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Manuel Aguilera

Adolfo Suárez, hoy y siempre

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Para unos era un traidor a la patria, a los valores tradicionales, alguien que se “había cambiado de chaqueta” (así llaman en España a los que transitan desde una ideología hacia la opuesta), un izquierdista de nuevo cuño. Para otros, era una franquista, un conservador de las esencias de la dictadura, escondido tras la máscara del centro político, que en realidad no existe. 

Así recuerdo el ambiente en torno a Adolfo Suárez en aquellos complicados años del inicio de la etapa democrática en España. Yo era apenas un niño pero recuerdo como si fuera hoy a aquel hombre sonriente, tranquilo, sereno, perfectamente vestido y peinado, que resistía el fuego cruzado de las dos Españas sin perder la compostura. 

Desde que su hijo Adolfo Suárez Illana anunciara el pasado viernes que su fallecimiento era inminente, todos en España, de derecha a izquierda, políticos, periodistas y ciudadanos, se aprestaron a hablar bien de él. Así fue en los últimos años, que no en los últimos años de los setenta e inicio de los ochenta cuando a Adolfo Suárez, principal y valiente artífice de la transición democrática española vivía preso en una máquina de picar carne de la que opositores de todos los bandos, articulistas despiadados, militares nostálgicos y hasta los miembros de su propio partido se peleaban por apretar el botón. 

}La ironía es que desde hace más de una década, cuando todos aquellos españoles que se creían poseedores de la verdad absoluta han empezado a reconocer los valores de Suárez, éste se convirtió –como muy bien titulaba el diario El Mundo el viernes- en “el presidente que se olvidó que lo fue”. 

El abulense, nacido en el pueblo de Cebreros hace 81 años y fallecido en Madrid hoy domingo, padeció la terrible enfermedad que borra los recuerdos y quizás por eso –según cuenta su hijo- hasta el último día de su vida no perdió la sonrisa y la mirada pícara. Tras el linchamiento político de su etapa en el Gobierno, vinieron años de desierto en la segunda fila de la oposición y la fatalidad de tener que vivir como el cáncer segaba la vida de su esposa y su hija. 

Adolfo Suárez fue, es y será un ejemplo de templanza, tolerancia y reconciliación para todos los españoles. Lo digo con la firmeza y el orgullo de haberlo defendido siempre, ahora y desde hasta donde me llegan los recuerdos. 
Pero no sólo eso, también fue valiente y generoso. Valiente cuando tuvo el valor de legalizar al Partido Comunista haciendo oídos sordos al ruido de sables. Más valiente, cuando los sables se desenfundaron y él permaneció sentado en el Congreso de los diputados, sin inmutarse ante la bravuconada de Tejero mientras sus látigos del Partido Socialista besaban el suelo y mojaban el pantalón. 

Generoso, cuando, al dimitir como presidente del Gobierno, priorizó la viabilidad democrática de su país antes que su propio interés personal de permanecer a costa de lo que sea en el poder. 

Quizás el centro político no exista, quizás estemos abocados al enfrentamiento partidista radical, quizás no volverán los tiempos de pactos y acuerdos… Por eso hoy –como entonces- políticos como Adolfo Suárez son necesarios.