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Beatriz de Majo

Agua, la complementariedad natural

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El agua es el recurso natural estratégico más importante en el siglo XXI, ya que, a diferencia del petróleo, no cuenta con sustitutos. Todos los países hacen frente a los problemas que genera la poca disposición de recursos hídricos en sus territorios. Pero el drama más acuciante, por el volumen de su población, por sus limitaciones geográficas y por la estructura de sus sectores productivos, es el de China.

El agua constituye un elemento clave del enfriamiento en la producción carbonífera y ambas proveen tres cuartas partes de toda la energía que requiere el país, pero estas dos actividades acaparan una sexta parte del consumo total de agua de la nación. En otro terreno, en la medida en que la agricultura en el país va adquiriendo mayores niveles de productividad –algo imperativo cuando se trata de producir alimentos para una masa de 1.400 millones de consumidores– los recursos hídricos se transforman en vitales.

Pero resulta ser que el agua, en la nación asiática, es uno de los recursos más escasos. Así lo ha establecido Naciones Unidas al determinar que el país solo cuenta con 1.000 metros cúbicos por cabeza cada año.

La velocidad de su industrialización y de su urbanización ha afectado la disponibilidad del agua, la calidad del recurso y, consecuencialmente, la calidad de la vida en las ciudades. Casi medio millón de personas migran de sus lugares de origen cada año solo como consecuencia de la falta de agua.

Así pues, este país afronta una situación de escasez y de contaminación de recursos hídricos que ha motivado colosales planes de provisión del vital líquido a las regiones que no disponen del él y ha provocado, al propio tiempo, una búsqueda desesperada de los mismos en otros continentes menos explotados y donde aún el agua es abundante: África y América Latina.

En nuestro caso, tratándose de la región en desarrollo más urbanizada del mundo y con más de 80% de su población radicada en pueblos y ciudades, enfrentamos el desafío de buscar y mantener fuentes alternativas de agua, pero, a la vez, somos la región menos penalizada por la naturaleza en este particular: con una octava parte de la población mundial tiene en su territorio 47% de las reservas de agua potable de superficie y subterráneas del mundo.  

Esta situación privilegiada de nuestra geografía, además de otro conjunto de razones no menos válidas, ha hecho que China haya puesto sus ojos en estas latitudes. Son unos cuantos los proyectos emprendidos para desarrollar explotaciones agroindustriales en nuestro continente, no solo para adquirir los alimentos producidos para su exportación a China, sino para trasladar hacia nuestros países contingentes importantes de su mano de obra de manera de solventar para ellos las penurias que enfrentan en su país de origen.  

Países como Brasil y Argentina han sido receptores de propuestas y de financiamiento, pero ambos gobiernos han establecido no solo límites a la propiedad de la tierra en manos extranjeras, sino medidas para que el valor agregado de tales explotaciones beneficie al país receptor.   

Nuestros países deben buscar la ocasión de trabajar con este tipo de actores foráneos interesados en beneficiarse de tierras arables y la existencia de agua en nuestros suelos para desarrollar con ellos políticas de largo plazo de explotación racional y conservación de recursos hídricos, y evitar situaciones en las que la explotación beneficie asimétricamente a los actores foráneos más que a los locales.