• Caracas (Venezuela)

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Adriana Villanueva

Agua estancada

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El buen doctor a quien tuve el honor de ayudar a organizar sus memorias me contaba que en el pueblito en los Andes trujillanos donde nació en el año 1925 no había electricidad, ni teléfono ni agua corriente. Y aunque hoy nos parezca imposible la vida en esas circunstancias, durante siglos la civilización vivió sin luz eléctrica ni teléfono, pero siempre necesitó tener agua cerca. Por eso, cuando se establecieron los primeros pobladores del pueblito en marras, construyeron un acueducto para aprovechar el cauce de un riachuelo cercano, y un par de pozos donde todas las mañanas iban las señoras cargadas de tobos y palanganas para abastecerse del agua de uso diario familiar. Pero había mañanas en las que las señoras se encontraban con el agua fétida, estancada, no apta para consumo humano. Entonces el jefe civil reunía a los hombres del pueblo y salían en grupo para encontrar el origen de la podredumbre, que solía ser el cadáver de un animal grande atorado en algún lado del cauce del riachuelo. De inmediato sacaban al animal que contaminaba, pero el agua quedaba fétida durante días. El agua estancada tardaba en limpiarse.

Esta anécdota me vino en mente leyendo en el blog Con Ida y Vuelta de Gabriel Núñez la entrada titulada: “Primer año en Londres”, donde el joven comediante narra sus peripecias con su esposa Elena Sánchez Vilela como emigrantes en Europa. A Gabriel y a Elena no los conozco personalmente, pero desde hace tiempo he seguido los videos que comparten por las redes sociales, y era fácil darse cuenta de que entre las nuevas camadas de jóvenes comunicadores, Gabriel y Elena eran de los mejores. Una pareja talentosa que en un país que evoluciona, en lugar de involucionar, le estarían lloviendo generosas ofertas de trabajo.

Pero en Venezuela, a menos que se apueste por el sueño revolucionario y se saque un número premiado como un viceministerio, el agua está estancada. Por eso Gabriel y Elena, como demasiados jóvenes venezolanos estos últimos años, hicieron sus maletas para irse sin pasaje de regreso. Se fueron a vivir a Londres, donde trabajan en los más variados oficios, ninguno relacionado con su enorme talento como humoristas. Para eso quedan sus blogs.

Al leer las peripecias del primer año en Londres en el blog de Gabriel, recordé al Martín Romaña de Bryce Echenique, viviendo en un apartamentico húmedo y frío, durmiendo en un colchón hundido, eso sí, con mucho amor y con todo el optimismo del mundo, ya que lo más difícil, dar el paso de emigrar, fue dado. Solo que Martín Romaña abandonó su país huyendo de un padre fastidioso que le imponía el ejercicio del Derecho, y Gabriel partió ahogado en lágrimas a la hora de despedirse de su familia.

La decisión de Gabriel y Elena, por lo expuesto en sus respectivos blogs, parece ser motivada por el mayor cáncer que hoy carcome a Venezuela: el miedo a la violencia. Escribe Gabriel: “…Pudiese ser que me toque calarme vainas de los extranjeros; pero ellos no matan”.

Jóvenes profesionales que dejaron de tener fe en Venezuela y se van: huyen por el temor de ser víctimas de la violencia y por la escasez de buenas oportunidades profesionales. ¿Quién se atreve a contradecirlos? Gente buena y capaz como Mónica Spear, Henry Thomas Berry, mi amigo el arquitecto John Machado, y tantos otros que se atrevieron a apostar por Venezuela y terminaron siendo víctimas de esta violencia que hoy nos devora… Agua estancada, agua estancada ¿cuánto tiempo habrá de pasar para verla cristalina de nuevo?

adrianavillanuevag@gmail.com