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Nelson Rivera

Adolf Hitler, ario, griego y romano

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Mucho antes de acceder al poder, Hitler había expresado su desdén por la prehistoria germánica. Comparado con griegos y romanos, los germanos no eran más que un pueblo de gente ruda. Cuando escribió Mi lucha, Hitler afirmó nada menos que esto: que existía una unidad de raza entre griegos, romanos y germanos. La germanidad no era suficiente para la grandeza de su proyecto (Hitler despreciaba los esfuerzos arqueológicos de Himmler, dirigidos a la búsqueda de registros de una germanidad gloriosa; en privado hacía comentarios mordaces sobre las expediciones científicas, a las que llamaba, “paseos para cazar piedras”).

Apenas alcanzó el poder, la maquinaria del nacionalsocialismo se volvió hacia la Antigüedad grecorromana. El objetivo: fabular sobre unos orígenes que fuesen prestigiosos. Al Tercer Reich no le bastaba con dominar el presente y el futuro: tenía que dominar el pasado. El sometimiento del pasado remoto adquirió el carácter de política de Estado. La técnica de hacer uso instrumental de la historia, para convertir el pasado en paradigma o formular apologías, se puso en marcha. Y fueron las instituciones del Estado, a través de la educación, la propaganda, los deportes y las artes, las encargadas de apropiarse de lo grecorromano. Embellecer el origen significaba embellecer la identidad. El racismo se fortalecía con la genealogía. La imagen de Ulises en la Ilíada contribuiría a debilitar el fantasma de la humillación recibida en la Primera Guerra Mundial.

 

La invención de un origen

El nacionalismo y la Antigüedad expone con preciosismo y rigor conceptual, la compleja trama que desembocó en la invención de un supuesto primer período de historia “indogermánica-nórdica”, que habría sido el semillero de las grandes civilizaciones. La operación nazi presentó aquello como la recuperación de un patrimonio. De una esencia que no se había perdido, sino que había permanecido. Una continuidad de carácter ontológico, que determinaba un etnotipo físico y moral.

Señalar a griegos y romanos como pueblos nórdicos, permitía establecer que la paternidad de ambos correspondía al pueblo ario. Hitler repetía, “la paternidad de la cultura griega y del Imperio Romano le corresponde a la raza germánico-nórdica”, con lo cual se pretendía que nada significativo en la historia de la Humanidad había ocurrido fuera del ámbito de la raza aria. Pero el apetito deformador no tenía límites: también el antiguo Egipto y la China milenaria tenía un origen indogermánico. El 25 de enero de 1942, Hitler explicaba: “Observemos a los griegos, que también eran germanos: vemos en ellos una belleza que supera con creces lo que hoy podemos mostrar (…) Si examino más allá en el pasado, veo que los egipcios, en la época anterior, eran hombres de una majestad idéntica”. El delirio no se detenía: los científicos nazis llegaron a esta afirmación: que había indicios suficientes para afirmar que el pueblo ario había nacido en el Polo Norte, lo que explicaba su pureza, fortaleza y superioridad. Y que por milenios esa civilización grecorromana nórdica se había enfrentado al enemigo semita. Así, el judío podía presentarse como “el destructor parasitario” de las civilizaciones arias, desde el más pasado remoto.

 

Fábrica de fantasías

Para construir esta fantasía el régimen nazi contó con historiadores, periodistas, expertos en la Antigüedad, numerosas revistas especializadas, libros por decenas, manuales pedagógicos y todo el aparato dirigido por Goebbels. En 1933, apenas alcanzó el poder, Hitler ordenó el reajuste de los programas educativos. En 1938 los escolares estaban obligados a leer el texto oficial, donde había capítulos como “La actitud nórdica del hombre griego”.

El régimen nazi promovió la implantación y propagación de la ciencia racial. La raciología tenía la tarea de acoplar las necesidades del nacionalsocialismo con el mito de lo ario que se venía construyendo desde el siglo XIX. La fábrica del mito ario había producido una copiosa literatura racista, que tuvo su culmen en el libro de Hans Gunther, Raciología del pueblo alemán, que vendió 270 mil ejemplares. Gunther escribió: “Los dioses y los héroes de la Ilíada son rubios, al igual que los de la Odisea”. Así las cosas, Helena no habría sido más que una perturbadora belleza nórdica, como rubio habría sido Sófocles, por ejemplo.

Esa raciología contaba en su almacén con la ficción de Tácito, escrita en el año 98, que describía la existencia de los germanos, un pueblo inventado, autóctono, puro. Todo un aparato seudocientífico y publicitario se enfiló a la búsqueda de pruebas. En 1930 en la Universidad de Jena se creó la Cátedra de Raciología: al acto inaugural asistieron Hitler y Göering. Se atacaba con ferocidad cualquier tesis que negara la condición indogermana de griegos y romanos. La campaña era abrumadora. La hipótesis adquirió el carácter de dogma de Estado. En un folleto de la SS se decía: “La sangre nórdica ha creado las culturas de Grecia y del Imperio Universal Romano”. El evidente desafuero, la apoteósica ridiculez del invento, no lo obstaculizaba: se cumplía el anhelo de Hitler en toda su magnitud: los alemanes tenían un origen puro, universal y prestigioso.

 

El cuerpo guerrero

Pero este imposible batiburrillo no era inocuo: fue la plataforma legitimadora de una ética y una estética del cuerpo: el modelo griego como indiscutible precedente, figura consagrada al Führer y al Reich. De ese cuerpo emanaban de forma exclusiva las virtudes físicas y espirituales que demandaba el Estado. Era el cuerpo del ser-político-para-el-Reich, dispuesto a la abnegación y el sacrificio. Porque el nacionalsocialismo existía, a fin de cuentas, como un súmmun corporal: expresión de una raza agresiva, enérgica y poderosa. Y a esa tesis hizo Heidegger un notable aporte táctico: que el saber griego estaba destinado a la acción.

Desde sus primeros pasos, el nazismo se propone escenificar el vínculo con la Antigüedad. En octubre de 1933, Pallas Atenea encabeza el desfile del Arte Alemán. En 1936, en los Juegos Olímpicos, la ceremonia de la llama olímpica establece la conexión de forma explícita. Bajo el lema de “Dos mil años de cultura alemana”, en el desfile de 1937, son inevitables las carrozas griegas y romanas. No hay intención decorativa: manifiesta la captura racial de la identidad griega y romana. Como tampoco es decorativa la difusión omnipresente del cuerpo guerrero en la escultura, el cine, las representaciones de óperas y en exposiciones itinerantes de pintura. La perfección aria de origen indogermánica se oponía a la fealdad del judío.

Si el hombre indogermánico-ario-nórdico está en el origen de las grandes culturas, allí donde vaya, ese hombre está en su casa. Ocupar otros territorios más allá de Alemania equivalía a recuperar un patrimonio. En términos raciales, biológicos e históricos, los germanos estaban autorizados a apropiarse de lo que alguna vez habían creado. Les pertenecía por un derecho que se remontaba al comienzo de los tiempos. Alemania ya no era un país, sino un continente y más que un continente.

 

Proyecciones

Así se produjo un programa que consistía en seleccionar las piezas de la antigüedad grecorromana que pudiesen ser útiles a la legitimación del régimen. La reivindicación de Tirteo, poeta espartano que canta a lo marcial y al ideal del soldado-ciudadano. En los poemas de Hesíodo, la exaltación del trabajo. En Platón, el culto al Estado y al hombre nuevo. En Séneca, el antecedente de la práctica de exterminar a los enfermos mentales. El teatro coral como antecedente de “la comunidad holística alemana”. Esparta, el modelo del pueblo guerrero, inspiración del modelo totalitario de refundación de Occidente, que autorizaba el socialismo, el holismo y la eugenesia. De Roma, el imperialismo y la arquitectura imperial. La megalomanía llevada a la piedra. Estadios como coliseos. El gigantismo de la decoración. La hegemonía y el derecho a la colonización. “Para Hitler, el Emperador romano es al mismo tiempo precursor y preceptor del gran Reich nazi: lo prefigura e instruye”. La Wehrmacht es la versión moderna de la Legión. Esparta y Roma autorizaban (enseñaban) no sólo a colonizar, también a esclavizar. La colonización del Este estaba impulsada por esta idea. Soldados contra esclavos. Que el delirio ficcional no tenía límites lo demuestra, además del silencio nazi en torno a Sócrates, un cuadernillo de las SS que sostenía que la democracia ateniense era el producto de la degeneración racial.

 

Hasta el final

Hitler se lo explicaba a sus secretarias, a la hora del almuerzo: la grandeza de César podía constatarse en que la palabra “César” había sobrevivido a lo largo de los siglos. De algunos emperadores de Roma había que aprender una lección: habían llevado sus proyectos hasta el final. Y ese gusto de Hitler por el poderío romano incluía a sus ruinas. Cuando se leen las transcripciones de sus sobremesas, no hay modo de evitar lo que el investigador francés Johann Chapoutot, autor de El nacionalismo y la Antigüedad, sugiere al final de su libro: que incluso en su modo de morir Hitler estaba bajo el delirio de la antigua grandeza. Como una profecía autocumplida, encerrado en su búnker, cuando su ambición se había reducido a muerte y ruinas, se pegó un tiro. Quiso que se le recordara como “sublime por su elección, soledad, ideal y sacrificio”.

 

FICHA DEL LIBRO

El nacionalsocialismo y la Antigüedad

Johann Chapoutot

Abada Editores

España, 2013