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Alexis Alzuru

Acordar la transición

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Una amplia mayoría que se identifica con el gobierno está indignada con sus jefes y el modelo pro cubano. Sin embargo, pareciera que no se les podría pedir que renieguen del socialismo. ¿A cambio de cuál visión deberían cambiar sus ideas? En una época en la que el sistema capitalista está cuestionado de punta a punta, no es razonable solicitarles que dejen sus creencias y respalden las del mercado desregulado o la idea de bienestar americana. Una sociedad que exhibe 50 millones de pobres y unos indicadores de inequidad superiores a los de Irán. Para no recordar que Estados Unidos es más desigual que cualquier país de Europa. Por lo mismo, tampoco se podría esperar que los indignados del Polo Patriótico simpaticen con una dirigencia que cada vez que puede muestra fotografías de sus encuentros con George W. Bush o con los representantes de la derecha belicista de Latinoamérica. La conquista del pueblo socialista se producirá a través del mayor respeto a sus creencias, valores y prejuicios, no mediante postulados capitalistas o razonamientos económicos.

La desilusión se apodera de la militancia oficialista. Sin embargo, corresponde identificar los conectores que pueden reorientar esos sentimientos. En especial, importa definir el discurso dentro del cual sus frustraciones se transforman en resortes emocionales para el cambio. Pues, de lo contrario, su decepción moral afianzará al gobierno y la actuación autoritaria de quienes lo administran. Por ejemplo, parece un error decirles a los desencantados socialistas que se pasen a las filas de alguno de los partidos que integran la MUD. Confundir el discurso de unidad cívica con el de la militancia partidista perjudica el deshielo que se está produciendo tanto en el oficialismo como en la oposición. Hay prédicas que desincentivan la disposición que pudieran tener muchos socialistas para reencontrarse con sus oponentes. Por cierto, la unidad popular es un requisito irremplazable para concretar el cambio de gobierno de manera constitucional y pacífica.

Es ingenuo continuar pensando que la permanencia de Nicolás Maduro en el poder está supeditada a las maniobras que algunos realicen para mantenerse en la jefatura de la MUD o del PSUV. Su continuidad tampoco está asociada a los militares corruptos que dicen tener el control del Estado. La sustitución del gobierno depende de la despolarización. En el entendido de que “despolarizar” significa conciliar un ideario que reunifique las fuerzas que pueden activar la transición. Los acontecimientos sugieren que existen más coincidencias que discrepancias entre los venezolanos. Pero falta transformar esa proximidad en cohesión. De hecho, el mensaje del fracaso de Nicolás Maduro es insuficiente para acelerar la reconciliación. La reunificación la convoca un proyecto de país, no la opinión que sólo recrea el descalabro oficial.

Se necesita acordar un marco que cuanto antes viabilice el apretón de manos entre los oficialistas indignados y los opositores demócratas. Pareciera que ese marco de creencias no podría ser otro que el socialismo.

La redefinición del socialismo en sus fundamentos democráticos es el eslabón que falta para empujar el país hacia una definitiva transición. En ese modelo se pueden reconciliar la igualdad y la libertad. Es suficiente observar el rediseño de algunas naciones de Latinoamérica y de casi toda Europa para aceptarlo. Por lo demás, el socialismo nada tiene que ver con la despiadada dictadura de los hermanos Castro o con el comunismo mercantilista de China. Al contrario, reinterpretado en su expresión más contemporánea, el socialismo democrático promueve postulados liberales como el desarrollo competitivo de los países y una vida llena de igual confort para ciudadanos dignos y libres.

 

Profesor UCV

@aaalzuru