• Caracas (Venezuela)

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Armando Janssens

Aclarar sin pretensiones ni polémicas

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Con alguna frecuencia me preguntan por qué no escribo más claramente sobre la nefasta situación política y social del país. Parece que doy la impresión de poseer una exagerada prudencia o equilibrio, hasta llegar a tener alguna tendencia a valorizar elementos del actual gobierno y hasta, eventualmente, justificarlo.

Permítanme aclarar mi posición. No soy politólogo formado que maneja todas las variantes del quehacer político de nuestro país. No puedo aportar algunas originalidades diferentes a las numerosas –quizás demasiadas– opiniones, escritos, declaraciones e interpretaciones que llenan nuestras pantallas, periódicos, la web y lo que se publica en las redes sociales. Al igual que los comentarios de los lectores que con frecuencia son insultantes, hasta groseros, y que ni en lo más mínimo aportan ala creación de salidas a la actual situación. Junto a eso, guardo un preocupante silencio para no entrar en un debate infructuoso. Además, tengo la seguridad de que mis aportes no son nada originales al lado de las mejores opiniones de representantes de la oposición y de la sociedad civil con cuales comulgo frecuentemente.

En el campo social no puedo guardar silencio y tampoco puedo dejar de opinar. Me da vergüenza la cantidad de colas que veo en la búsqueda de comida para alimentar la familia. En el comienzo pensé, igual que la gente de mi barrio, que era algo temporal. Pero desde hace tiempo llegamos a la constatación que esa dinámica durará mucho más. Obliga a todas las familias a dedicar parte importante de su tiempo a tareas ajenas a su normal responsabilidad. Además, convierte a una porción importante de gente en revendedores a precios especulativos, lo que, sin duda, debilita el comportamiento civil y moral de nuestra sociedad. Es impresionante ver cómo el supuesto socialismo predicado, provoca una actitud cercana al del explotador, o mejor dicho, un capitalismo feo y denigrante. Como un militante del gobierno, me dijo parafraseando con ironía: “El pueblo explota al pueblo”.

La violencia que nos acecha por todos lados es sin duda una permanente lacra que, junto con el permanente dolor, promueve un miedo que desde hace años está incrustado en nuestra población. La cifra de muertes aumentan continuamente, y los planes del gobierno se han debilitado, lo cual aumenta la impunidad. Últimamente, se ha ampliado el robo frecuente, por motivo de la escasez. Pero diariamente se inventan nuevos delitos, y surgen más bandas con armas sofisticadas, que multiplican los atracos en plena vía interurbana, y crecen los secuestros, exprés y de otros tipos, incluyendo a niños hasta en zonas populares como Catia y Petare.

La convivencia social se desploma, es allí donde nuestras organizaciones sociales siguen trabajando con ahínco y con resultados llamativos, pero limitados. Hasta donde es posible, nuestro trabajo sigue manteniendo lo que hemos llamado “burbujas de libertad”. Allí, los grupos y las comunidades pueden crear procesos nutritivos que oxigenan el ambiente y mantienen hilos de esperanza y de generosa disponibilidad.

En estos días de la Semana Santa pasada, pude constatar cómo nuestra Iglesia logra promover intensamente este ambiente de convivencia y de esperanza. Celebrar la Resurrección de Jesús no es solamente un hecho de fe, también se centra en la esperanza, especialmente por nuestra gente que sufren tantas calamidades. Cada una y todas nuestras comunidades están invitadas a este futuro. Como tantas veces hemos predicado que no hay callejón sin salida, que siempre desde la fe, el futuro puede y debe ser diferente. Eso es resucitar permanentemente.

No puedo dejar de referirme a la situación de la economía nacional cuya inflación este año supera ampliamente el 100%. Es el fracaso del gobierno en grande y se refleja en las haciendas expropiadas, hoy sin producción; las fábricas igualmente sin capacidad de mantenerse. Nuestro orgullo de las industrias básicas, en Bolívar, con mínima producción y máximas deudas. En una palabra, se ha destruido la mayor parte de nuestro ya limitado parque industrial. Y mientras se esfuerzan en reunir firmas contra Obama, el país se desmorona sin que nadie aparentemente lo pueda detener.

El odio que se creó desde el inicio de este proceso, con la profunda división social que se buscó, ha sido y es el mayor pecado de este régimen, el cual ha tenido repuestas similares de muchos opositores. Continuamente busco una palabra, un gesto, una iniciativa que podría indicar el inicio de un nuevo camino para buscar un mínimo de entendimiento, y no lo encuentro. Cada mañana me levanto y busco las noticias del día para ver si hay algún signo que apunte hacia un verdadero paso de una solución: un encuentro real entre gobierno y oposición; una medida económica que sincere la locura del dólar libre; un acercamiento a los industriales pero con promesas a ser cumplidas. Cuando observo cómo se dejó construir conjuntos residenciales por empresas de países como Rusia, Bielorrusia y China que no conocen nuestra cultura y nuestros gustos, ni a nuestra gente y los anhelos de nuestra sociedad, se pierden en propuestas ajenas a nuestra realidad y al deseo de su gente. Constato que nuestras grandes constructoras se cierran por falta de contratos y me doy cuenta de las profundas desviaciones ideológicas de muchos de nuestros gobernantes que se corresponden más a supuestos teóricos que a realidades humanas.

Pero todo esto no excluye que estoy convencido de que el futuro no debe ser de exclusión, sino todo lo contrario. No se trata de tumbar a los que están e imponer a los otros para hacer todo lo contrario de lo que se está haciendo. No se puede borrar de un solo golpe sin destruir aquellos elementos que a pesar de todo, son de valor. No me pidan demasiados ejemplos para sostener esta posición, pero la experiencia mundial de los últimos largos años ha evidenciado que no se puede imponer un modelo sin más, sino lograr lo que Mandela en su momento hizo para unir su dividido pueblo, al igual que los aliados que lograron reconstruir una Alemania destruida por la guerra, apunta a caminos de integración, y no hacer algo similar es preparar nuevas reacciones y quedarnos en un permanente círculo vicioso.

Y digo todo esto, sin pretensiones, ni buscando polémicas.