• Caracas (Venezuela)

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Sergio Dahbar

Adiós al amigo

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He tratado de preguntarme cómo habrá sido la línea de flotación que observó Simón Alberto Consalvi en el horizonte cuando se dio cuenta de que se caía para no levantarse más. Aseguran que en ese instante el ser humano observa la película de su vida. La de nuestro editor adjunto habrá corrido a gran velocidad, porque hizo mucho y de manera intensa.

Tuve la extraña suerte de acercarme a su amistad cuando ya había recorrido un largo camino. Era un hombre curioso, con una capacidad de trabajo que dejaba exhausto a muchos jóvenes que se agotaban en una carrera corta.

Había dejado atrás ya una carrera como embajador, canciller, ministro, presidente encargado, pero también, y más importante aún, hombre de Estado, historiador, periodista, escritor y promotor cultural. Y aún así se despertaba muy temprano a escribir editoriales y libros, en la madrugada, para dejar luego que el día le rindiera con múltiples actividades.

En Simón Alberto Consalvi confluyeron fuerzas que no siempre salían bien paradas: conflictos, paradojas, contradicciones… En fin, el curso de una vida donde palabras como militancia, producción, pensamiento y creatividad no son categorías contrapuestas, sino monedas diferentes de una misma manera de estar parado frente el mundo.

Simón Alberto Consalvi vivió la existencia de los renacentistas, alguien que encarna las múltiples dimensiones de lo humano. Era uno de esos titanes de la cultura venezolana, como José Ramón Medina, Ramón J. Velásquez, Sofía Imber y José Antonio Abreu, que decidieron afrontar desafíos portentosos (sembrados de aciertos y errores) con la terca voluntad de construir un país diferente y mejor del que encontraron.

Este oriundo de Santa Cruz de Mora se alzó por encima de lo peor que han tenido los gobiernos democráticos, para resaltar una idea de nación que hoy resulta –en el más doloroso de los casos– una nostalgia.

En los años sesenta creó el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes, hoy desaparecido, carta de navegación con la que hizo posible la editorial Monte Ávila y la revista Imagen, anclas para afirmar la cultura venezolana y darle cobertura internacional.

La primera fue una editorial ejemplar, que nació con un pequeño aporte del Estado, y salió a la calle con títulos que lanzó en su segundo centenario la Enciclopedia Británica, conjuntamente en español cuando salían en inglés. Lo acompañaba un editor de raza, Benito Milla, que dejó una herencia en el mundo editorial venezolano, hoy capitaneado por su nieto Ulises Milla.

Monte Ávila Editores puso a finales de los sesenta a los autores venezolanos en el planeta literario mundial, y rescató nombres que en España eran una ausencia, como Djuna Barnes, Michel Tournier y Clarise Lispector, entre muchos otros.

La revista Imagen no fue menos ambiciosa, y se nutrió de las pasiones de los escritores latinoamericanos perseguidos por dictaduras, o que empezaban a deslumbrar a los lectores con sus ficciones, como Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes.

Simón Alberto Consalvi fue el artífice también de que Venezuela reestableciera relaciones con Cuba, en los años setenta, después de catorce años de ruptura total. Lamento aguarles la fiesta a los que creen que las comunicaciones con la alta jerarquía de la isla nacieron con Hugo Chávez.

Esa dimensión de las relaciones internacionales, esa visión de una cancillería que salta por encima de los juegos florales para apostar por la solución de conflictos continentales, tiene la marca de un hombre que nunca dejó de ser un intelectual, y que siempre priorizó la cultura por encima de todas las otras verdades que lo rodeaban.

Prueba de estas palabras es otra de sus creaciones, la Biblioteca Biográfica Venezolana, empresa insólita en los tiempos que corren: producir más de cien biografías de venezolanos trascendentes, ubicarlos en su importancia, dejar constancia de su obra y vida. El Nacional y BanCaribe entendieron la importancia de esta cruzada y lo apoyaron.

Ahí está la mano, las ideas, la visión de Simón Alberto Consalvi, que no se cansa de decirnos –ahora desde el otro lado– que para existir hace falta nombrar, que para nombrar hay que creer en una nación y apostar por lo mejor que brilla en ella.