• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Diego Arroyo Gil

¿Adónde se fueron mis amigos?

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Evitaré listar sus nombres porque son muchos y no caben en esta página. Algunos no son –digamos la verdad– lo que se dice “mis amigos”. (Mis amigos no pasan de diez, y tal vez ya resulte exagerado). Pero aun si no son para mí personas esenciales, personas sin las cuales vivir sería casi impracticable, lo cierto es que son mis allegados, gentes con quienes he compartido momentos que han hecho lo que soy y lo que he dejado de ser. Sobre todo cuando uno es joven, o sea, cuando tiene la piel del carácter todavía porosa, es natural que el trato con los demás sea de lo más variado. A diferencia de la vejez, que me imagino como un discreto almuerzo cuya cantidad de comensales lleva décadas siendo la misma, la juventud es una fiesta que multiplica rostros y en la que cada cual se siente el anfitrión.

¡Soñar! Tal parece ser el impulso que nos anima. Imaginarnos nuestra carrera profesional, llena de triunfos; enamorarnos, a pesar de la advertencia fatal del tiempo, con vocación de eternidad; figurarnos la casa que tendremos, los viajes que nos esperan; calcular que a los 32 nos casamos, que a los 34 tenemos el primer hijo, que a los 36 buscamos el segundo; dibujarnos un camino promisorio, que no traicione nuestras esperanzas ni las que en nosotros sembraron desde siempre nuestros padres. ¡Soñar! ¿Acaso hay otra cosa para que la estemos hechos los jóvenes que para eso, para soñar?

Y entonces, una de estas tardes, tras pensar en esto mientras me alistaba para asistir al matrimonio de una pareja luminosa, una pareja que luce como mandada a hacer por el sastre de la bienaventuranza, lo comprendí: comprendí por qué tengo tantos amigos, tantos allegados, tanta gente conocida de mi edad que hizo o está haciendo sus maletas para irse del país. Se van, se han ido a Londres, a Panamá, a Madrid, a Buenos Aires, a Sidney, a Toronto, a Nueva York, a Bogotá, a Ámsterdam, a París, a Ciudad de México, a Chicago, a Pekín incluso, a Moscú.

—Pero, ¿vuelves?

Y la respuesta es un “espero que no”, un “haré todo por quedarme allá”, un “para qué”, un silencio que es todo lo elocuente que puede serlo el silencio.

Antes me parecía una cobardía, y les rebatía, entre irónico y patético.

Ahora no.

Ahora, con toda la cursilería que es posible en un venezolano que ha acudido varias veces a Maiquetía a despedir a alguien muy querido, entiendo que el país se está buscando valientemente a sí mismo también en otras partes del mundo. Solo espero que cuando amaine la tormenta y los barcos puedan regresar con bien a puerto, mis panas traigan consigo alguna ofrenda lejana que anime la conversa del almuerzo en que ya seremos viejos. El nieto de algunos de ellos hará nuestro retrato.