, la contribución de estos repertorios bibliográficos fue enorme en su tiempo y es, hoy, imprescindible.

Su discípula fiel insistirá una y otra vez en el recuerdo venerador sobre el maestro. En 1980, cuando escribe sobre la muerte de Alfonso García-Ramos, formula espléndidamente la razón de amor del estudioso estelar: “Redactaba unas notas sobre mi maestro Millares Carlo, muerto en una gloriosa vejez de trabajador a golpe de yunque”. Ocurren al mismo tiempo uno y otro fallecimiento y cada uno de sus tejidos críticos. La hermeneia queda rotulada: “trabajar y trabajar bien” en la fragua de lo duradero. Más clásico que escolástico, se aleja Millares con sus empeños del concepto de la “contingencia” humana para actuar con el de la “eternidad” divina. La perpetuidad del saber por encima de todo. El reconocimiento de la sabiduría para lograrlo.

María Rosa Alonso, fina y rotunda, concluye su opus necrológico con el avance y con el reclamo: “La enorme labor de Millares como erudito en el campo de la Diplomática, la Paleografía, Bibliografía, Latín, Literatura y el apartado de la erudición canaria es sorprendente. Entre libros, folletos, trabajos en revistas, pasan de los doscientos; todo lo que él hacía daba la impresión de obra bien hecha y pulcra. Con gran dificultad podrá encontrarse quien lo supere entre nosotros. No le gustaba ejercer de figurón, de mascarón de proa oficial; le gustaba hacer obra eficaz y eso en el avispero torvo y menudo de la capillita o la politiquería pueblerina se hunde. Pero Millares siguió trabajando en una nueva edición de su Paleografía, en la Historia de la Imprenta en Barcelona, en bibliografía del siglo XVI. Trabajar y trabajar bien fue su gran pasión. No supieron aprovecharlo en su isla, donde pudo haber realizado una gran labor los diez o doce últimos años de su vida y en su isla se murió”.

Una y muchas veces Miguel Ángel Campos y yo hemos hablado de la deuda que Venezuela tiene con Millares Carlo. También, de la elocuencia de esta acreencia no saldada para este trabajador impenitente ajeno a todo relumbrón y a toda forma de petulancia intelectual. Con su renombre, hubiera podido pasar su exilio venezolano viviendo del penoso lamento estéril del expatriado bobo. Al contrario, se implicó con los asuntos determinantes del país (alienado, entonces, de todo asunto de vil política) y alcanzó cotas de exploración profunda comparables solo con las de Rosenblat o Grases. El maestro catalán fue su amigo y escribió con generosidad sobre las tareas venezolanas de Millares. Cautivó también a otros eruditos nuestros como Mario Briceño Perozo, Blas Bruni Celli y José del Rey Fajardo (el Prontuario fue editado por la Universidad Católica Andrés Bello bajo estos auspicios). Tuvo muchos discípulos y uno de ellos se hizo también maestro como él, Carlos Sánchez Díaz, y en clave de homenaje y vindicación completó una obra cúspide: Bibliografía venezolana de Agustín Millares Carlo. Homenaje en los 100 años de su natalicio (Universidad del Zulia, 1994).

Hay que finalizar diciendo que el tiempo de saldar las deudas ha llegado y que pacientemente la obra de Millares Carlo permanece imperturbable a la espera de ese momento. Hito de nuestra cultura, hecha también con el auspicio de visitantes tan ilustres, el nombre del sabio canario ocupará lugar de honor en la nómina de las luminarias foráneas que se echaron sobre sus espaldas el complejo reto de mostrarnos, con la misma o mayor penetración que nuestros sabios connacionales, lo que significamos en el concierto del mundo.