• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Elías Pino Iturrieta

Agujeros

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

En 1848, el ministro de lo Interior ganaba 285 pesos mensuales. El oficial mayor se conformaba con 158,33 pesos. La plana mayor estaba formada por cinco jefes de sección, cuyo sueldo llegaba a los 99,74, y por 6 oficinistas a quienes se pagaban 63,33 pesos. Un portero y un sirviente se llevaban 14,25 pesos cada uno y así concluía la nómina. Para los gastos de escritorio había una reserva de 25 pesos. El ministro se ocupaba de la política, de la seguridad y la administración de justicia. Si consideramos el gasto para tinta y papel, concluiremos en que no disponía de un despacho llamado a grandes cometidos. Ni el cortejo que lo acompañaba ni la dotación de su bufete, permiten pensar en hazañas de control y eficiencia.

¿Qué pasaba con funcionarios de menor categoría? Estaban condenados a servir en lugares devastados por la desolación provocada por las guerras de Independencia, por la carencia de presupuestos y tal vez por la incuria. En 1832, un enviado de Páez escribió unas notas sobre el estado de las oficinas en Valencia, Puerto Cabello, San Carlos y Guanare, que presentan un cuadro desesperanzador: “No hay mesas, no hay sillas, no hay muebles del archivo, no hay escaparates, no hay bandera nacional, muchas veces sin puertas y sin ventanas, derrumbados los techos y perdida toda la pintura de las paredes”, escribió. El informe coincide con las quejas de la Corte Superior de Valencia en 1836, que describió así el estado de su sede: “La casa necesita un reparo de todos sus techos, pues con dificultad se encuentra en ellos un lugar libre de goteras”. De acuerdo con un documento enviado por el gobernador de Maracaibo en 1839, las oficinas de su jurisdicción estaban en abandono, incluyendo su propio despacho, pues solo tenía “media docena de sillas bien conservadas para atender colaboradores y visitas”. En 1833, desde San Carlos se informa a la capital: “En este cantón solo ha habido dos escribientes numerarios o públicos para el despacho de los registros. Hay uno a toda prueba, pero es secretario municipal, procurador del Consejo y escribiente del señor jefe político”.

En 1848, don Andrés Level de Goda, conocido hombre público, comunicó las primeras impresiones que le producía la oficina en la que se estrenaba como juez de Primera Instancia del Circuito 31: “Solo encontré cuatro escuetas paredes de una sala y aposento para mi habitación que me vale diez pesos de alquiler, y nada de útiles para el trabajo, en que no habían ni hay colección de leyes venezolanas, ni códigos de procedimiento, ni gacetas, y menos leyes colombianas, de modo que actúo una veces por mis principios, y otras por alguna ley que me presta el juzgado parroquial, donde tampoco está la orgánica de provincias , cuya falta me ha puesto en conflicto no pocas veces”.

En 1849, ahora en Guayana, los papeles estaban expuestos a perderse por la falta de arcas y escaparates. Lo mismo sucedía en los registros de Mérida en 1858, que no tenían mesas ni taburetes ni cajones ni tinteros ni candados. Sobre la situación de las prisiones es elocuente un fragmento de El Relámpago, periódico de 1843. Afirmaba lo siguiente: “La cárcel que tiene Caracas es una mansión de horrores. El venezolano que se ve encarcelado deprava su moral con la vista de los objetos que le circundan., se degrada a sí mismo, porque cuanto ve y cuanto oye lo empuerca y lo envilece, y se familiariza con el crimen por el inmediato roce en que la sociedad lo coloca con todos los criminales”. En 1844, el juez de Barcelona aseguraba que la penitenciaría era un caos, porque funcionaba en una casa alquilada que antes servía como domicilio familiar y carecía de los mínimos requisitos de seguridad. “Los cautivos hacen lo que les viene en gana”, confesó. En 1848, la cárcel de Cariaco, según el gobernador, “hállase en el mayor estado de deterioro, amenazando aplastar a los pobres que dentro están”.

¿Se pueden describir estragos superiores? ¿Se puede pensar en agujeros más oscuros? Quizá solo si miramos hacia nuestros días, pero después de considerar que en el inicio de la república se pagaban las consecuencias de la guerra contra España y apenas se contaba con presupuestos que clamaban al cielo por su debilidad. También conviene pensar en cómo, pese a una reunión tan grande de calamidades, Venezuela pudo salir del atolladero. 

epínoiturrieta@el-nacional.com